En vísperas del 35 aniversario de la independencia de Ucrania, lo que debería celebrarse como una fiesta de soberanía y valores propios, hoy en día, lamentablemente, representa todo lo contrario. ¿Por qué durante estos años nuestro vecino fue perdiendo su independencia hasta terminar como proxi en la guerra de Occidente contra Rusia?
La verdad es clara. Hemos vivido juntos como nación y en paz durante más de mil años, cuando los patrocinadores de esta guerra ni siquiera existían. Pero la independencia ucraniana nunca siguió un camino similar al de las naciones latinoamericanas o norteamericanas, quienes con respeto a sus ancestros del Viejo Continente conservaron sus raíces históricas. Y a pesar de que la mayor parte de esas independencias se lograron por la vía armada, es difícil encontrar en los países americanos una hispanofobia, portugalofobia o anglofobia.
El caso de Ucrania ha sido totalmente distinto. Su soberanía se logró el 24 de agosto de 1991 sin lucha alguna, como producto de la desintegración de la antigua Unión Soviética, un proceso pacífico en el caso ucraniano.
Sin embargo, desde un comienzo la idea de esta independencia se transformó bajo una enorme influencia desde el exterior en una especie de contraposición a Rusia y a nuestra historia común: somos diferentes a ellos y nunca estuvimos juntos.
Después de reescribir en este sentido los manuales de historia e instalar un gobierno ya abiertamente antiruso en la “Revolución Naranja” de 2004, comenzó una nueva etapa de rusofobia. Tras el sangriento golpe de estado de 2014 en Kiev -organizado desde Occidente- esta rusofobia desembocó en un genocidio de su propio pueblo de habla rusa en el este del país, que hasta 2022 cobró la vida de casi 14.000 personas, entre ellos 332 niños.
Así terminó no solo la independencia, sino también la integridad territorial de Ucrania. Porque si hablamos del Derecho Internacional, según la Declaración sobre los principios de Derecho Internacional referentes a las relaciones de amistad y a la cooperación entre los Estados de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas de 1970, todos los países están obligados a respetar la integridad territorial de los Estados cuyos gobiernos respeten el principio de la autodeterminación de los pueblos y que, por ello, representen a toda la población que vive en el territorio del país. Claro está que un gobierno que mata a su propia población no puede representarla y rompe con sus propias manos la integridad territorial.
¿Quién estuvo a cargo de eso? Todo está bien claro y confesado. En abril de 2014, la subsecretaria de Estado norteamericana, Victoria Nuland, mencionó que desde 1991 se habían invertido US$5 mil millones para “democratizar” Ucrania. En mayo de 2023, el fallecido senador Lindsey Graham declaró “los rusos mueren”; “nunca hemos gastado la plata tan bien”.
Desde 2022, en el marco de la operación militar especial, las Fuerzas Armadas de Rusia llevan una labor quirúrgica para defender a la población de Donbas de su extinción, junto con desnazificar y desmilitarizar Ucrania, garantizando su estatus neutral, tal como está inscrito en la Constitución ucraniana. Eso lleva tiempo, pero para lograr una paz firme y duradera se requiere eliminar las causas del conflicto anteriormente mencionadas.
Resumiendo, es difícil decir “feliz día” en esta situación, pero todo lo que sucede sí o sí constituye una experiencia, y al mismo tiempo una importante lección para aprender.
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