Paulina, Ignacia y Carolina, durante una jornada en La Prole | Foto: I. Molina
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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.
En Sant Antoni, Barcelona, La Prole es una librería angosta con una mesa larga repleta de libros de autores como Paul B. Preciado, Audre Lorde y más. Dos chilenas, Ignacia y Paulina, junto a una asociación, salvaron La Prole de cerrar en 2025. Iniciaron una campaña de crowdfunding y eventos como bingos para recaudar fondos. La librería ahora es gestionada por una asociación de chilenos y argentinos, con libreras profesionales como Draga e Ignacia. La Prole se enfoca en promover la literatura queer y establecer lazos con comunidades árabes, latinas y catalanas.
Llegaron a España por distintos caminos y terminaron unidas por La Prole. Vendieron completos, hicieron bingos y recurrieron al crowdfunding.
Es domingo en Sant Antoni, un barrio de Barcelona. Dos extranjeras entran a La Prole, una librería angosta ubicada en el número 100 de la calle Comte Borrell, y se separan frente a la mesa larga que ocupa casi todo el centro del local. A un costado hay libros de Paul B. Preciado, Audre Lorde, Cristina Peri Rossi y Pedro Lemebel; un poco más atrás aparecen Orlando, de Virginia Woolf, Lo que hay, de Sara Torres, y títulos de Judith Butler y Donna Haraway. Sobre una repisa, una tarjeta rosada dice “bollodramas”. En cajas de madera se acumulan fanzines. Hay revistas, camisetas estampadas y libros puestos de frente como cuadros. Una bandera palestina cuelga en lo alto.
Desde fuera, La Prole es una fachada blanca con el nombre en letras negras. Adentro, el ladrillo queda a la vista y los muebles de madera ocupan ambos costados.
Las dos clientas extranjeras recorren las mesas. Una termina en la caja con tres libros: dos de Ursula K. Le Guin y Stone Butch Blues, la novela de Leslie Feinberg. Del otro lado del mesón está la chilena Carolina Arluciaga, de 31 años, que los cobra y se los entrega.
Títulos de Judith Butler, Donna Haraway y Silvia Federici forman parte del catálogo. (Foto I. Molina)
A pocos metros conversan otras dos chilenas. Ignacia Bertolotto, de 33 años, trabaja como librera. Paulina Pereira, de 38, forma parte de la asociación que hoy lleva La Prole y se ocupa, entre otras cosas, de la tesorería.
Ignacia llegó a Barcelona en enero de 2026. “Me vine con la idea de quedarme cuatro meses e ir alargándolo en la medida de cómo estuviera acá, a qué redes llegara, si conseguía trabajo o podía hacer una vida acá. Y eso se dio relativamente rápido”, cuenta a BioBioChile.
Traía algo que el grupo necesitaba: casi diez años de experiencia en librerías de Santiago. Trabajó en Catalonia, Clepsidra y Alma Negra. Había trabajado en Catalonia, Clepsidra y Alma Negra. Conocía a Draga, otra librera de La Prole, y le dijo que podía ayudar si algún día hacía falta. La llamaron para Sant Jordi, la fiesta del libro y la rosa que cada 23 de abril llena las calles de Cataluña de puestos, autores y lectores, y que para muchas librerías marca el mayor volumen de ventas del año.
“Es como la Navidad de los libros”, dice Ignacia.
En abril se quedó. “Los libreros somos personas que no solo venden libros: recomendamos libros, entendemos un poco qué es lo que quieren las personas”, dice. Ella y las otras libreras han perfilado el catálogo con poesía, narrativa, títulos en catalán y libros de editoriales pequeñas de Chile, Argentina y México. “Traemos libros de Latinoamérica que quizás en otras partes no se encuentran”, cuenta.
Ignacia, Carolina y Paulina conversan frente a La Prole, en Sant Antoni. (Foto I. Molina)
Las libreras cuentan que entre las clientas habituales está Luna Miguel, escritora y editora, vecina del sector y autora de Caliente y Poesía masculina, libros donde trabaja con el género, el deseo y la identidad. También llegan vecinos de 60 o 70 años que entran por una novela o preguntan por algún título y, si no está, la librería lo encarga.
“Tampoco es que nos cerremos a las personas del barrio”, dice.
Al rato entra otra pareja. Recorren los estantes y llegan a la caja con unos siete libros. Entre ellos está La reliquia, de Pol Guasch, y un print de Lafat Bordieu, la marca del artista chileno Vicente Corcione, que tiene un punto de venta en el segundo piso de la librería. Carolina cobra la compra. Hace poco más de un año, ninguna de esas ventas parecía asegurada: La Prole iba a cerrar.
La mesa central reúne narrativa, ensayo y títulos de temática queer. (Foto I. Molina)
“Se acabó, fue muy bonito”
Paulina Pereira llegó a La Prole para ayudar años antes de que estuviera a punto de cerrar. Se instaló en Barcelona en 2019 para cursar un máster de Análisis Político en la Universidad de Barcelona. En Chile estudió Ciencias Políticas en la Universidad Católica y trabajó en una fundación con líderes comunitarios. Al año siguiente llegó la pandemia y La Prole, que abrió en 2019 bajo el impulso de la editora catalana Ana Navío, se convirtió en centro de acopio de la Red Antirracista de Barcelona. Paulina tenía la librería cerca de casa y llevó comida para colaborar.
