Codelco sigue siendo el principal activo empresarial del Estado y una de las fuentes más relevantes de ingresos fiscales para Chile. Precisamente por ello, su desempeño debería estar sujeto a los más altos estándares de evaluación. La importancia estratégica de una empresa no puede transformarse en una excusa para rebajar la exigencia sobre sus resultados.
Hace más de una década, la estatal enfrentó un desafío ineludible: el agotamiento de sus yacimientos históricos amenazaba su capacidad productiva. La respuesta fue el mayor programa de inversiones de su historia. Los denominados proyectos estructurales fueron presentados como la solución que permitiría sostener la producción y abrir una nueva etapa de crecimiento.
La promesa era ambiciosa. Las proyecciones de la propia compañía contemplaban una producción cercana a los dos millones de toneladas hacia comienzos de esta década. La relevancia de esas proyecciones no es menor. Fueron la base sobre la cual se justificaron decisiones de inversión por decenas de miles de millones de dólares y una duplicación de la deuda financiera de la compañía. Sobre esa expectativa se construyó el respaldo político, financiero e institucional necesario para ejecutar una transformación sin precedentes. Sin embargo, los resultados fueron muy distintos.
Mientras el Plan de Negocios y Desarrollo 2014 proyectaba para 2023 una producción cercana a 1,99 millones de toneladas, la producción efectiva alcanzó apenas 1,42 millones. La brecha supera las 500 mil toneladas anuales, equivalente a la producción de una gran operación minera.
Más aún, Codelco produjo 1,89 millones de toneladas en 2015 y cerca de 1,44 millones en 2025. Después de una década de inversiones récord, la empresa no produce más cobre. Produce menos.
El problema, por tanto, no radica en que los proyectos estructurales hayan sido técnicamente complejos. La minería subterránea de gran escala, la profundización de yacimientos y el desarrollo de nuevas faenas siempre implican riesgos. Lo verdaderamente preocupante es que las proyecciones que sustentaron las decisiones de inversión y endeudamiento del Estado no se cumplieron, y que la organización no fue capaz de reaccionar oportunamente cuando comenzó a quedar en evidencia que las metas comprometidas se alejaban de la realidad.
La discusión sobre retrasos y sobrecostos suele desviar la atención del problema central. Lo relevante no es que existieran dificultades de ejecución, sino que durante años se mantuvo una narrativa de crecimiento que no se materializó, sin que ello derivara en una revisión profunda de las prioridades, de la estrategia de inversiones ni de los mecanismos de gestión.
La deuda financiera de Codelco pasó desde US$13.753 millones en 2014 a más de US$26.000 millones en 2025. Paralelamente, el indicador Deuda Neta/EBITDA aumentó desde 2,3 veces a cerca de 3,8 veces, alcanzando incluso niveles superiores a 4 veces en distintos períodos.
La pregunta entonces no es si la empresa puede endeudarse. Todas las grandes mineras lo hacen. La pregunta es por qué el endeudamiento y las inversiones no generaron los resultados que justificaron su aprobación.
Más preocupante aún es el costo de oportunidad para el país. Mientras competidores globales anuncian nuevas expansiones, incorporan tecnología y fortalecen su competitividad, Codelco enfrenta mayores restricciones financieras y una producción inferior a la prometida. La brecha entre producción proyectada y producción efectiva no es una discusión técnica: son cientos de miles de toneladas que no se produjeron y miles de millones de dólares de valor que Chile dejó de capturar.
La discusión sobre Codelco no debería dividirse entre partidarios y detractores de la empresa estatal. La verdadera discusión es si el mayor programa de inversiones de su historia generó el valor comprometido a los chilenos y si la empresa, en las actuales condiciones, puede seguir siendo una fuente sostenible de ingresos fiscales.
Si no logra revertir su deterioro productivo y financiero, Chile deberá enfrentar una conversación incómoda pero inevitable: qué cambios estructurales requiere Codelco para volver a ser una empresa capaz de crecer, competir y generar valor para el Estado en forma sostenible.
Porque la principal empresa del Estado no puede seguir siendo evaluada por la magnitud de sus inversiones, sino por los resultados que esas inversiones generan. Después de más de una década, la evidencia es reveladora: las proyecciones que justificaron el esfuerzo financiero no se cumplieron, la compañía no corrigió oportunamente el rumbo y los resultados están muy lejos de las promesas que sustentaron la mayor apuesta de inversión de su historia.
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