En el número uno de Le Navire d’Argent (El barco de plata), la revista de Adrienne Monnier, un artículo de Valery Larbaud pudo haber sido escrito por Roberto Merino hace cien años. En “Paris de France” decreta el “derecho a la ciudad” aparejado al mismo repertorio de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el que se valida caminando y conociendo la urbe, yendo a los barrios, durmiendo en ellos, escribiendo las novelas y obras literarias in situ.
Larbaud llegó a elaborar un cuestionario con preguntas sobre las calles y puntos de interés cultural que bien respondido te hacía adjudicatario de un “certificado de parisianidad”, la máxima distinción para un citadino. El escritor buscaba terminar con el provincianismo en el propio París, ya que no se iba de un distrito a otro ni en plan ojeo; trataba de combatir la segregación, el desconocimiento del convecino, la soledad sobreviniente cuando has perdido las referencias y los contactos humanos con el que no está tan lejos después de todo.
Es el grado de adhesión que uno observa en el trabajo de Merino, como en este reciente libro Ciudad del olvido (2026), una recopilación de crónicas y textos provenientes de otros lomos y un par de inéditos de interés. El olvido (sustantivo abstracto central en el título) no es sólo la pérdida de algo, un efecto natural del paso del tiempo como se supone, sino también le pertenece en el significado una voluntaria operación de ocultamiento (hablamos de las raíces griegas, por supuesto). En este olvido voluntario, interesado, por tanto, hay fuerzas que lo animan: las finanzas, el mercado, las inmobiliarias, son todo un brazo ejecutor que aquí también se explicita en lo que toca. El otro me parece una de las vertientes de la política que se hizo patente en la agresión a la ciudad en los hechos cuasi revolucionarios de octubre de 2019, y que una opinión irresponsable apoyó como un costo a pagar mientras los fulgores de la pira les inflamaban el rostro: la ciudad de Santiago fue quemada como un papel bajo el fuego del lanzallamas de Montag.
Merino nos convoca a hablar una especie de lengua muerta, a una filología urbana hecha de derrumbes, eriazos, fantasmas, voces en off, cartelería, publicaciones del ramo, retazos de la historia citadina que nos incumbe. La urbe secreta un lenguaje que Merino nos impele a compartir para no quedarse hablando solo, y que él puede silabear en la cuadra, la plaza, la vidriera emplomada. Su trabajo es recomponerla para que sea conversable.
La sorpresa es que me he visto algo involucrado en este libro. Primero, porque me doy cuenta ahora de que Merino es dos años mayor que yo, y, por tanto, hay alguna contigüidad cronológica; segundo, la ciudad de Santiago también la transité y viví en algunos de los tramos temporales y espaciales que propone, y otras razones que no vienen al caso. Es decir, soy parte de la zona de observación, me siento alentado a conversar con el libro, a producir anotaciones al margen que surgen de la lectura, sin ánimo de enmendarle la plana al escrito, sino de diálogo en el entendido de una interacción lograda.
El texto “Cosas de treinta años” es un panorama que entusiasma una retrospectiva del período; se dispone en una función estratégica: dinamiza las épocas, da un aire, un corte de edad como el mío se siente y ve en la escena en tránsito. Comparto el supuesto: la protesta es el gran aglutinador interestratos sociales y hecho decisivo. De primer orden la mención que hace de Solidaridad, que también connota Dónde Están, publicación de la misma Vicaría de la Solidaridad; pregunta fuerte, radical, que trascendió las tapas (además, entroncada bíblicamente) y circuló en la oralidad cotidiana. Además, mencionaría Lonquén, de Máximo Pacheco, una respuesta escalofriante a la pregunta anterior que estremeció. Respecto al tema de la emergencia juvenil y todo lo que el texto describe y valora en los tramos de Jordi Lloret, Ramón Griffero y Alfredo Castro, añado el nombre de Vicente Ruiz, a quien el sólo hecho de divisarlo caminando por la acera norponiente de la Alameda, ya era un agrado por lo que significaba: algo estaba tramando. En efecto, esos oficios y quehaceres produjeron un valor de obra sin parangón, y sobre todo actitud joven desafiante, o por lo menos participativa.
