El autor es geólogo chileno oriundo de Bettiah, en el estado indio de Bihar, en las llanuras del Terai, a pocos kilómetros de la frontera con Nepal. Esa doble pertenencia, la región fronteriza donde nació y la cordillera que hoy estudia como profesional en Chile, lo llevó a mirar la tragedia de Nepal no como una noticia lejana, sino como una advertencia con nombre y apellido.
Con la información disponible hasta ahora, es posible reconstruir casi minuto a minuto lo ocurrido el 26 de agosto en la frontera entre Nepal y China. Y lo que revela esa reconstrucción es difícil de olvidar: viviendas enteras arrasadas por una enorme masa de agua, barro y escombros, mientras las personas intentaban escapar con el nivel del agua aumentando rápidamente a su alrededor.
Las imágenes satelitales, combinadas con los videos y registros obtenidos en terreno, no solo permiten geolocalizar las imágenes y confirmar las localidades afectadas, sino también dimensionar la magnitud de la devastación y, lo más importante, seguir el rastro del evento aguas arriba hasta aproximarnos a su origen.

El origen fue un glaciar en el norte de Nepal, cerca de la frontera china en la región autónoma de Tíbet. Las imágenes satelitales muestran cómo una sección completa se desprendió, generando al caer un temblor de magnitud 5.2. El hielo, mezclado con roca, agua y tierra, se convirtió en lo que los especialistas llaman un flujo de detritos.
Unos 20 kilómetros más abajo, un paso fronterizo entre China y Nepal fue arrasado apenas siete minutos después, con el agua avanzando a una velocidad estimada de 150 kilómetros por hora, suficiente para trepar por la ladera de la montaña y darle a un grupo de trabajadores solo segundos para ponerse a salvo. El alud siguió su curso hacia el pueblo de Betrawati y luego hacia la ciudad de Trishuli, donde un puente desapareció en cosa de instantes y el agua pareció llegar desde todas las direcciones a la vez.
Para entonces, la onda ya había recorrido más de 80 kilómetros, y todavía no terminaba: río abajo, con menos fuerza, pero suficiente para mover un peñón de gran tamaño. El desastre, de hecho, podría no estar cerrado: los propios escombros arrastrados por la crecida formaron un nuevo lago de 110 mil metros cuadrados que, según autoridades chinas, ya presenta señales de desborde.
Ese último dato importa tanto como la propia catástrofe inicial. Los primeros reportes hablaron de un terremoto como causante, pero investigaciones posteriores, incluida la revisión de ondas sísmicas de largo período hecha por el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, pos sus siglas en inglés), corrigieron esa hipótesis. No fue un sismo el que originó el colapso del glaciar, sino al revés, fue el colapso del glaciar el que generó una señal sísmica equivalente a un temblor.
Es una distinción que no es menor, porque cambia por completo el tipo de monitoreo que se necesita: no basta con vigilar fallas geológicas, hay que vigilar el hielo mismo.
Es tentador leer todo esto como una tragedia lejana, propia de un paisaje extremo que no se parece al nuestro. Pero la Cordillera de los Andes comparte con el Himalaya justamente los ingredientes que hicieron posible el desastre: glaciares en retroceso acelerado, laderas que pierden el soporte que antes les daba el hielo, sismicidad activa y lagunas de origen glaciar que crecen año a año sin que existan ojos suficientes vigilándolas.
Lo que ocurrió en Nepal no fue un accidente exótico. Fue la manifestación más brutal, hasta ahora, de un fenómeno que científicos chilenos y trasandinos llevan años señalando con nombre y apellido: la montaña ya no guarda sus riesgos en secreto, los está mostrando.
Chile no parte de cero en esta conversación, y esa es la parte más incómoda del asunto. En 1989, el colapso del dique morrénico de la Laguna del Cerro Largo, en Aysén, liberó más de 200 millones de metros cúbicos de agua que arrasaron bosques y viviendas en el valle del río Soler. Desde 2008, el Lago Cachet II drena periódicamente cerca de 200 millones de metros cúbicos hacia el río Baker, un fenómeno que obligó a crear el primer sistema de alerta temprana del país para este tipo de eventos. Y en 2020, el Lago Greve protagonizó el mayor vaciamiento instrumentalmente registrado en Chile, con casi 4.000 millones de metros cúbicos escurriendo a través del glaciar Pío XI hacia el fiordo Eyre. No son hipótesis, sino antecedentes.
A eso se suma un dato que debería inquietarnos más de lo que lo hace. Los glaciares como el Echaurren Norte, en la Región Metropolitana, han perdido cerca de dos tercios de su superficie desde mediados del siglo pasado, y el glaciar Universidad en la región de O’Higgins ha registrado pérdidas de agua equivalentes al consumo anual de más de medio millón de personas. Cada uno de esos gramos de hielo que desaparece puede terminar formando una laguna nueva, inestable, sin nombre o mención en los mapas de riesgo. Organizaciones como WWF Chile ya han hablado de un “riesgo real” de este tipo de inundaciones en la cordillera central, precisamente la que enmarca a millones de habitantes del Gran Santiago y de las cuencas que abastecen de agua a buena parte del país.
