En estos Diarios completos de Sylvia Plath (a cargo de Karen Kukil, Anchor, 2007) nos enteramos de la travesía vital de la poeta de Boston, quien se adentró en experiencias introvertidas tales como “casi siempre estoy meditando sobre la pared de enfrente”, en esa relación turbadora que tuvo con el vacío o lo que se degrada. Cubren un arco de 1950 a 1962, es decir, entre sus 17 y 29 años, uno antes de la muerte.

Podemos así reforzar nuestra lectura de El coloso (1960), ese primer y único libro de poemas publicado en vida, en que cristalizan unas fuerzas que la tironean por años y no hubo manera de esquivar, sino en ese verso anudado hecho de manzanas verdes, tuétano y cristales rotos.

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Se trata de una lucidez feroz oscilando entre lo esperanzado y lo dramático. El marco de época de comienzos de los 50 es estrecho, militarizado, machista, rutinario, familiar y comercialmente matrimonial. Plath no tiene líneas de fuga disponibles, todavía no puede leer “olvida tu ropa interior somos libres”, de Howl (Aullido / Ginsberg), y ni pensar en largarse al Love Pageant Rally de San Francisco para escuchar la catarsis de la Janis Joplin en el escenario de pelos revueltos. Tiene que quedarse ahí, algo quieta, pensando en el fin de semana. Lo que se respira en ese momento en Estados Unidos son oleadas de un aire ionizado, de un hollín espeso, producto de las bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki, y que cualquier conciencia como la de Plath rechaza espantada: “Realmente los malditos imbéciles van a conseguir terminar destrozando el mundo. Cuando leí esta descripción de las víctimas de Nagasaki sentí náuseas”.

El hecho decisivo en su vida es la muerte temprana del padre –Otto Plath, profesor de biología en la Universidad de Boston– cuando apenas tiene ocho años de edad. Nunca pudo alivianar ni reparar esa pérdida. Él es el coloso del poema que, aunque roto e imposible de recomponer, ella sube obsesiva por las escaleras “como una hormiga enlutada” para pegar esa imagen al costo que sea: “Treinta años llevo ya luchando / por limpiar el sedimento de tu garganta”. Y es esa ausencia/presencia la que convierte en una vara de medir ambigua, ya en el reclamo o el rechazo. Lo masculino o el desplazamiento degradado hacia el machismo lo padece, pero también lo asimila y puede ser punzante: “El aroma estéril, patético, insoslayable, de una mujer sin un hombre”. Envidia la libertad de los hombres para tener sexo, y se relaciona con ellos libremente, pero de repente no los soporta: “ir a las fiestas de las fraternidades de la facultad donde un chico hunde su hocico en tu cuello o intenta violarte si no le basta manosearte los pechos”. La animalidad está cerca, y sabe que esto de civilizados es muy nuevo para todos. En todo caso el intersticio le interesa, algo se mueve en lo informe que observa con detención.

Siempre se está midiendo con las otras, les mide los pechos (los suyos son pequeños y dice que tiene nariz de salchicha grasienta), las piernas, los peinados, los dientes, critica sus vestidos, en una necesidad imperiosa de destacar y saber qué lugar exacto ocupa en el mundo: “He perdido toda la confianza en mi capacidad para atraer a los machos y, para las hembras, esa es una condición francamente patética”. Pero es capaz de elevarse sobre todo lo mundano y estas fuerzas en contrario, alcanzando cotas muy singulares de experiencias de liberación desatadas: “Tendida sobre la roca, con el cuerpo tenso al principio, luego relajado, he sentido que el sol me violaba dulcemente sobre aquel altar y que me llenaba del calor del dios impersonal y colosal de la naturaleza”. Ecosistema al que también se pliega adquiriendo otra dimensión de su propio ser expandido, hacia un todo mucho más vasto al que pertenecer: “La serena conciencia del carácter inevitable de los cambios, lentos y graduales, en la corteza terrestre se apodera de mí: es un amor irresistible, no inspirado por un dios sino por una conciencia clara y completa (…)”. Pero igual que las olas, en un movimiento de retracción, se resitúa en problemas en su momento imaginarios, tales como si el matrimonio le restará energía creativa hasta no dejarla escribir, si la dedicación a los hijos la secará del todo, si llevar una casa será su tumba.

