Perder el empleo representa un duro golpe para cualquier persona. Sin embargo, el impacto sobre la salud puede comenzar mucho antes del despido. Basta con vivir durante meses bajo el temor de perder el trabajo, sufrir una reducción de ingresos o enfrentar un deterioro de las condiciones laborales para que esa incertidumbre se convierta en una fuente permanente de estrés.

Esta realidad adquiere especial importancia en Chile. La tasa de desocupación nacional llegó a 9,5% durante el trimestre mayo-julio de 2026, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE). A ello se suma una ocupación informal que alcanzó 26,5% en el trimestre enero-marzo, lo que equivale a una proporción significativa de personas expuestas a menores niveles de estabilidad y protección social.

Desde la medicina del trabajo, entendemos la inseguridad laboral como la percepción de que el empleo puede perderse o que podrían empeorar aspectos esenciales, como la remuneración, las funciones, las oportunidades de desarrollo o la continuidad contractual. No es necesario que exista un despido efectivo: cuando la amenaza se percibe como constante, el organismo puede permanecer en estado de alerta.

Con el tiempo, esta tensión puede manifestarse mediante dificultades para dormir y concentrarse, irritabilidad, preocupación excesiva, agotamiento emocional, síntomas ansiosos o depresivos y pérdida de motivación. Sus efectos también alcanzan la vida familiar, las relaciones personales y la capacidad de proyectar decisiones. El deterioro, por tanto, puede comenzar mientras la persona continúa cumpliendo diariamente con su trabajo.

El cuerpo tampoco permanece ajeno. Las cefaleas, la tensión muscular, las molestias digestivas, las alteraciones del apetito y la fatiga persistente son manifestaciones frecuentes del estrés prolongado. Además, la liberación sostenida de cortisol y adrenalina puede favorecer el aumento de la presión arterial, cambios metabólicos e inflamación crónica de bajo grado, factores relacionados con un mayor riesgo cardiovascular.

A esto se agregan conductas que buscan aliviar momentáneamente la tensión, pero pueden agravar el problema: dormir menos, reducir la actividad física, aumentar el consumo de alcohol o tabaco, alimentarse de manera poco saludable o postergar los controles médicos. La inseguridad laboral, entonces, no afecta únicamente el ánimo; puede comprometer progresivamente la salud integral.

Aunque no existe un ranking oficial de los sectores más afectados, el riesgo suele ser mayor en actividades marcadas por la temporalidad, la informalidad, la subcontratación, la estacionalidad y la alta rotación. Estas condiciones están presentes en segmentos del comercio, la construcción, la agricultura, la hotelería, la gastronomía, los servicios tercerizados y el trabajo mediante plataformas. También pueden aparecer en cualquier organización sometida a reestructuraciones, automatización o cambios tecnológicos.

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Las empresas quizá no puedan eliminar toda incertidumbre económica, pero sí evitar que el silencio y la ambigüedad la profundicen. Entregar información oportuna, comunicar los cambios con transparencia, capacitar a las jefaturas, escuchar a los equipos y ofrecer apoyo en salud mental son medidas preventivas concretas.

Cuidar la salud de quienes temen perder su trabajo es dar seguridad psicológica, en donde la claridad, respeto y apoyo estén disponibles, y permitan a las personas prepararse sanamente para eventuales cambios.

Dra. Astrid Stotz Rudolff
Médico y miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET)

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