Los tiempos que corren dejan de manifiesto que hubo tiempos pasados mejores que los que hoy vivimos. Mucha tecnología, mejores funcionamientos en algunas cosas, pero una decadencia cultural y moral que deja en evidencia agresividad, vulgaridad e ignorancia en todos los niveles. Lo grave es que la autodenominada “clase política”, da en esto la nota aguda.

Tiempos pasados

Cuando era un sujeto en tránsito hacia la adolescencia, ya sabíamos –mis compañeros de colegio y yo– muchas cosas de las que pasaban en el país y en el mundo. Escuchábamos las radios, veíamos en el cine (al que se iba semanalmente, algunos con rigurosidad casi religiosa) el noticiero Mundo al Instante, leíamos revistas y ya nos fijábamos en los diarios.

La sección Deportes cubría no sólo con breves notas el fútbol, sino que había referencia a muchas actividades, incluidos los campeonatos interescolares de atletismo, con detalles de hasta los resultados de cada una de las finales en todas las categorías.

Las visitas de los gobernantes de otros países eran acontecimientos relevantes y el pueblo los recibía con entusiasmo y presencia callejera. Eisenhower, De Gaulle, Isabel II, Joao Goulart, reunieron muchedumbres en las calles, ya fuese para apoyarlos y aplaudirlos, como también para reclamar y protestar.

Al país le interesaba todo eso.

Las actas del Senado

Por mi parte, yo leía con extrema atención las actas del Senado que se publicaban en la prensa escrita, a veces textualmente y en otras ocasiones con meros resúmenes. Ahí estaban las discusiones legislativas y las propuestas políticas de los distintos senadores y partidos políticos.

Los discursos más interesantes, además de las discusiones de las leyes de gran relevancia (derogación de la Ley Maldita, cambios electorales, leyes de reforma agraria, reformas en educación, Juntas de Vecinos, por ejemplo), sucedían en lo que se llamaba “hora de incidentes”, donde los senadores exponían en temas que les parecían de gran importancia.

En esas transcripciones textuales pude leer extraordinarias intervenciones de senadores cultos, de ideas sólidas y propuestas bien argumentadas, debates intelectuales con señales de lo que podría ser el devenir del futuro, exposición de proyectos y programas ideológicos.

Francisco Bulnes Sanfuentes, Héctor Correa Letelier, Julio Subercaseaux, Ángel Faivovich, Volodia Teitelboim, Jaime Barros Pérez Cotapos, Hermes Ahumada, Exequiel González Madariaga, Eduardo Frei Montalva, Radomiro Tomic, Salvador Allende, Raúl Ampuero, fueron las figuras que así, de inmediato mientras escribo, se vienen a mi memoria, con sus discursos que podrían ser piezas magistrales de educación cívica si hoy se publicaran.

Pero, además, pese a las profundas discrepancias, era posible constatar una profunda “amistad cívica” entre los senadores, así como entre los demás dirigentes políticos.

Lo que se fue perdiendo

Claro, también había tonos duros y maniobras incorrectas. En toda sociedad las ha habido y las hay. Esos senadores o diputados no eran elegidos nuevamente. Pero por cierto eran situaciones excepcionales, porque la norma estaba en un cierto respeto. Entenderse, conversar directamente y no por la prensa, buscar acuerdos fundamentales era parte de un proceso democrático cuya perspectiva y práctica se ha perdido en el Chile de hoy.

Las tensiones se agudizaron con la campaña de 1970. La decisión de Estados Unidos y de parte de la derecha chilena –empresarial y política– de impedir la asunción al poder de Salvador Allende, radicalizó posiciones entre los dos tercios más extremos del país. Ya sabemos cómo terminó eso: un golpe de Estado y una dictadura feroz que preparó y ejecutó un cambio tan profundo en la sociedad chilena que hasta hoy vivimos sus secuelas.

Joaquín Lavín Infante, cuando se llamaba a sí mismo “gallo de pelea”, escribió un libro con el título de “La Revolución silenciosa”. Porque sin decirlo siempre públicamente se llevó adelante un proceso de modificaciones profundas en la cultura nacional, sostenida por un brazo armado brutal que llenó de miedo a la mayor parte de la población. Y eso se calló, se negó, se disfrazó con el invento de una guerra, de la necesidad de reprimir planes inexistentes, de crímenes atroces ocultos bajo “mantos de impunidad”.

Lo que siguió

El plan de la dictadura se cumplió rigurosamente: el objetivo era crear una apariencia de funcionamiento democrático, sobre la base de la degradación cultural y educacional, del empequeñecimiento de los espacios políticos, el aislamiento de las directivas (que pasaron a ser cúpulas), el debilitamiento de las organizaciones sociales.

