Hay pocas actividades donde caerse sea tan parte del aprendizaje como en el circo. Antes de lograr una acrobacia, probablemente hubo decenas de intentos, antes de manejar los malabares, tuvieron que recoger miles de veces la pelotita, antes de subir con seguridad a una tela, hubo miedo, y detrás de una rutina que puede parecer natural existen horas de repetición, frustración, concentración y confianza en otros.

En tiempos en que pareciera que todo debe suceder rápido, el circo propone exactamente lo contrario, que las cosas importantes necesitan tiempo.

El Mes del Circo Chileno es una oportunidad para celebrar una tradición profundamente arraigada en nuestra cultura, pero también para mirar aquello que ocurre detrás de la pista.

Un estudio realizado a propósito de los diez años del programa Circo Frutillar de Fundación Mustakis nos reveló algo que quienes trabajamos allí intuíamos, pero que hoy podemos observar con mayor claridad, y es que el impacto va bastante más allá de aprender malabares, acrobacias o técnicas aéreas.

En una década, la iniciativa registró 778 participantes y más de 1.100 participaciones acumuladas. El estudio mostró que un 79,4% de los niños, niñas y jóvenes percibieron que la experiencia los ayudó a confiar más en sí mismos y en sus capacidades, mientras que un 81,1% reconoció un aporte para enfrentar desafíos con persistencia y confianza en su capacidad de mejorar. En términos globales, la percepción de impacto alcanzó un 82% entre los propios participantes y un 87% entre sus apoderados.

Son cifras relevantes porque hablan de algo que necesitamos especialmente hoy, la capacidad de enfrentarnos a algo que no resulta y seguir intentando.

La perseverancia aparece, de hecho, como uno de los aprendizajes más emblemáticos en los relatos recogidos por el estudio. Repetir una figura, descomponer un movimiento, equivocarse, corregir y probar nuevamente va construyendo la convicción de que las capacidades no son estáticas y que avanzar requiere esfuerzo y constancia.

Pero nadie hace circo completamente solo, porque para que otro pueda elevarse, alguien sostiene, por eso el estudio también identificó aprendizajes asociados al trabajo en equipo, el compromiso con el grupo, la resolución de conflictos, la empatía y el sentido de pertenencia.

No significa que todos ellos terminarán dedicándose profesionalmente al circo, ni tendría por qué ser así. Significa que encontraron un lugar para poner a prueba sus capacidades, relacionarse con otros y descubrir que avanzar no consiste necesariamente en hacerlo bien a la primera.

Cuando hablamos de las habilidades que necesitarán las nuevas generaciones, solemos mencionar adaptación, creatividad, colaboración, autonomía o capacidad para resolver problemas. El desafío es generar espacios concretos donde puedan practicarlas y el circo es uno de ellos.

Y quizás por eso, cuando celebramos el circo chileno, no deberíamos mirar únicamente hacia la carpa o el escenario. También vale la pena mirar lo que sucede después de cada caída, un niño, niña o joven que se levanta y vuelve a intentarlo, con la confianza que tarde o temprano, lo va a lograr.

Josefina Hevia
Jefa de programa Circo Frutillar de Fundación Mustakis

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