Lo que estamos viendo en el mundo, en América Latina particularmente, es una aguda polarización política, donde los gobiernos se los disputan la extrema derecha y la extrema izquierda, muchas veces autodefinidos como tales. Es la guerra en contra del otro por el hecho de pensar distinto. Y las decisiones que se toman por parte de los gobiernos tienen que ver con eso, descalificando de paso al que se les oponga.
De la izquierda a la derecha
Al dar una mirada lineal a las opciones en la vida tendemos a movernos entre los extremos. Ponemos una banderita en la punta izquierda y otra en la derecha. Si eso lo hacemos con las ideas, habrá dos extremos y luego esos extremos se podrán matizar hasta llegar al centro. ¿Qué será el centro en esta mirada? Pues ni más ni menos que un promedio de las ideas de uno y otro extremo, suavizadas por los matices del “degradé”.
Cuando se inició el proceso de la Revolución Francesa de 1789 y concurrían los tres grupos sociales (Clero, Nobleza y Estado Llano), se sentaban a la derecha los monárquicos y a la izquierda los que querían cambiarlo todo. Ahí está el origen. Y eso se reproduce hasta hoy en el hemiciclo de nuestro Congreso Nacional. Los que se sitúan en el centro quedan presionados por los extremos y más de una vez se moverán de acuerdo a la eficacia de las presiones que reciban.
No a la línea recta
Hay quienes creen que ese concepto de centro es el adecuado y entonces están buscando acomodos que los alejan de las ideas claras, las doctrinas coherentes y las posiciones consistentes. ¿Qué hubiera pasado si esos revolucionarios se hubiesen sentado en círculo en lugar de un espacio de líneas rectas?
Si en una reunión de trabajo nos sentamos de esta manera podremos mirarnos todos las caras, nos veremos de otra manera, no habrá extremos sino que percibiremos que el centro ya no es un espacio intermedio, sino que el que surge en el corazón del círculo, por el que se cruzan sonidos y miradas y donde las personas pueden encontrarse y reconocerse.
El esquema autoritario (Monárquico, dictatorial) ha sido adoptado por democracias que, con dificultades, se han ido abriendo paso hacia formas de relación más respetuosas. Entender al que piensa distinto como un sujeto que está en el otro polo, distante, con el que no tengo relación, es muy diferente a que se trate de personas a las cuales miramos a la cara y que están tan cerca como todos los demás.
El enemigo en la mira
De esa mirada lineal de la política, autoritaria, rígida, es muy difícil encontrar soluciones reales y consensuadas, porque el extremista de un lado mira con desprecio al del otro, casi como si fuera un enemigo que debe ser destruido.
Y hay momentos, incluso en nuestra historia chilena, en que eso ha sido así: “No hay mejor comunista que el comunista muerto”, dijo un diputado del Partido Nacional en 1972 y más de alguien sigue creyendo eso hoy. “Muerte al fascismo”, grita otro que entiende que ése es el apelativo que correspondería a los extremistas de derecha y que deben ser “eliminados”. Y así lo entendieron –lo entienden– muchas dictaduras que creen que el que piensa de otra manera no tiene el derecho de sostener sus ideas y el diálogo con él es un pecado.
¿Recordarán –para mencionar algo suave– los lectores cuando Nicanor Parra fue maltratado por la izquierda chilena a raíz de que él asistió a una reunión literaria convocada por la esposa de Richard Nixon?
Un ejemplo personal. Alguien me dijo un día: ¿Cómo puede ser amigo de ese sujeto que trabajó con Pinochet? Muy simple, le contesté, porque somos amigos no por razones políticas, sino por afecto y otras circunstancias; así, cuando él estaba en sus tareas políticas, yo podía decirle lo que pensaba y el me escuchaba de un modo más abierto a que esas mismas cosas se las hubiese dicho alguien que lo consideraba un enemigo.
Porque todas las personas tenemos derechos y el principal es el de ser respetados y considerados más allá de las ideas que sustentemos. Eso no se entiende en la mirada autoritaria, donde cada extremo siente que tiene la verdad absoluta y de ahí derivaría su derecho de impedir incluso la existencia política del otro.
El duopolio ideológico y político
Capitalismo –en sus versiones actualizadas, por cierto– o comunismo –en cualquiera de sus proposiciones históricas– parecen ser las opciones que mueven las decisiones. En lenguaje más intelectual diríamos liberalismo o marxismo. Los demás, que no somos ni unos ni otros, quedamos apresados en esa línea recta que sólo invita a la confrontación y no al entendimiento.
Cuando aquellos jóvenes políticos de los años 30 en adelante propusieron romper ese esquema dualista, dijeron “más allá del capitalismo y del comunismo” y dibujaron una flecha que cruzaba esas dos barreras para situarse en un terreno diferente. Jaime Castillo, Eduardo Frei, Radomiro Tomic hablaron de una sociedad que no sería ni individualista ni colectivista, sino comunitaria. Esa es la visión de quienes proponen sentarse en círculo para verse las caras y entender que entre los humanos debemos ser capaces de relacionarnos considerando al otro como un par con quien construimos el mundo en que vivimos y compartimos el aire, las calles, el paisaje, los miedos, las necesidades y las esperanzas.
La tercera posición
Es necesario, de esta línea recta que fuerza las posiciones, sacar una tercera posición equidistante que permita construir un triángulo equilátero en cuyo centro esté el círculo en el cual nos sentaremos a conversar. Los que creemos en esto sabemos que no es la hora de ser el centro entre los extremos, sino ir más allá de ese contexto y proponer una manera diferente de organizarnos, donde los ejes se sitúen en la participación armónica, en la franqueza, el pluralismo, la libertad y la justicia.
Sobre ejes de este tipo se puede romper esta política de vaivenes que mantiene la economía en deterioro, la pobreza sin soluciones reales, la educación insuficiente, la salud precaria y la violencia creciente.
Es posible, pero para eso hay que tener ideas claras, disposición al encuentro, capacidad de escuchar la voz de los demás y estar decidido a buscar la justicia, la solidaridad y la libertad por sobre todos los valores en la vida social.
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