Un elemento tan desopilante como revelador en las vísperas de las elecciones internas del Frente Amplio es la insólita reaparición del difunto expresidente Sebastián Piñera en el centro del debate partidario. Tal cual lo lee: el espectro del líder de la derecha tradicional se ha transformado en la manzana de la discordia del progresismo gobernante.

La lista opositora, encabezada por la diputada Gael Yeomans, no halló mejor recurso contundente que enrostrarle a la actual presidenta de la colectividad, Constanza Martínez, una supuesta “adhesión al piñerismo”, todo por el imperdonable pecado de haber reconocido en el exmandatario a un actor de convicciones democráticas.

Quizás los cálculos de la trastienda interna presagian una derrota aplastante para la facción impugnadora. Recuerda a los boxeadores que están abajo en las tarjetas al llegar al séptimo round, y lanzan manotazos al aire con la desesperada esperanza de conectar un knockout milagroso que dócilmente intente torcer el destino.

Sin embargo, enarbolar el estigma del “piñerismo” como una acusación infamante no es más que tropezar repetidamente con la misma piedra doctrinaria; es el mismo error infantil que el Frente Amplio prometió haber superado cuando la propia diputada, en una entrevista a un medio de línea editorial de derecha, intenta acercarse tácticamente al Partido Socialista.

Para hacer memoria y no caer en la caricatura conveniente, es necesario recordar lo ocurrido: en el acto solemne del funeral de Estado del expresidente, el propio presidente Gabriel Boric recalcó con nitidez la vocación democrática de Piñera. Y guste o no a la ortodoxia militante, los hechos respaldan esa afirmación.

A lo largo de toda su trayectoria, Sebastián Piñera guardó una distancia inequívoca con el autoritarismo militar, lo que en su momento le valió feroces reproches, sospechas y operaciones de pasillo dentro de su propio sector. Gobernó el país en dos oportunidades no por un golpe de mano, sino porque ganó impecablemente en las urnas.

Peor aún es la amnesia selectiva frente a la prueba de fuego de nuestra historia reciente. En la hora más amarga del estallido social, cuando sobre la mesa presidencial reposaba la tentación facilista y autoritaria de decretar un Estado de Excepción reforzado y responder con la fuerza brutal del Estado, Piñera prefirió encauzar la crisis mediante el acuerdo institucional para una nueva Constitución.

Evitó así un baño de sangre y una escalada impredecible en la crisis de octubre de 2019. Aquel célebre “Acuerdo por la Paz” lo firmaron casi todas las fuerzas políticas; casi todas, con la vergonzosa excepción de Convergencia Social. De hecho, el entonces diputado Boric tuvo que estampillar su firma a título personal, desafiando el dogma sectario de sus propios compañeros. Ese acto de verdadera templanza y madurez política no solo salvó la paz social, sino que fue la piedra angular que pavimentó su propio camino hacia La Moneda.

Como en la Odisea de Homero, donde Odiseo advierte que “infeliz es aquel que olvida el camino recorrido y culpa a los dioses de sus propios yerros”, algunos parecieran condenados a vagar sin rumbo si insisten en renegar de los hitos que consolidaron su propia llegada al poder.

Desde el pragmatismo frío, para Piñera era incomparablemente más cómodo optar por la mano dura y traspasarle la culpa a la izquierda, replicando a ciertos intelectuales de derecha que hasta hoy responsabilizan a Allende y a la Unidad Popular por el Golpe de Estado de 1973. Sin embargo, una auténtica convicción democrática exigía tomar la vía difícil: el camino del diálogo que, paradoja de la historia, terminó encauzando y legitimando al propio Frente Amplio en el ejercicio del poder.

Si este tema reaparece hoy en la contienda interna, debiera ser motivo de una profunda reflexión y alabanza analítica, no una maldición de pacotilla que se desempolva para raspar un par de votos de la militancia más radicalizada e ingrata. La actitud de Odiseo ante el canto de las sirenas es el mejor espejo para esta contienda: hay que atarse al mástil de la razón y no dejarse arrastrar por los alaridos destructivos del purismo identitario.

La reacción comedida y madura de Constanza Martínez no solo la honra e independiza del barro de las pequeñas rencillas, sino que rescata el verdadero legado de Gabriel Boric y su sentido de Estado, demostrado cabalmente en la tragedia del lago Ranco. Pretender manchar esa actitud institucional apelando al fantasma del “enemigo perfecto” no solo demuestra pequeñez política, sino una miopía en quienes aspiran a dirigir el partido más grande de la oposición.