Chile es un país extraordinario. Hemos encontrado la solución a la delincuencia: revisar las mochilas de los estudiantes en los colegios.

Sí. Ahí estaba el problema. No en las cuentas donde se mueve el dinero del narcotráfico. No en los testaferros. No en las sociedades utilizadas para esconder patrimonio. No en el lavado de activos. ¡En la mochila del estudiante!

Entonces el Estado dice: frente a la violencia en los establecimientos educacionales, revisemos mochilas. Y claro que puede ser necesario establecer mecanismos excepcionales para impedir el ingreso de armas a un colegio. Esa discusión es perfectamente legítima. Lo curioso viene después.

Porque si queremos mirar dentro de la mochila de un estudiante para saber si lleva un arma, somos valientes. Pero si queremos mirar los movimientos bancarios sospechosos para saber quién financió esa arma, quién vende la droga y dónde termina la plata, ahí nos ponemos nerviosos. O sea, la ley que permite abrir mochilas -estilo guardia de supermercado- en la escuela tiene gran apoyo de las derechas; pero abrir las cuentas bancarias es una locura que termina con la sociedad. 

La mochila del estudiante se puede abrir; la cuenta del narcotraficante, ni a cañones.

Al niño de catorce años le podemos revisar hasta el estuche de los lápices. Pero para seguir la plata del crimen organizado pareciera que necesitamos autorización del Papa, de Naciones Unidas y probablemente de la mamá del narcotraficante.

Y hablamos de combatir el crimen organizado.

El crimen organizado se llama así, precisamente porque está organizado. Tiene financiamiento, proveedores, distribución, armas, vehículos, testaferros y lavado de dinero. No funciona solamente con el muchacho que aparece al final de la cadena.

Por eso, revisar mochilas puede prevenir una tragedia dentro de un colegio. Bien. Hagámoslo cuando corresponda, con protocolos y respetando derechos. Pero no nos vendan eso como la gran respuesta al problema de seguridad.

Porque mientras nosotros celebramos que encontramos algo dentro de una mochila, el que financia el negocio puede estar sentado tranquilamente mirando su cuenta bancaria desde el teléfono.

Ese es el absurdo. Somos implacables con la mochila del estudiante y extraordinariamente pudorosos cuando aparece la plata. 

Y nos preguntamos por qué no derrotamos al crimen organizado…mientras seguimos buscando al delincuente en el bolsillo equivocado.