En un ambiente político agitado, plagado de agresividad y descalificaciones, surgieron voces llamando al entendimiento. No fueron aquellos de los cuales se esperaba o podía esperar, sino de personeros de posiciones muy distantes, extremas se ha dicho, quienes a partir de su encuentro con la realidad municipal y sus reflexiones personales, han entendido la necesidad de buscar acuerdos mínimos para el beneficio de la sociedad chilena.

Ambiente de polarización: los cambios en la presidencia

El ambiente político está revuelto. Llevamos ya varios años en los que la tensión ha ido en aumento y los grupos políticos tienden a polarizarse.

Las confrontaciones electorales de las últimas dos elecciones presidenciales han dado cuenta de ello y los resultados, tal como lo fue en los procesos constitucionales, mostraron un vaivén que dejó a muchos verdaderamente perplejos.

Pasamos de una secuencia presidencial entre Bachelet y Piñera que, aun cuando una se definía como izquierdista y el otro como derechista, en verdad ninguno lo era tanto, ni tan poco.

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Porque si miramos lo que cada uno hizo en sus gobiernos, nos podemos dar cuenta que además de haber una cierta continuidad en determinados procesos, Bachelet, por su parte, no dejó de nombrar derechistas en la Contraloría, los tribunales de medio ambiente, las embajadas, no hizo la reforma previsional prometida, no le metió mano a los negocios de salud pese a sus declaraciones y programas; y Piñera, jugando su propio juego, mantuvo el esquema económico, pero se ocupó de asuntos sociales que antes de él no habían conseguido votos suficientes para su aprobación. Incluso más, fue justamente Piñera quien demostró no ser un continuador de la derecha pinochetista, sino sólo un neoliberal de tomo y lomo para quien la estructura institucional creada por el dictador y Jaime Guzmán no era una pieza sagrada ni intocable.

Un llamado a la concordia

Para salir del conflicto llamado “estallido social”, Piñera jugó una carta inesperada: propuso un acuerdo por la paz que tenía como centro buscar una nueva constitución política para el país. Es decir, propuso ni más ni menos que tocar la venerada norma que hasta entonces sólo podía modificarse a tropezones y, aunque Lagos fijó un texto refundido con todas las alteraciones firmado por él, no ha dejado de ser recordada como la Constitución de la dictadura. Y debía ser así, porque en lo sustancial la institucionalidad política mantenía enclaves autoritarios difíciles de tragar, además del peso simbólico.

En aquella ocasión sucedieron algunas cosas sorprendentes, como la disposición de dirigentes del Frente Amplio de apoyar la idea del presidente de la República y la respuesta de casi todos los sectores en cuanto a darle respaldo amplio a la iniciativa. La UDI fue la más renuente de las organizaciones políticas, pero finalmente terminó accediendo.

El pueblo (¿o debo decir “la gente” para estar a la moda?) comenzó su movimiento pendular extremo. Se aprobó la idea y ganaron unos la mayoría, dejando a los que no se situaban en posiciones extremistas fuera del círculo. Lo que esos triunfadores hicieron fue aplastantemente rechazado por el mismo pueblo que los eligió. Posteriormente, la nueva elección se cargó a la derecha más derecha en forma arrasadora, y lo que esa nueva mayoría hizo, fue rechazado por el pueblo del mismo modo aplastante.

Boric y Kast

Había ganado Boric, quien de inmediato comenzó a darse cuenta que las cosas no podían ser tan radicales como estaban en su programa. Después de la derrota del proyecto constitucional que él apoyaba, se dio cuenta de la necesidad de morigerar el discurso, lo que no hicieron sus opositores. Encono, agresividad, el uso malicioso de las comunicaciones, el manejo sutil de las imprecisiones y las falsedades no bajaron el tono. Ganó, entonces, Kast con sus partidos y comenzó este gobierno. Lleva seis meses, ha tenido problemas internos y un distanciamiento de la ciudadanía. No le ha sido sencilla la tarea, porque los aliados le han sido duros y los amigos externos no tan proclives.

En lo interno, muchas de las decisiones han encontrado reparos en la UDI, EVÓPOLI y RN, los tres partidos más cercanos a la derecha tradicional, llegando a su punto culminante con la pretendida reforma constitucional que algunos hemos criticado con energía y persistencia. La reforma propuesta sigue las aguas del pinochetismo de 1980, en el estilo que recuerda la Alemania de 1933 y parecida, en las facultades que quiere Kast para sí, a lo que fue el inicio del chavismo en Venezuela.

En lo externo, las relaciones con Estados Unidos de Norteamérica, pese a las declaraciones de amistad por parte de Kast, se han visto ensombrecidas con las decisiones del gobierno de Trump en materias arancelarias y en las deportaciones de ciudadanos chilenos, algunos de los cuales estaban legalmente en ese país. Es decir, el socio del norte violenta un tratado comercial que se mantuvo desde el gobierno del socialista Lagos hasta Boric, pero sólo para poner aranceles a los productos chilenos y no para los que ese país envía a Chile. No se denuncia el tratado: se lo viola descaradamente en forma unilateral y abusiva.

Con Argentina las cosas no han sido fáciles, especialmente cuando se producen estas declaraciones claramente coordinadas por las Fuerzas Armadas de ese país respecto de posesiones chilenas, sin que las rectificaciones tengan ni el nivel de autoridad ni el contenido preciso que Chile podría querer.

Con estos amigos y aliados, los opositores y los enemigos no son necesarios.

Las evidentes tensiones entre los ministros Barros, Quiroz, Alvarado y Pérez, dejan la señal de fisuras al interior del propio gobierno, las que no logran ser superadas con la sonrisa y el estilo presidencial.

