El debate alrededor de la propuesta impulsada por la bancada del Partido de la Gente (PDG) (y en particular por la diputada Zandra Parisi) para declarar feriado el 17 de septiembre nos sitúa en una dicotomía clara entre la dinámica social cotidiana y las aprensiones de la política macroeconómica.

Desde una perspectiva eminentemente pragmática, la iniciativa no representa un quiebre sustancial con la realidad del país, ya que la víspera de las Fiestas Patrias se caracteriza habitualmente por una productividad mínima en los centros de trabajo, donde las rutinas suelen interrumpirse a mediodía para dar paso a convivencias e iniciar tempranamente los desplazamientos.

A esto se suma que, al no contemplarse como un feriado irrenunciable, el debate entablado por el Gobierno resulta fútil en lo que respecta al comercio, dado que las pymes y los negocios de barrio mantendrían la libertad de operar, abastecer a la comunidad y dinamizar la economía local sin los problemas que impone un cierre obligatorio.

No obstante, la postura del Ejecutivo, canalizada a través del Ministerio de Hacienda, se sostiene en un análisis estrictamente enfocado en la productividad y los indicadores globales. Las evaluaciones técnicas advierten que paralizar formalmente un día hábil adicional restaría entre 0,2 y 0,4 puntos porcentuales a la variación del Imacec, lo que se traduce en un costo para la economía chilena de entre 150 y 300 millones de dólares.

Desde el Gobierno se argumenta que, si bien el turismo, la hotelería y la gastronomía experimentan un impulso con los festivos, ese dinamismo no logra compensar la detención de sectores clave como la industria, la construcción y la logística manufacturera, afectando el cumplimiento de las metas de crecimiento del país.

Pero más allá de los números, existe una necesidad humana que las planillas contables no logran registrar. Al igual que una familia que ha atravesado meses desgastantes por deudas o problemas internos necesita regalarse un momento de tregua para reencontrarse alrededor de la mesa, la ciudadanía requiere de esta distensión social. No por nada lo advierte la Biblia: “El corazón alegre es una buena medicina, pero el espíritu quebrantado consume las fuerzas” (Proverbios 17:22).

En un país fuertemente golpeado en los últimos años por el desgaste de las redes de corrupción, el clima de inseguridad marcado por la delincuencia y las persistentes inequidades, una pausa prolongada no es mero ocio; actúa como una válvula de escape indispensable para descomprimir la tensión acumulada en el tejido social.

A la par de la discusión económica, la agenda legislativa de la bancada del PDG aborda la dimensión identitaria a través del proyecto del diputado Javier Olivares, que busca consagrar formalmente a la cueca como baile nacional.

Esta medida cobra un sentido profundo en un contexto donde las influencias externas permean con fuerza la cotidianeidad y reducen el espacio de las expresiones locales.

Revalorizar los símbolos autóctonos en estas fechas no responde a un mero convencionalismo, sino a la necesidad de fortalecer el sentido de pertenencia y el orgullo por los orígenes, recordando que cualquier cultura requiere mantener vivo su punto de partida para poder trazar con solidez su camino hacia el futuro.

Considero que frente a los fríos cálculos de Hacienda, es bueno recordar que una nación no se sostiene solo en números, también es importante el estado de ánimo de sus ciudadanos, negar estos espacios que se sienten como un regalo de tregua y encuentro para el bienestar emocional, es no entender -por parte del Ejecutivo- que también son un pilar fundamental para la estabilidad de nuestro país.