Cada 24 de agosto, Ucrania celebra el Día de la Independencia. Este año conmemoramos el 35º aniversario de la restauración de nuestra independencia. La palabra restauración no es un detalle semántico: refleja una realidad histórica. Ucrania no nació en 1991 tras la desaparición de la Unión Soviética. Recuperó una condición estatal cuya historia se remonta a más de un milenio.
Sin embargo, uno de los argumentos más repetidos por el Kremlin sostiene exactamente lo contrario: que Ucrania sería un Estado “artificial”, creado por decisiones administrativas soviéticas, y que ucranianos y rusos constituirían “un solo pueblo”. Estas afirmaciones no solo contradicen la evidencia histórica; también forman parte de una narrativa destinada a justificar la agresión militar contra un país soberano.
La historia de Ucrania comienza mucho antes del surgimiento del Estado ruso. La Rus de Kyiv, fundada en el siglo IX con Kyiv como capital, fue uno de los principales Estados europeos de la Edad Media. Cuando sus gobernantes establecían relaciones diplomáticas con Bizancio y con las principales cortes de Europa, Moscú aún no existía como centro político. Tras la fragmentación de la Rus, la continuidad de la tradición estatal ucraniana se mantuvo en el Reino de Galitzia-Volinia y, posteriormente, en el Hetmanato Cosaco.
Lejos de ser una periferia de otros imperios, el Estado cosaco desarrolló una tradición política propia. La Sich de Zaporiyia funcionaba sobre principios de autogobierno y elección de sus autoridades. En 1710, el hetman Pylyp Orlyk promulgó una Constitución que limitaba el poder del gobernante, establecía mecanismos de control institucional y reconocía derechos y libertades. Considerada por numerosos historiadores como una de las primeras constituciones modernas de Europa, fue redactada décadas antes de la Constitución de Estados Unidos y de la Revolución Francesa. Mientras el Imperio ruso consolidaba un sistema de poder absoluto, en Ucrania ya existían tradiciones políticas que buscaban limitar la autoridad del Estado.
La aspiración de independencia tampoco pertenece únicamente al pasado lejano. En 1918, tras el colapso del Imperio ruso, Ucrania proclamó nuevamente su independencia mediante la República Popular Ucraniana. Contaba con gobierno, parlamento, ejército, moneda nacional y representación diplomática en diversos países. Su desaparición no fue consecuencia de una falta de legitimidad, sino de la invasión del ejército bolchevique.
Por ello, lo ocurrido en 1991 no fue el nacimiento de un nuevo país, sino la restauración de una soberanía perdida por la fuerza. El referéndum del 1 de diciembre de ese año confirmó de manera inequívoca esa voluntad: más del 90% de los ciudadanos votó a favor de la independencia, con mayoría en todas las regiones de Ucrania, incluida Crimea. Fue una decisión democrática y soberana, adoptada por los propios ucranianos.
La historia de Ucrania es también la historia de una lucha constante por preservar su identidad. Durante siglos, las autoridades del Imperio ruso intentaron negar la existencia misma de la nación ucraniana. En 1863, el ministro del Interior Piotr Valuev afirmó que “nunca existió, no existe ni puede existir una lengua ucraniana”. Trece años más tarde, el Decreto de Ems prohibió la publicación de libros en ucraniano, las representaciones teatrales y buena parte de la actividad cultural en ese idioma. En la época soviética continuó la política de rusificación, acompañada por la persecución de intelectuales, escritores y artistas ucranianos.
El Holodomor o la Hambruna Artifucial de 1932-1933, provocado deliberadamente por el régimen de Stalin, causó la muerte de millones de ucranianos. Poco después, toda una generación de escritores, científicos y artistas fue ejecutada o enviada a campos de trabajo en lo que hoy se conoce como el “Renacimiento Ejecutado”. No fueron episodios aislados: respondían a una misma lógica imperial, destinada a destruir la identidad nacional ucraniana.
La política de eliminación de esa identidad no pertenece únicamente al pasado. En los territorios temporalmente ocupados por Rusia se cierran escuelas ucranianas, se reemplazan los programas educativos, se destruyen bibliotecas y museos, se cambian los nombres de ciudades y pueblos, y miles de niños ucranianos han sido trasladados ilegalmente a territorio ruso para ser sometidos a procesos de adoctrinamiento. La guerra no busca únicamente ocupar un territorio; pretende borrar la memoria de quienes lo habitan. Por ello, numerosos historiadores y especialistas describen la agresión rusa como una manifestación contemporánea del colonialismo.
Si ucranianos y rusos fueran realmente “un solo pueblo”, surge una pregunta inevitable: ¿por qué habría sido necesario prohibir la lengua ucraniana durante siglos, perseguir a sus intelectuales y destruir sistemáticamente su patrimonio cultural? Ningún Estado necesita erradicar la identidad de un pueblo que considera indistinguible del suyo.
Algo similar ocurre con el idioma. Con frecuencia se afirma que el ucraniano es simplemente un dialecto del ruso. La realidad demuestra lo contrario. Aunque ambas lenguas pertenecen a la familia eslava, un ciudadano ruso promedio no comprende el ucraniano sin haberlo estudiado. La relación entre ambos idiomas se asemeja mucho más a la que existe entre el español y el portugués: comparten un origen común, pero son lenguas diferentes, con vocabulario, pronunciación, gramática y evolución histórica propias. La existencia de similitudes lingüísticas no convierte a dos naciones en una sola.
La invasión iniciada por Rusia en 2014 con la anexión ilegal de Crimea y partes del Donbás ucraniano tampoco puede entenderse como un hecho aislado. Constituye un nuevo capítulo de una política imperial que durante siglos ha intentado negar a Ucrania el derecho a existir como Estado independiente. Cambiaron los nombres de los gobernantes, las banderas y los sistemas políticos; la lógica de negar la identidad ucraniana permanece sorprendentemente constante.
Para Chile, un país que valora profundamente la soberanía, el derecho internacional y la autodeterminación de los pueblos, esta reflexión tiene un significado especial. La independencia no es simplemente una fecha conmemorativa. Es la expresión de la voluntad de una nación de decidir libremente su propio futuro.
Treinta y cinco años después de restaurar su independencia, Ucrania continúa defendiendo exactamente el mismo principio por el que lucharon generaciones anteriores: el derecho de una nación a existir, hablar su lengua, preservar su cultura y elegir democráticamente su destino.
La historia demuestra que Ucrania no nació en 1991. Su independencia fue interrumpida en distintas etapas, pero nunca desapareció de la memoria colectiva de su pueblo. Por eso, la guerra iniciada por Rusia no puede entenderse únicamente como una disputa territorial. Es el intento de poner fin a una historia nacional de más de mil años. Pero esa historia ya ha demostrado, una y otra vez, que es más fuerte que cualquier intento de negarla.
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