La tarea no asumida

Claramente el campo se estaba abriendo para que un partido con la historia de la Democracia Cristiana entrara al ruedo, generando espacios de diálogo y encuentro. Sin embargo la actual directiva, más allá de algunos de sus integrantes, no tiene la fuerza, la solidez doctrinaria, la mirada de altura, la voluntad política suficiente como para cumplir el rol que se le podría pedir. Dormidos en la necesidad de mantenerse en sus cargos congresales, callan cuando deben hablar.

Como militante de ese partido, esperaba que cumplieran con las bases esenciales de su pensamiento y respondieran a la trayectoria trascendental que en otros momentos jugó. Lo que Eduardo Frei Montalva, Radomiro Tomic, Gabriel Valdés, Bernardo Leighton, Renán Fuentealba, Tomás Reyes, Andrés Zaldívar, Ricardo Hormazábal, expresidentes de la organización, sostuvieron con su pensamiento y su conducta por décadas, se ha ido diluyendo en los últimos 20 años, con dirigencias anodinas, pragmáticas, vacilaciones programáticas, acercamientos en busca de beneficios electorales exclusivamente.

Olvidando su doctrina, sus programas, su trayectoria, se ha buscado acomodos “centristas”, es decir, sin propuesta y sin iniciativa, que culminó con que muchos de los expresidentes y dirigentes que intentaron serlo fueron quedando, en decisiones sucesivas e independientes, fuera del Partido (Adolfo Zaldívar, Soledad Alvear, Martínez, Walker, Chahín, Ximena Rincón, Claudio Orrego).

Surgen otras voces

Pero la dinámica política nos ofrece sorpresas gratas. Hace unas semanas, dos figuras de la generación siguiente (menos de 50 años), de posiciones muy distantes en lo ideológico, ambos alcaldes, decidieron hacer lo que otros eludieron. Tomás Vodanovic y Jaime Bellolio elaboraron un texto para invitar al país a buscar acuerdos amplios “en siete ámbitos de acción conjunta para los próximos 30 años”.

Es decir, están proponiendo un marco de temas en lo que el país debiera llegar a acuerdos mínimos para avanzar en soluciones para una sociedad que se debate hoy en la injusticia, la ansiedad, la desesperanza, la agresividad. Ellos señalan siete puntos importantes, dejando en claro que no son los únicos y que esto podría ampliarse a otras materias. La clave está en que ellos, después de haber accedido a un cargo alcaldicio, donde se está en contacto con la realidad, se dan cuenta que los problemas reales no tienen ideología y los padecemos todos los habitantes del país.

Las ideología (programas concretos que traducen la doctrina a la realidad) sirven para buscar acuerdos siempre que no sean excluyentes. Eso quiere decir que si todos o una gran mayoría estamos de acuerdo, por ejemplo, en la necesidad de hacer una “reforma al empleo público y un plan de modernización de las capacidades del Estado”. No es ni achicar el Estado ni agrandarlo, es pensar como el aparato del Estado presta mejores servicios a la sociedad chilena, a todos y cada uno de sus habitantes. Es sentarse, cada uno desde su ideología, a compartir puntos de vista, para llegar a los acuerdos más amplios y mayoritarios posibles, con respaldo intelectual y técnico, conociendo las necesidades del pueblo entero, de los ricos y los pobres, de los trabajadores asalariados y de los independientes, de los pequeños, medianos y grandes empresarios, los jóvenes y los mayores.

Un camino nuevo, ya recorrido antes

Así como ese ejemplo, trabajar con cada uno de los seis otros aspectos a los que se refiere este documento emanado de personas que están en posiciones y situaciones muy distintas, pero que sienten que los problemas de quienes vivimos en este país tenemos derecho a una vida más plena, solidaria, justa, en suma a ser más felices.

Es muy probable que haya quienes crean que hay que agregar algunos otros temas o que surjan dirigentes sectoriales que tengan algo que proponer al país a partir de sus propias realidades. No se trata de presentar demandas al gobierno de turno para que “ellos”, los gobernantes, los políticos, den las soluciones.

El país debe despertar a otro enfoque de sus problemas, a una manera diferente de encontrar soluciones. Las dificultades deben ser bien diagnosticadas, las aspiraciones formuladas con claridad y las soluciones deben nacer desde los mismos involucrados y en conversación con los demás grupos sociales y económicos, con el mundo político y las autoridades. Algo parecido a lo que se llamó “la demanda de Chile”, donde a partir de la organización denominada Asamblea de la Civilidad, muchos sectores sociales fueron capaces de hacer este ejercicio. Por cierto, como estábamos en dictadura, no había espacio para los políticos ni para el diálogo y entonces los dirigentes fueron perseguidos y llevados a la cárcel.

Una luz en la penumbra

Hoy, las cosas pueden ser distintas. Empezar todos a reflexionar sobre su propia realidad y luego ir poniendo en común, en un entorno político respetuoso, cada una de las propuestas. Así se puede conversar.

Bien por Vodanovic y Bellolio. Bien por los que se sumen. Bien por los que entiendan este llamado, y por los que no los descalifiquen ni por su pasado ni por sus aspiraciones políticas. Ellos lo están haciendo pensando en el país.
Es un camino que se abre y me gustaría ver a muchos si no es posible a todos, dispuestos a ver, desde su propio prisma, la realidad en busca de soluciones. Habrá que transigir, habrá que llegar a acuerdos, habrá que avanzar de a poco.

No más dogmatismo. Sí más libertad de pensamiento, más disposición al encuentro, más conciencia de ser todos partes de una comunidad que requiere soluciones para el desarrollo de todas las personas. ¿Será una luz de esperanza?