“Así conocí la librería”, recuerda.
Después volvió como clienta. Desde el comienzo, La Prole se definió como un lugar “antifascista, transfeminista y decolonial”, con clubes de lectura, presentaciones y música.
“Había como dos públicos: personas de la comunidad queer que buscaban ciertos referentes, ciertas literaturas y ciertos ensayos; y vecinas mayores, señores jubilados que venían a buscar su librito”, dice Paulina. “La librería es un actor importante del barrio”, añade.
En diciembre de 2024 vio una publicación de Ana Navío en Instagram. “Subieron un cartel que decía algo como: ‘Se acabó, fue muy bonito’. Y en ese momento fue como: ‘¿Quéee?’”. Ana decidió cerrar. Para que el proyecto continuara, alguien debía hacerse cargo del local y pagar un traspaso que superaba los 15 mil euros.
“Tenemos una vida en Barcelona y todo bien, pero nadie tiene 15.000 euros”, dice Paulina.
Lo que sí tuvo claro fue que no quería perder La Prole. “Mi intuición original y mis ganas de movilizarme fueron: ‘¿Cómo hacemos para que este lugar siga existiendo y para que también sea nuestro?’”, recuerda.
Para Paulina, el cierre implicaba algo más: “Este es un espacio seguro, de promoción de la literatura y de referentes queer. Que cierre un espacio así es una derrota para todos”.
Paulina escribió entonces a dos amigos chilenos que tenían una relación cercana con Ana. Uno de ellos era Felipe Román, de Trío Editorial.
“Me dijo: ‘Sí, hay que hacer una cooperativa’”.
En enero de 2025 se reunieron con la fundadora para conocer las condiciones del traspaso.
“Ella estaba triste porque, en el fondo, cualquier otra opción era cerrar el proyecto”, recuerda Paulina. El grupo todavía no tenía los fondos, pero sí hizo una promesa: “Si nos puedes esperar unos meses para que podamos juntar esta plata, nosotros vamos a salvar el proyecto”.
Libros, fanzines y una bandera palestina conviven en el interior de La Prole. (Foto I. Molina)
Completadas
Para salvar La Prole abrieron una campaña en Goteo, una plataforma de crowdfunding. Hubo bingos y completos en actividades propalestinas. Los domingos pusieron un DJ, ocuparon el local y vendieron vermut.
“Tuvimos una idea muy chilena: completadas y bingos, lo único que sabemos hacer”, cuenta Paulina.
Los vecinos empezaron a aparecer. Se bebía, se comía, se aportaba dinero. Al cabo de unos dos meses reunieron cerca de 22 mil euros (unos 23,4 millones de pesos chilenos).
Pagaron el traspaso. La Prole no cerró.
“En ese momento, el grupo motor éramos como doce chilenos y un amigo catalán”, recuerda Paulina. “Ahora la librería pasó de estar gestionada por una persona a estar gestionada por una asociación. En esa asociación somos unas doce personas, once de Chile y uno de Argentina”.
No todos hacen lo mismo. Las libreras abren, venden, llevan el catálogo y las devoluciones. Otras personas organizan actividades, trabajan en diseño o crean vínculos con comunidades árabes, latinas y catalanas.
Al grupo le faltaba algo importante: experiencia en el oficio.
“Nadie de los que participamos en la historia original había trabajado en una librería. Algunos son editores, pero como libreros, no”, dice Paulina.
Por eso sumaron libreras como Draga e Ignacia.
“Vendemos mucho más porque hay libreras profesionales”, resume Paulina.
El proyecto también sumó otros vínculos chilenos. En el segundo piso se instaló Vicente Corcione, artista detrás de Lafat Bordieu. Allí tiene un punto fijo con fanzines, banderas, poleras, jockeys y bolsos. Palestina ocupa parte del catálogo y de la gráfica del local. Sergio, otro integrante del grupo, es sirio-catalán, y la asociación busca conexiones con colectivos árabes queer.
“Tenemos una conexión catalana y, por otra, una coordinación con el mundo árabe, tanto a través de colectivos árabes queer de Barcelona como por la tradición que tiene Chile de hermandad con Palestina”, dice Paulina.
La nueva etapa no resolvió el problema económico.
“Estamos en la lucha”, añade Paulina. “Tener una librería no es un negocio. No es como decir: ‘Montamos un restaurante y quizás ganamos o perdemos’. Con una librería seguro vas a perder”.
“La librería es como una hija”
Es domingo. Carolina cobra y responde preguntas. Ignacia se mueve entre las mesas. Paulina mira el lugar que conoció primero como punto de acopio, luego como clienta y finalmente como una responsabilidad.
“A nivel afectivo, es como una hija que tenemos entre estas diez personas y quienes se han ido sumando con el tiempo”, dice Paulina.
Ignacia llegó cuando el rescate ya terminó. Su trabajo pertenece a otra etapa: abrir, pedir libros, devolver otros, recomendar, vender.
Por eso, cuando piensa en un eventual cierre de La Prole, Ignacia habla menos del negocio que de lo que perdería Sant Antoni.
“Creo que si esta librería hubiese cerrado, se habría perdido un espacio queer y un lugar de libros donde las personas que han vivido siempre acá también buscan lo que leen. No sé, yo creo que el cierre de una librería siempre es una pérdida cultural y de un espacio para la gente”, dice Ignacia.
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