En la crónica “El trauma de la renovación. Sobre el Club Hípico de Santiago”, dos considerandos. Uno: en lo relativo a la mención de Andrés Bello y su gramática, un rastro de la misma se conserva nada menos que en piedra en el frontis de la Escuela de Injeniería de la U. de Chile, en la entrada principal de Beauchef. Dos: el Club Hípico representó algo así como la supervivencia de algunas de las prácticas de la hacienda, dada la proliferación de personal adscrito para que esto funcione: preparador, jinete, cuidador, herrero, talabartero, familias aledañas, etc., todo un conservatorio de costumbres. Si ya no nos asociamos con los estratos populares en la producción y el trabajo, nos queda el inquilinaje del jolgorio, el juego, el momento del gasto mientras seguimos capitalizando. Se dan en la ciudad, podría decirse, resistencias de distinto grado de un orden viejo, autárquicas cuando no herméticas a la evolución de los tiempos, y más que eso, ya desasida su presencia institucional exclusivista, alojadas de pleno derecho en la vida diaria como si se tratara de un mero pasatiempo.
El último texto del libro transita la calle San Isidro y el barrio que conforma, lugares del propio autor. Nace la aquí la experiencia primera de esta sensibilidad citadina, asistida por fantasmas, misterios, hitos urbanos fijados en el globo ocular, callejeras cuncunas gigantes de papel, personas que habitan cercanas y en la lejanía de la memoria. Merino, aquí, busca y encuentra: enraíza su vida familiar y documenta el carácter histórico del barrio remontándose hasta donde puede declarar el documento y la investigación. En este punto no podría dejar de mencionar, en otra fuga de tiempo dispuesta por el propio escrito, la presencia de lo que me parece un ilustre del barrio y la calle San Isidro: Miguel Vicuña, intelectual de primer orden, profesor de filosofía, poeta y ensayista formado en el Pedagógico de la Universidad de Chile y en la Universidad de París I, donde asistió a los seminarios de Derrida, Foucault, etc. Recuerdo coloquios organizados en su casa de San Isidro 75, en los que uno se podía encontrar con Raquel Olea, Manuel Silva Acevedo, Andrés Ajens, Pepe Cuevas, y participar del diálogo. Con Miguel se podía provocar esa conversación densa, filosófica, que con toda naturalidad él remontaba a las raíces griegas y latinas y luego adelantaba a la especulación de punta.
Interesante cuando Merino sale del archivo y aparece un “Tomo un rumbo cualquiera”, “Me interno por Cienfuegos”, Me devuelvo hacia Brasil y vislumbro la plaza”, dejando los papeles por la inspección ocular y dice ¡aló! para preguntar a un vecino. Merino maneja un gran caudal de información: diarios personales de época, memorias, artículos de prensa, revistas, saberes históricos como los de Armando de Ramón, los del folklorólogo Oreste Plath, las crónicas de Joaquín Edwards Bello, y todavía más. Tal vez algunos documentos velados, pienso en ese libro Memorias del tiempo viejo y En familia, de Luis Orrego Luco. Éstos dos esenciales para algunos de los períodos en los que se detiene, a pesar de que por tramos Orrego es insufrible, ya que se regusta demasiado en los propios.
Al referir Merino “la erosión de los signos”, bien puede ser una entrada a retículas muy finas plegadas en el plano, y que podrían convocar algunas de las reflexiones de ese filósofo y sociólogo Henri Lefebvre sobre la ciudad, del todo atingentes a la nuestra: el lenguaje y los estratos de significación, sus modos y estrategias de circulación, el tiempo del trabajo y del gasto, la polución de la charlatanería, los imaginarios barriales o los discursos fundantes de la periferia, grupos sociales en y fuera de la historia, etc., materiales de observación en La vida cotidiana en el mundo moderno, algunos de cuyos estímulos argumentales siguen vigentes o han proyectado nuevas investigaciones. Es central su idea de que en la cotidianeidad se verifica el sentido, se une el significado al significante, operación cotidiana natural en ciertos lapsos de referentes estables, y difícil en otras, como podría ser la nuestra, en el desborde de los significantes que circulan plenos como tales, sin necesitar nada.
Al plano se superpone la cotidianeidad (microrrelatos barriales de un modo de ser) y a ésta la historia. Merino no deja que la ciudad sea sólo el añoro de una maqueta, sino marca lo aborrecible, lo más feo. Así la ocupación de la DINA (y luego su franquicia) en el barrio República en esa metamorfosis horrorosa. Y como todo es tan revuelto a veces, digamos ahí mismo funcionaba el Departamento de Estudios Humanísticos de la U. de Chile (República 475), lugar al menos de conservación cultural en esos años, en que Ronald Kay (bajo la dirección de Cristián Huneeus) editó el número único de la revista Manuscritos en 1975.
A la manera de Enrique Bravo Menadier, aquí en este valioso libro hay una pregunta: quién soy yo / quiénes somos.
Enviando corrección, espere un momento...
