La seguridad nacional no es un tema con el que se pueda jugar. Y mucho menos improvisar.

La función principal e histórica de nuestras Fuerzas Armadas ha sido proteger las fronteras de Chile, resguardar nuestra soberanía y defender a nuestra gente. Cuando comenzamos a confundir las tareas policiales con las militares, y las militares con las policiales, cometemos un error profundo. Y esos errores, en política exterior y defensa, siempre terminan siendo observados con atención más allá de nuestras fronteras.

Distraer a nuestras Fuerzas Armadas de su misión fundamental para destinarlas permanentemente a labores de seguridad interna, provoca, al menos, dos problemas.

El primero es que terminamos menospreciando a nuestras policías. Chile tiene instituciones policiales profesionales y con capacidades reconocidas. Lo que necesitan no es que alguien venga a reemplazarlas: necesitan recursos, efectivos, equipamiento y respaldo.

Necesitamos más vehículos blindados, más carabineros, más comisarías y una Policía de Investigaciones con mayores capacidades para perseguir el crimen organizado.

Y, sobre todo, necesitamos entregarles herramientas efectivas para investigar. Porque al narcotráfico y al crimen organizado no se les derrota solamente patrullando las calles: también se les derrota siguiendo la ruta del dinero, levantando el secreto bancario y llegando hasta el último peso que financia sus organizaciones.

El segundo problema es todavía más delicado. Mientras ocupamos a nuestros militares en mirar hacia adentro, alguien puede comenzar a mirar demasiado hacia nuestras fronteras.

Y ahí nuestros vecinos se ponen imaginativos. No porque Argentina, Perú o Bolivia sean nuestros enemigos. Son países vecinos, pueblos hermanos y debemos construir con ellos relaciones de cooperación y respeto. Pero una cosa es la amistad y otra muy distinta es la ingenuidad.

Chile debe tener buenas relaciones con sus vecinos, pero también debe tener fronteras protegidas, Fuerzas Armadas preparadas y una política de defensa que no admita improvisaciones.

Por eso, cuando ocurren situaciones como las que recientemente hemos observado en el sur con Argentina, corresponde actuar con serenidad, diplomacia y firmeza. Sin bravatas, sin nacionalismos baratos y sin transformar una diferencia entre Estados en una pelea entre pueblos.

Pero también sin agachar la cabeza. Porque la soberanía nacional no pertenece a un gobierno ni a una mayoría circunstancial. Pertenece a Chile. Y en eso debemos estar todos del mismo lado.

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Somos un país pacífico. Queremos llevarnos bien con nuestros vecinos y resolver nuestras diferencias mediante el diálogo y el derecho internacional. Pero que nadie confunda nuestra vocación de paz con debilidad.

Hay un viejo adagio que dice “somos mansos, pero no mensos”. Y cuando se trata de Chile, sabemos perfectamente defender lo nuestro.