Los ciudadanos pasamos a ser “consumidores” y la calidad de una universidad se mide por la “empleabilidad” de sus egresados. Las leyes se cumplen cuando las personas son sorprendidas (o temen serlo) en infracción, refiriéndome a las electorales, las tributarias, las del tránsito, las de la “libre” competencia y tantas otras. Como dijo la actual ministra de Salud, señora Chomalí, los padres renuncian a sus responsabilidades y esperan que la ley los sustituya.

Lee también...
La grieta que a nadie le importa Lunes 10 Agosto, 2026 | 11:04

Lo que importa hoy –lo dicen numerosos intelectuales– es la eficiencia, la eficacia, las cifras de rendimiento económico, olvidando la cultura, el arte, las humanidades, el desarrollo integral de las personas. Como dijo la exministra de Seguridad a comienzos de este gobierno: “lo hago porque puedo”. El tema de las licencias médicas sucedió porque nadie controlaba. Es la misma razón por la que el señor Hermosilla salió de su arresto domiciliario hasta que lo pillaron. ¿Volverá a la cárcel?

Los actuales dirigentes

Miramos a los dirigentes actuales de la sociedad chilena y encontramos que esa distancia con la ética, con la cultura, con el civismo, se ha ido generalizando.

En el Senado, dos senadoras se trenzan en una disputa impresentable, con gritos e insultos duros. Decirle a otro “delincuente” o “devuelve las platas que te robaste”, como se le atribuye a la senadora Campillai es un insulto porque hoy no está condenada su interlocutora, pero indudablemente basa sus palabras en las imputaciones que el Ministerio Público hace a la senadora Flores.

Pero los insultos de tono clasista y gravemente ofensivos de Flores a su colega, son mucho peores, en cuanto trata de convertir en algo indecoroso una palabra que alude a un oficio digno y respetable como es ser comerciante de Ferias Libres. Aludir además a la desgracia de su ceguera ocasionada en una acción policial que terminó en condena, para desmerecer su presencia en el Senado, es además un acto cruel.

No hay sorpresas

Cuando revisamos lo que sucede en el Senado hoy, salvo algunas excepciones que ni me atrevo a nombrar, nos damos cuenta de la pobreza patética de los debates, la debilidad de los argumentos, la mediocridad de los fundamentos invocados, la superficialidad y la falta de sentido cívico de señores y señoras que integran la “cámara alta”.

Sin ir más lejos, negociar dineros para una región a cambio del apoyo a un proyecto de ley que puede ser más que complejo para el país en el largo plazo es una práctica que ya habíamos visto antes, pero que no por recurrida es más válida.

¿Puede esto sorprender?

No mucho. Porque las leyes, las campañas, los partidos, trabajan en ese sentido y la deficiente educación cívica o de formación política de las personas, la falta de conciencia ciudadana, permite que sean elegidos y elegidas (en muchos casos), quienes más vociferan o tienen mejor publicidad. Me pregunto seriamente, ¿cómo es posible que sea elegido senador alguien que está desaforado como diputado por fraudes, que va en una lista que apoya a la candidata de la izquierda, pero que dice o insinúa que no votará por ella sino por su contendor principal? Es un ejemplo, pero parece ser suficiente.

La ignorancia

¿Podríamos pedir conocimiento y solidez a un electorado cuyos dirigentes hacen gala de ignorancia?

Un ejemplo claro lo ha dado Kast, presidente de la República. En su discurso para anunciar su embestida en materias de seguridad, dijo textualmente, al justificar su propuesta de reforma constitucional: “Por primera vez el Estado va a decir en su propia Constitución que proteger a su gente no es una opción, sino una obligación. Será un mandato que ningún gobierno, de ningún color, podrá desconocer”.

¿Es que acaso el Presidente de la República y sus asesores que le deben haber ayudado a redactar el discurso no sabían lo que dice la Constitución que él, como diputado y Presidente ha jurado hacer cumplir y respetar?

El artículo primero, inciso quinto de la actual Constitución dice: “Es deber del Estado resguardar la seguridad nacional, dar protección a la población y a la familia, propender al fortalecimiento de ésta, promover la integración armónica de todos los sectores de la Nación y asegurar el derecho de las personas a participar con igualdad de oportunidades en la vida nacional”.

Lee también...

No sé qué parte de esto puede admitir una interpretación diferente como para que quienes están a cargo del gobierno y administración del Estado, se sientan autorizados o posibilitados de desconocer sus obligaciones. Que algunos gobiernos lo hagan mejor o peor no lo garantiza ninguna norma constitucional o legal.

Es decir, cuando la ignorancia se sitúa en las oficinas de La Moneda, ¿qué podemos pedir en otras partes? Es cierto que en el gobierno de Piñera surgieron las “piñericosas”, aludiendo a los chascarros, errores o ciertas manifestaciones de ignorancias literarias, pero siempre sus asesores se cuidaron de que no hubiese errores tan manifiestos como éste de Kast. ¿En qué manos estamos?