En un escenario en que el multilateralismo pierde fuerza y las grandes potencias vuelven a disputar rutas, recursos e infraestructura crítica, el territorio recupera su condición de fuente esencial de poder. La relevancia de un país ya no depende únicamente de su PIB o de cuánto exporta, sino también de su capacidad para controlar, proteger y poner en valor aquellos espacios que resultan estratégicos para las nuevas cadenas de suministro globales.
En este nuevo escenario, la bahía de Mejillones trasciende su condición de nodo logístico: por su ubicación, infraestructura y conexión con las riquezas minerales de Sudamérica, puede convertirse en una de las principales puertas de salida de los minerales críticos del continente y, con ello, en un activo geopolítico de primer orden para Chile.
Esta nueva realidad exige ampliar la forma en que evaluamos nuestro territorio. No basta con medir el PIB, las exportaciones o la protección ambiental. También debemos considerar qué valor estratégico posee cada espacio, cómo se utiliza, qué infraestructuras lo articulan y de qué manera estas fortalecen la posición de Chile en el mundo.
Cuando el orden basado en reglas pierde fuerza, cuando desde el exterior se nos busca imponer decisiones, adquiere mayor importancia aquello que un país tiene capacidad efectiva de resguardar y utilizar en función de sus intereses. Desde esta perspectiva, Mejillones no es solamente un puerto. Es un activo de política exterior.
Durante años hemos evaluado los puertos principalmente por las toneladas movilizadas, la productividad, los costos y el valor de las exportaciones. Son variables indispensables, pero ya no suficientes. En un mundo marcado por la competencia por minerales críticos, energía y tecnologías estratégicas, también importa qué carga circula, de dónde proviene, hacia dónde se dirige y qué lugar ocupa en las cadenas de suministro globales. Es necesario, por tanto, incorporar una nueva dimensión de análisis: la densidad estratégica de la carga.
Las grandes potencias ya no compiten solo por acceder a recursos naturales. Lo hacen para asegurar las rutas, infraestructuras y nodos por donde circulan. La ventaja geológica, por sí sola, no garantiza influencia. El verdadero valor estratégico aparece cuando un país dispone de capacidades territoriales y logísticas para llevar esos recursos de manera segura y previsible a los mercados. Allí aparece Mejillones.
En apenas 25 años, la bahía de Mejillones pasó de la actividad pesquera tradicional a convertirse en un polo industrial y logístico de escala regional, con una movilización de carga que supera los 17 millones de toneladas. Su verdadero valor estratégico, sin embargo, reside en su condición de puerta natural de salida para un territorio que concentra enormes reservas de minerales críticos, gracias a la conectividad ferroviaria existente con Bolivia (510 km) y el noroeste argentino (406 km). Esta red vincula directamente el puerto con algunos de los principales distritos mineros de ambos países: sólo en el noroeste argentino existen 57 proyectos de litio (33 en Salta, 18 en Catamarca y 6 en Jujuy).
Esa combinación de ubicación, conectividad y proximidad a grandes polos mineros convierte a Mejillones en algo mucho más que un puerto: en una plataforma estratégica capaz de articular las reservas de minerales críticos de Bolivia, Argentina y Chile con las cadenas globales del cobre, el litio y las nuevas energías.
A ello se suma una característica menos visible, pero geopolíticamente relevante: su vinculación con una empresa estratégica del Estado chileno le otorga a Chile un grado de incidencia sobre esta infraestructura crítica, algo poco habitual en una costa del Pacífico Sur donde otros grandes nodos portuarios se hallan bajo control de capitales extranjeros. Su expansión proyectada hasta 2050 refuerza esta condición y debiera llevarnos a mirar Mejillones no sólo como una infraestructura portuaria, sino como un activo geoeconómico y geopolítico de primer orden. ¿No tiene acaso esta condición un valor enorme para la política exterior chilena?
Por un lado, si una parte creciente de esos flujos utiliza infraestructura chilena, Mejillones dejará de ser simplemente un puerto eficiente para convertirse en un hub relevante de las cadenas globales de suministro. Los países que dependan de esos minerales tendrán interés en la estabilidad y continuidad de los corredores que los transportan, transformando la confiabilidad de nuestra infraestructura en un activo de política exterior. Por otra parte, un corredor minero y logístico que vincule Bolivia y el noroeste argentino con Mejillones, crea intereses permanentes que trasciende ciclos políticos, convirtiendo a la integración en infraestructura, comercio, inversión y dependencia mutua.
Por eso, concebir a Mejillones como una infraestructura crítica para el interés nacional obliga a mirar más allá de su desarrollo portuario y a entender la red que le otorga ese carácter estratégico: minería crítica, energía, ferrocarriles, carreteras, almacenamiento e industria. Es precisamente en esa articulación donde el territorio adquiere valor como una verdadera arquitectura estratégica. Puertos, pasos fronterizos, carreteras, ferrocarriles, redes energéticas y telecomunicaciones no pueden seguir evaluándose exclusivamente desde políticas sectoriales ni como infraestructuras aisladas. Su importancia también debe medirse por la capacidad que tienen, en conjunto, para ampliar las capacidades económicas, logísticas y, en último término, el poder internacional de Chile.
El Norte Grande ofrece una oportunidad excepcional. La pregunta ya no debiera ser sólo cómo exportar mejor nuestra minería, sino cómo convertir esta parte del territorio nacional en la plataforma que articule los grandes distritos mineros del interior de Sudamérica con los mercados del Pacífico. Mejillones puede ser el punto de partida.
Para ello, Chile necesita superar algunas inercias de las últimas décadas. El mundo ya no funciona bajo la premisa de que el comercio hará irrelevantes las fronteras ni de que el multilateralismo garantizará por sí solo nuestra estabilidad. En un escenario de creciente competencia entre potencias, también importan las capacidades materiales de los Estados para defender sus intereses.
Esto obliga a revisar decisiones adoptadas bajo otras premisas. Nuestras políticas territoriales, ambientales y de infraestructura debieran evaluarse no sólo por sus objetivos sectoriales, sino también por su efecto sobre la posición estratégica de Chile. De lo que se trata es que en un orden más transaccional, los Estados tienden a proteger con creciente pragmatismo sus activos y ventajas.
Mejillones debiera, por eso, formar parte de la prospectiva permanente de nuestra política exterior. Una Cancillería que aspire a defender eficazmente los intereses nacionales no puede limitarse a gestionar relaciones entre Estados: también debe contribuir a reconocer, poner en valor y proyectar estratégicamente el territorio que sustenta nuestro poder nacional.
Porque cuando un país fortalece sus puertos, sus ferrocarriles, sus fronteras, sus recursos y sus conexiones con el mundo, no sólo mejora su economía: gana robustez internacional y con ella, recupera capacidad para defender mejor sus intereses nacionales.
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