Hace unos días, el presidente Kast planteó que la esperanza de las personas había caído porque se había comenzado a hablar con la verdad. Es una afirmación extraña, porque supone que entre ambas cosas existe una contradicción, o miramos nuestros problemas de frente o somos capaces de construir esperanza. Yo creo que una sociedad no se hace más fuerte destruyendo sus expectativas de futuro ni escondiendo sus dificultades.
La tarea de la política es justamente reconocer los problemas que tenemos y construir la convicción de que podemos enfrentarlos colectivamente.
Eso, por cierto, no significa decretar la esperanza. No basta con repetir que las cosas estarán mejor, como tampoco basta con creer que tenemos la razón. Vivimos tiempos de incertidumbre, frustración y una desconfianza que atraviesa buena parte de nuestra vida en común, y mientras los problemas se vuelven complejos, la política muchas veces se parece a los cuarenta segundos que mejor funcionan en la red social de turno, a la frase más estruendosa o al reel más llamativo. El problema es que ninguna sociedad construye un futuro sólo con buenas frases.
Por eso creo que el debate sobre el rol de la oposición debe partir por una pregunta anterior a si somos más duros, más dialogantes o cuánto conversamos con el Gobierno, podemos conversar mucho o poco y seguir siendo irrelevantes. Lo primero es preguntarnos si estamos siendo capaces de representar, si las personas pueden reconocer en nuestra acción política algo de sus problemas, de sus frustraciones, pero también de sus expectativas y de la vida que quieren construir.
Esa pregunta debemos tomarla en serio. No podemos aceptar la caricatura de que la izquierda se convirtió en una élite alejada de la ciudadanía, ni recurrir a fórmulas que parecen sólo lugares comunes como “volver” a los territorios o explicar mejor lo que pensamos.
Estar presentes es importante, pero representar exige comprender lo que está ocurriendo, darle un sentido y ofrecer una dirección política reconocible: transformar experiencias que hoy aparecen dispersas en una interpretación común y esa interpretación en capacidad de actuar.
Para nosotros, una sociedad más justa no se construye dejando a cada persona sola frente a sus problemas para que se las arregle por su cuenta. Necesitamos un Estado capaz de resolver, de anticiparse y de hacer posibles proyectos de vida que muchas veces serían imposibles individualmente. Un Estado que garantice derechos y que entregue herramientas para avanzar, que asegure empleo, vivienda, cuidados, salud, educación, seguridad y condiciones para que el esfuerzo tenga sentido.
Los subsidios pueden ser parte de esas respuestas, pero la discusión no puede reducirse a cuánto transferimos, la tarea es construir soluciones públicas que permitan a las personas vivir mejor y con mayor autonomía. No progresar “a pesar” del Estado, sino también gracias a él y a las instituciones capaces de resolver, proteger y abrir posibilidades.
El Frente Amplio tiene un desafío histórico. Después de haber sido gobierno y de haber reunido en un solo proyecto trayectorias políticas diversas, pero con sueños comunes de justicia social, no podemos actuar como si nada hubiese ocurrido. Tenemos que defender aquello que permitió mejorar la vida de las personas, reconocer aquello donde no fuimos capaces de avanzar y, sobre todo, aprender. Pero ese aprendizaje no puede consistir solamente en administrar mejor nuestra organización, necesitamos un partido que vuelva a ser relevante para el país.
Eso supone alimentar al partido en un diálogo con el Chile que no está en Santiago, con nuestras juventudes diversas que sueñan y creen, con quienes trabajan, cuidan, estudian y sostienen diariamente este país. Pero no sólo para escucharlos. También para hacer política con esas experiencias, construir prioridades y respuestas, y transformar la pluralidad de nuestras experiencias en una fuerza capaz de actuar. Porque un partido sólo vuelve a ser relevante cuando las personas pueden reconocer en él una posibilidad concreta de construir un futuro común.
Ese es, para mí, un partido para la esperanza, no un partido que niegue los problemas ni uno que prometa que todo estará bien. Un partido capaz de mirar la realidad de frente, interpretarla y actuar sobre ella. Porque quizás la esperanza no sea otra cosa que recuperar la convicción de que lo que hacemos juntos puede cambiar el futuro
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