Nuestra joven patria. A veces pareciera ser una sociedad longeva, pero con la sola observancia es fácil percatarse de que solo somos una sociedad melancólica. De hecho, si tomamos como referencia nuestra declaración de Independencia del 12 de febrero de 1818, en 2026 cumplimos 208 años como nación independiente. Es decir, ya son más de dos siglos en los cuales hemos construido una identidad, una cultura y un conjunto de tradiciones que han sobrevivido a guerras, crisis políticas, divisiones sociales y profundas transformaciones.

Nuestra historia ha sido capaz de convivir con interpretaciones completamente distintas sobre sus propios protagonistas. Para algunos, Diego Portales representa a uno de los grandes constructores de nuestra República; mientras que otros lo ven como una figura asociada al autoritarismo. Pablo Neruda es, para muchos, uno de nuestros grandes referentes culturales y uno de los premios Nobel de Literatura que Chile entregó al mundo; para otros, sus actuaciones personales, particularmente respecto de su hija con hidrocefalia, hacen imposible convertirlo en un símbolo de orgullo debido a esas sombras. Lo mismo ocurre con Salvador Allende y Augusto Pinochet, figuras que continúan generando profundas divisiones y sobre las cuales existen interpretaciones históricas diametralmente opuestas, pero, pese a ello, nuestro país continúa avanzando.

Porque una nación no necesita que todos sus ciudadanos piensen exactamente igual sobre su historia para poder reconocerse en ella. Y ese es precisamente el punto que hoy quiero poner sobre la mesa.

Durante las últimas décadas, nuestro país ha experimentado un proceso migratorio de una magnitud que ha transformado nuestra realidad social. La llegada de personas provenientes de distintos países ha incorporado de manera intempestiva nuevas costumbres, nuevas expresiones culturales, nueva gastronomía y nuevas formas de relacionarnos. Pero integración no puede significar en ningún caso sustitución. Una sociedad que recibe migración, aunque esta sea de carácter regular o ilegal, debe ser capaz de propender a la protección de nuestra esencia, de nuestras raíces, porque no se trata de simplemente integrarlos, se necesita antes que todo saber quiénes son y a qué sociedad se les integrará.

Y aquí aparece una pregunta que deberíamos atrevernos a formular sin complejos: ¿qué estamos haciendo para que nuestros propios niños conozcan, amen y valoren aquello que heredaron de sus padres, sus abuelos y sus antepasados? Porque resulta difícil hablar de integración cuando comenzamos a sentir vergüenza de nuestra propia identidad. De hecho, en los últimos años hemos conocido discusiones respecto de las celebraciones de nuestras Fiestas Patrias en los establecimientos educacionales debido a la incorporación de bailes, comidas y expresiones culturales de otros países durante una celebración que nació precisamente para conmemorar nuestra propia historia.

El 17 de septiembre es el día de la cueca, el 18 nuestras festividades nacionales, nuestro cumpleaños nacional. Mientras que el 19 de septiembre está asociado a las Glorias del Ejército. Días en los que nuestra bandera, nuestros símbolos, nuestra música, nuestros bailes, nuestra gastronomía y nuestras tradiciones deben ocupar un lugar central.

Antes de continuar, es importante precisar que nuestra declaración de Independencia corresponde al 12 de febrero de 1818 y en 1821 se estableció que los días 11, 12 y 13 de febrero fueran fiestas cívicas para conmemorar su aniversario. Posteriormente, en 1824, se estableció el 12 de febrero como feriado por el aniversario de la declaración de Independencia y el 18 de septiembre como aniversario de la regeneración política de Chile. Finalmente, en 1837, durante el gobierno de José Joaquín Prieto y con Diego Portales como Ministro, se consolidó el 18 de septiembre como la gran fiesta patria al eliminar la festividad del 12 de febrero.

Por eso, cuando alguien dice que “el verdadero cumpleaños de Chile es el 12 de febrero y no el 18 de septiembre”, está utilizando una precisión histórica correcta, pero incompleta. El 12 de febrero es la fecha de nuestra declaración de Independencia; el 18 de septiembre se transformó históricamente en nuestra gran celebración patria. Ambas fechas forman parte de nuestra historia y no existe ninguna necesidad de enfrentarlas.

Por esta razón, debemos recuperar el sentido de nuestras Fiestas Patrias en nuestros colegios. Durante septiembre, nuestros niños deberían conocer nuestra historia, aprender nuestros bailes tradicionales, reconocer nuestra música, conocer nuestra gastronomía y comprender por qué celebramos lo que celebramos. Deberían saber quién fue el Príncipe de los Caminos, José Miguel Carrera, Bernardo O’Higgins, Portales, por qué recordamos a Prat y Balmaceda, qué significa nuestra bandera, por qué cantamos nuestro himno, nuestra cultura Rapanui y por qué la cueca ocupa un lugar especial dentro de nuestra identidad.

En 1979, mediante el Decreto Supremo Nº 23, la cueca fue declarada oficialmente danza nacional de Chile y se estableció que el Estado debía fomentar su enseñanza, divulgación, promoción e investigación. Diez años después, el Decreto Supremo Nº 54 declaró el 17 de septiembre como Día Nacional de la Cueca y volvió a establecer el deber estatal de promover su enseñanza, práctica, divulgación e investigación. Es decir, la protección de nuestras tradiciones no es una ocurrencia ni una expresión de nostalgia. Es parte de una política cultural que nuestro Estado ha reconocido durante décadas.

Y aquí quiero ser particularmente claro: defender nuestra cultura no significa despreciar la cultura de quien llega. Un extranjero que viene a nuestro país no debería sentirse obligado a abandonar sus raíces. Pero tampoco debería ser Chile quien abandone las suyas para demostrar que es una sociedad abierta. ¿Por qué no dedicar jornadas específicas a conocer las culturas que hoy forman parte de nuestra sociedad? ¿Por qué no aprovechar fechas como el 12 de octubre, el día de la raza, para realizar una verdadera jornada de encuentro cultural? Eso sería integración.

En este sentido, he sido parte de la campaña “Nuestra Fiesta, Nuestra Identidad”, en la cual la comunidad ciudadana de Avancemos por Chile recolecta firmas en su web, con el objeto de solicitar a nuestro Presidente y a los ministros de Cultura y Educación que tomen las providencias para que en nuestros establecimientos educacionales reconocidos por el Estado, las actividades de nuestras Fiestas Patrias estén orientadas exclusivamente a la difusión, enseñanza y promoción de nuestra historia, tradiciones, cultura, el folclore, gastronomía, el patrimonio, los símbolos nacionales, las instituciones y las expresiones artísticas propias de nuestro querido Chile. Y en este contexto, debo reconocer que es esperanzador escuchar a extranjeros estar de acuerdo, ya que quieren conocer las tradiciones de Chile.

Se acerca nuevamente el 18 de septiembre. Chile volverá a vestirse de blanco, azul y rojo. Volverán las banderas, las fondas, las empanadas, los volantines, los huasos, los cuequeros y la música que durante generaciones ha acompañado nuestras celebraciones. En tiempos difíciles, quizás precisamente necesitamos recordar aquello que nos une y preguntarnos: ¿qué Chile queremos heredar?

Yo quiero heredar un Chile que conozca su historia, que respete sus símbolos, que ame sus tradiciones y que no tenga vergüenza de sentirse orgulloso de su patria. Un Chile donde nuestros hijos puedan conocer otras culturas sin dejar de saber quiénes son.

¡Que viva Chile! ¡Que viva nuestra gente! ¡Que viva nuestra cueca, nuestro folclore y nuestra historia!