Y emerge, andando los años, ese doble filo que es el poeta inglés Ted Hughes, en quien parecen confluir la imagen del padre, el marido, el amante, el escritor que la guía, en una especie de descanso, de fin de búsqueda de algo que pueda apaciguarla y protegerla. Tan recompuesta y animosa está Plath, que en un momento opina que no hay escritura de poemas sin precisamente cumplir con esa labor doméstica dedicada y rutinaria; lavar platos, cuidar a los niños, cultivar el jardín, hacer las compras. Los poemas estarían entremedio de todas esas cosas, de ahí vienen. Pero si Ted se porta mal (Plath es celosísima), no tiene inconveniente en convertirlo en su madre, a la que haya culpable de la muerte del padre; su madre es la bruja, la mujer malvada que incluso en sueños (tiene muchas pesadillas horripilantes) ve poseyendo físicamente a Hughes.

Vive pendiente del The New Yorker, que le publica y no le publica, pero eso sí, tiene la conducta ética de pagar por los escritos literarios, con lo que algunas entradas obtiene. Se empeña en los cuentos, los poemas y quiere escribir una novela (que finalmente se titulará La campana de cristal). Le fastidia escribir a mano, precisa el tecleo de la máquina para ver el escrito más espaciado y en orden. Necesita leer sobre botánica y zoología para disponer de palabras con más propiedad. En el avance de los escritos, reflexiona: “Tengo dudas sobre los poemas que estoy escribiendo. Me parecen conmovedores, interesantes, pero me pregunto hasta qué punto son profundos”. Por esa profundidad en falta, Plath pone un ojo en la obra poética de Adrienne Rich, en quien encuentra “sentido filosófico”; a mano tiene a ese notable Robert Lowell, dando clases y recomendándole lecturas, y a quien una entrada anuncia en una cena muy próxima en casa de la Plath, pero que lamentablemente no anota. Algo interesante nos perdimos esa noche. Otra poeta de nota es la aguda y mordaz Anne Sexton, escritora de “Ama de casa”, a quien le sigue la pista de cerca, porque es buena.

Para encauzar toda esa fuerza de meditación y conocimiento, sobre todo de energía psíquica que la desborda en el cotidiano, Plath se entrega a una lectura algo curiosa, la de Santa Teresa de Ávila. La monja representa esa renuncia al cuerpo, la sumisión, la austeridad del camastro, la pared blanca, el silencio, la posesión, la comunicación fuerte, momentos de lectura de alto contraste con la que también puede fantasear y calmarse un poco.

En un momento especula que sus poemas “tratan sobre objetos, no sobre temas, son concretos, acotados”. Si pudiera decirse, añadiría que son versos-David Lynch: en cualquier momento un zoom doméstico o plano de lo cotidiano, amenaza algo inquietante, pavoroso, que hiere hasta la conmoción.

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Se conocía al dedillo por lo que siempre se supo egocéntrica y orgullosa en extremo, con unos deseos que se volvían exigencia de valoración pública, y sentía una envidia inmanejable por otras/os que ganaban premios, becas y reconocimientos. Quería lo mismo para ella, tenía derecho.

Como dice que no pertenecen a ningún sitio porque a ningún lugar se han entregado, con Hughes se van a Inglaterra. Allí publica su libro El coloso y escribe Ariel, tiene a sus hijos Frieda y Nicholas. E hizo lo que pudo con los fantasmas a cuestas. Quedó sola con los hijos porque Hughes se entusiasmó por su cuenta. Hay un cuaderno anotado por Plath del último año, que debió ser duro, y por lo mismo él destruyó.

De pronto la vida de Sylvia Plath siguió ese curso de las cosas que se echan a perder y ni el papel aguanta. Nos queda leerla.