Una de las principales críticas que ha enfrentado el gobierno de José Antonio Kast durante estos primeros meses ha sido comunicacional. Más allá de los avances que pueda exhibir, le ha costado construir una vocería clara y un relato capaz de explicar sus decisiones, ordenar sus prioridades y transmitir el rumbo que busca imprimir al país. Y cuando un gobierno no cuenta su propia historia, otros terminan haciéndolo por él.
El problema adquiere especial relevancia en un contexto de creciente pesimismo. Porque el pesimismo no es solo un estado de ánimo, sino que tiene efectos concretos. Puede postergar inversiones, frenar decisiones y erosionar la confianza que necesitamos para prosperar.
En ese escenario, el discurso del presidente José Antonio Kast ante la Asamblea General de Naciones Unidas tuvo un valor que trascendió la diplomacia. Consistió en la presentación de un proyecto país ante el mundo. Y fue, al mismo tiempo, un mensaje para los chilenos. Fue un discurso orientado hacia el futuro, que buscó transmitir esperanza con fundamento, algo que escasea en estos días.
El corazón del mensaje cupo en cuatro palabras: “Chile está de vuelta”. El Presidente recordó que fuimos un país admirado y que luego perdimos el rumbo entre alzas de impuestos, regulaciones excesivas, obstáculos para emprender y un estallido social que nos quebró. El empleo se estancó y la inversión se detuvo. Pero el relato no se quedó en la nostalgia.
Kast describió un país que está ordenando la casa para ser más seguro, más competitivo y menos burocrático; capaz de atraer inversión, generar empleo y contribuir a la seguridad regional. Presentó a Chile como pieza clave de la transición energética por su litio, su cobre y su potencial renovable; destacó el valor estratégico del estrecho de Magallanes y proyectó al país como puente de los corredores bioceánicos hacia Asia.
Tampoco eludió los asuntos más complejos: abordó la situación en Venezuela insistiendo en una transición democrática, condenó las guerras que han empobrecido incluso a países que no participan en ellas y, planteó que Naciones Unidas debe estar a la altura de los desafíos actuales.
El Presidente acompañó el relato con cifras concretas: los homicidios bajaron un 11,5% llegando a niveles pre pandemia, el escudo fronterizo ha permitido reducir un 86% el ingreso irregular y se ha expulsado a un 50% más de personas en comparación al año anterior. En materia económica destacó la disminución gradual de impuestos a empresas de un 27 a un 23%, junto con la invariabilidad tributaria por un periodo de 20 años y avances en el destrabado de la permisología, logrando aceptar una inversión de 33.000 millones de dólares que llevaba años frenada.
Entonces, por mucho que no veamos un país optimista, el presidente Kast demostró que su compromiso es verificable y tuvo, además, la honestidad de reconocer que los resultados demorarán, pero que el rumbo hacia la seguridad y el crecimiento ya está trazado. Hechos y no palabras.
Eso es precisamente lo que ha costado durante estos primeros meses. No porque los avances no existan, sino porque al Gobierno le ha faltado comunicarlos con la claridad y la convicción que el Presidente mostró en Nueva York. Allí logró articular un proyecto de país y darle un sentido común a medidas y avances que muchas veces se han conocido de manera fragmentada. Porque, para efectos de la confianza pública, no basta con avanzar, sino que también es necesario explicar hacia dónde se avanza y por qué.
El discurso deja, por lo tanto, una lección que va más allá de la política exterior. Si el Gobierno fue capaz de explicar su proyecto ante casi doscientos países, con cifras, con horizonte y con entusiasmo, no hay razón para que no pueda hacerlo aquí.
El pesimismo no se revierte sólo con resultados, que por naturaleza tardan, sino con la capacidad de mostrar el camino recorrido y el que falta por recorrer. Chile está de vuelta, dijo el Presidente. Ahora falta que los chilenos también lo sepan.
Fernanda Garretón
Coordinadora Internacional IdeaPaís
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