Hay dolores tan profundos que el Estado jamás debería convertirlos en un trámite.

Imaginen a una mujer que soñó durante meses, o incluso años, con ser madre. Que guardó la primera ecografía, que eligió un nombre, que imaginó el color de los ojos de ese hijo y cómo sería el día en que lo tendría entre sus brazos. De pronto, un médico le dice que continuar con ese embarazo significa que probablemente ella morirá.

En ese instante no deja de ser madre. Al contrario, es precisamente porque ama a ese hijo que el alma se le parte en dos. Debe escoger entre su propia vida y la de quien más ha esperado. Es una decisión que nadie debería enfrentar jamás.

Ahora imaginen que, en medio de ese infierno, el Estado le diga: “Antes debe escuchar el corazón de su hijo. Si no lo escucha, no podremos ayudarla”.

Eso es lo que propone el proyecto “Escucha su Corazón”.

No es una muestra de humanidad. Es obligar a una mujer que ya está destrozada a cargar un peso aún mayor. Es transformar el momento más doloroso de su existencia en una prueba impuesta por la ley.

Pensemos también en esa madre que recibe la noticia de que el hijo que espera tiene una condición incompatible con la vida. No hay esperanza médica. Sabe que el embarazo terminará con una despedida antes de un nacimiento. Ese corazón ya late en el suyo para siempre. ¿Qué compasión existe en obligarla a escuchar un sonido que jamás podrá olvidar? No cambiará el diagnóstico. No salvará esa vida. Solo hará más profunda una herida que nunca cicatrizará.

Y pensemos en la mujer o en la niña que quedó embarazada producto de una violación. Ya le arrebataron su tranquilidad, su dignidad y, muchas veces, su infancia. El Estado reconoció esa realidad al establecer una excepción legal. Pero ahora se pretende agregar una nueva carga emocional, como si el sufrimiento vivido no fuera suficiente.

Como si el dolor necesitara una ceremonia obligatoria para ser legítimo.

Quienes defienden este proyecto creen que escuchar un latido puede cambiar una decisión. Yo creo que olvidan algo mucho más importante: ninguna mujer llega a una de las tres causales por comodidad, por frivolidad o por indiferencia. Llega quebrada por circunstancias que jamás eligió. Y cuando el sufrimiento ya ocupa todo el espacio del alma, una ley no tiene derecho a hacerlo todavía más grande.

Las leyes pueden proteger la vida y también pueden proteger la dignidad. Pero cuando una ley deja de acompañar para comenzar a castigar emocionalmente, deja de ser un acto de justicia y pierde de vista a la persona.

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La crueldad de los latidos Martes 21 Julio, 2026 | 10:49

Como padre, como abuelo y como un hombre que ha vivido siete décadas, hay discusiones que jamás habría querido dar. Porque detrás de cada una de estas historias no veo estadísticas, ni consignas, ni ideologías. Veo hijas, veo madres y veo familias atravesadas por un dolor imposible de describir.

Si alguna vez me encontrara frente a una de esas mujeres, no tendría el valor de pedirle explicaciones ni de decirle lo que debe hacer. Mucho menos de obligarla a escuchar el corazón de nadie más que el suyo. Lo único que me nacería sería abrazarla en silencio, con el respeto que merece quien carga una cruz que ninguno de nosotros quisiera llevar. Y después pedirle perdón. Perdón porque, desde la comodidad de un escritorio o de un escaño parlamentario, hubo quienes creyeron que añadir una nueva cuota de sufrimiento era una buena idea.

A mis años, ya canos, he aprendido que la verdadera grandeza de una sociedad no está en juzgar el dolor ajeno, sino en mirarlo con humildad, compasión y humanidad.