Hay cifras que parecen burlarse cruelmente de nosotros. Según el INE, en el trimestre mayo-julio de 2026 hubo 981.044 desocupados en Chile. Casi un millón de personas que buscan trabajo y no lo encuentran, con una tasa de desempleo de 9,5%, que aumentó 0,8 puntos porcentuales en doce meses. Entre las mujeres, la cifra superó los dos dígitos.

La ironía es todavía mayor si recordamos que, hace poco más de una década, un gobierno se propuso crear un millón de empleos y estuvo a punto de conseguirlo. Hoy tenemos prácticamente el mismo número, pero con el signo cambiado.

No es extraño, entonces, que en Renovación Nacional hayamos acuñado un verbo nuevo: piñerizar. La presidenta del partido, senadora Andrea Balladares, lo planteó sin rodeos: “las cifras de desempleo son demasiado altas”. Diego Schalper, jefe de la bancada de diputados, le dio contenido: “Piñerizar esas decisiones es tomar lo que se hizo correctamente en el pasado”. Katherine Martorell, secretaria general, recordó que crear un millón de empleos fue uno de los grandes logros de aquel gobierno.

Desde La Moneda, la respuesta fue que “aquí no se trata de ocupar la fórmula de uno u otro presidente”. Es verdad. No se trata de copiar presidentes. Se trata de copiar lo que funciona. Los métodos no tienen dueño. Tienen resultados.¿Los tuvo el gobierno de Piñera? Veamos los números.

Entre enero-marzo de 2010 y enero-marzo de 2014 se crearon 989.855 empleos, según la medición utilizada para evaluar la propia meta del gobierno. Del empleo creado, 55,7% correspondió a mujeres. Es cierto que hubo discusión sobre la calidad de esos puestos, que la encuesta cambió su metodología en 2010 y que parte de la recuperación respondió al ciclo económico. Todo eso debe ser considerado. Pero hay algo que cuesta bastante más discutir: el país reconstruía después de un terremoto de 8,8 grados y, al mismo tiempo, aumentaba fuertemente el empleo.

¿Cómo se consiguió? No fue magia. Primero, crecimiento. La economía se expandió a tasas cercanas al 5% anual durante buena parte de ese período, con un gobierno que puso la inversión y el empleo entre sus prioridades. Segundo, instrumentos focalizados. El Subsidio al Empleo de la Mujer, creado en 2012, buscó aumentar la participación laboral femenina mediante incentivos directos a trabajadoras y empleadores. Tercero, gestión. Metas medibles, seguimiento y ministros obligados a responder por cifras y resultados.

Eso es lo que RN propone rescatar hoy, adaptado al presente: un subsidio directo de unos $250 mil mensuales por cada nueva contratación formal durante 12 meses, con una meta de hasta 300 mil contratos, y un Fogape fortalecido para que las pymes tengan liquidez para invertir. ¿Es caro? Puede discutirse. Pero bastante más caro es acostumbrarse a que casi un millón de personas no encuentre trabajo.

Algunos cuestionarán el método porque creen que el Estado no debería intervenir frente a una crisis de empleo. Es una discusión legítima. Lo que resulta menos comprensible es discutir eternamente mientras las cifras empeoran. No podemos esperar un año para que el empleo siga cayendo.

El desempleo lleva 40 meses golpeando al país. Ya no necesitamos otro diagnóstico, otra mesa de trabajo ni otro “modo” que se activa en julio y se evalúa en diciembre. Necesitamos urgencia. Necesitamos liderazgo. Y necesitamos un gobierno que salga a buscar el empleo perdido con la misma porfía con que se levantaron las casas caídas después del 27F.

Y aquí aparece la parte curiosa de esta historia. Quienes llegaron a La Moneda prometiendo hacer las cosas de otra manera parecen estar viéndose en la obligación de adoptar algunas herramientas del pasado, que no eran tan malas después de todo. No se trata de copiar a Piñera, dicen. Perfecto. Nadie les está pidiendo eso. Pero las políticas públicas tienen una virtud bastante antipartidista: no preguntan quién las inventó antes de producir resultados.

Las chaquetas rojas no fueron un capricho de vestuario. Nacieron durante la reconstrucción de 2010 como una señal sencilla: había alguien a cargo. Alguien visible, identificable y responsable. No era la chaqueta lo importante. Era la obligación de responder. Eso es lo que hay que recuperar: metas concretas, trabajo en terreno y responsabilidad por los resultados.

Porque piñerizar no significa volver al pasado. Significa recordar algo bastante menos ideológico y bastante más incómodo: las buenas políticas no cambian de dueño porque cambie el gobierno. Y los malos resultados tampoco.