El problema no es solo geológico, es institucional. Menos de un tercio de las comunas chilenas cuenta hoy con un plan climático que contemple este tipo de amenaza, y el monitoreo de lagunas glaciares susceptibles a un desborde sigue siendo parcial, dependiente de programas académicos y de esfuerzos puntuales más que de una política de Estado sostenida en el tiempo.
La propia experiencia de Nepal es un recordatorio duro: el sistema de alerta que existía allí no fue capaz de detectar el desastre a tiempo, entre otras razones porque la tecnología de monitoreo estaba pensada para crecidas de lluvia, no para un colapso glaciar repentino en una zona que los geólogos describían como un “punto ciego”.
Conviene, eso sí, no forzar la comparación más de lo que da. El Himalaya concentra una densidad de lagos glaciares muy superior a la de los Andes. Se estima que solo esa cordillera alberga más de 5.000 lagos represados por morrenas, frente a un número bastante menor y más disperso en el lado sudamericano. Por otro lado, la orografía nepalí, con poblados construidos literalmente sobre las laderas de los valles fluviales, multiplica la exposición de la población de una forma que no es directamente equiparable a la de las cuencas chilenas, mucho menos densamente pobladas en su tramo cordillerano.
Lo que sí está firmemente establecido, y ya no admite mayor debate, es que el cambio climático está acelerando el derretimiento en los Andes. El último informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático constató que casi todos los glaciares del planeta retroceden desde la década de 1950, algo sin precedentes en al menos dos mil años y muy probablemente originado en la actividad humana.
En los Andes tropicales (de Bolivia a Perú) se ha perdido más de la mitad de la cobertura glaciar desde los años sesenta, con una intensificación marcada en las últimas cuatro décadas; solo en Perú, el Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña calculó una pérdida del 56% de la superficie glaciar en seis décadas.
El último inventario de la Dirección General de Aguas registró una superficie glaciar nacional de 21.647 km², un 8% menos que en la medición anterior de 2014; es decir, cerca de 1.800 piscinas olímpicas de hielo perdidas en poco más de una década. De hecho, existen evidencias científicas abundantes que vinculan ese retroceso con el cambio climático, no con un ciclo natural aislado.
Los casos de Echaurren Norte y Universidad, mencionados antes, no son anomalías locales sino la expresión más medible de esa tendencia país. Más al sur, un estudio publicado en 2025 en la revista Communications Earth & Environment encontró que los glaciares de los Andes australes perdieron cerca de un 10% de su volumen solo en la última década, con una tasa de derretimiento que aumentó 118%, y proyectó que, bajo un escenario de altas emisiones, ese volumen podría caer hasta un 78% hacia fines de siglo.
Lo que sí sigue en discusión entre los especialistas no es si el hielo desaparece más rápido, pues eso está fuera de duda, sino si el número de GLOF (sigla en inglés de Glacial Lake Outburst Flood, o inundación por desborde de lago glaciar) registrados a nivel mundial crece porque ocurren con más frecuencia o porque hoy existen mejores herramientas para detectarlos; probablemente sea una combinación de ambas cosas. Reconocer esos matices no le resta fuerza al punto central: no exagera el riesgo, pero tampoco lo minimiza a la hora de decidir qué tan urgente es invertir en monitoreo.
Cabe precisar que GLOF ocurre cuando una masa de agua represada en la alta montaña por un dique de hielo, por sedimentos morrénicos inestables, o simplemente por el propio cuerpo del glaciar se libera de golpe y arrastra roca, tierra y témpanos a gran velocidad cuesta abajo. El detonante puede ser variado: a veces es la fractura del dique que contiene el agua; otras veces, como parece haber ocurrido en Nepal, es el colapso de una porción del glaciar lo que genera la onda inicial, y el peligro no termina ahí, porque los propios escombros pueden represar un nuevo cuerpo de agua tan inestable como el que lo originó.
Nada de esto significa que un desastre de la escala del ocurrido en Nepal sea inminente en Chile, ni que deba cundir el pánico. Significa, más bien, que el país tiene la información necesaria para no ser sorprendido.
Sabemos dónde están los glaciares que retroceden, sabemos qué cuencas han tenido episodios de este tipo antes, y sabemos que el cambio climático seguirá acelerando la formación de nuevas lagunas inestables en la alta montaña.
Lo que falta es traducir ese conocimiento en monitoreo permanente, en planes de emergencia comunales que lleguen hasta las localidades que viven aguas abajo de un glaciar, y en una conversación pública que deje de tratar a la cordillera como un telón de fondo bonito y empiece a tratarla como lo que también es: una fuente de riesgo que, como en Nepal, puede dejar de ser un secreto de un día para otro.
La montaña ya habló. La pregunta es si vamos a escucharla antes o después de que vuelva a hacerlo.
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