Cada 16 de septiembre celebramos un triunfo poco común en la historia ambiental: hace casi cuatro décadas, en 1987, la comunidad internacional firmó el Protocolo de Montreal para eliminar los gases que destruían la capa de ozono. Funcionó. El agujero de ozono antártico, que alguna vez pareció una herida permanente sobre el continente blanco y el Cono Sur austral, se está cerrando. Es la prueba de que la humanidad puede actuar coordinadamente frente a una amenaza atmosférica global.
Pero este aniversario del Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono llega en un momento extraño: mientras celebramos esa victoria, una nueva generación de propuestas tecnológicas promete resolver el cambio climático con la lógica de intervención directa sobre la atmósfera. La más discutida se llama “Inyección de Aerosoles Estratosféricos”, o SAI por su sigla en inglés, y conviene mirarla con escepticismo.
El SAI consiste en inyectar partículas reflectantes derivadas de dióxido de azufre en la estratósfera baja, imitando el efecto de enfriamiento que producen las grandes nubes de ceniza que tapan el sol durante las erupciones volcánicas. Es físicamente posible: se puede bajar la temperatura global. Y por eso es peligroso.
Es pensamiento mágico, que un problema profundamente humano, como lo es el sobreconsumo, la dependencia de combustibles fósiles, la acumulación de plásticos y la tendencia que mantenemos de seguir emitiendo gases de efecto invernadero, puede resolverse con una intervención de ingeniería, sin tocar nuestros hábitos.
Pero el SAI no elimina los gases de efecto invernadero de la atmósfera. La literatura científica es clara en este punto: mientras sigamos emitiendo dióxido de carbono, la acidificación oceánica y el aumento de la temperatura del planeta seguirán igual. Por lo tanto, el SAI no es la cura al cambio climático global. A lo sumo, es un paño frío para ganar un poco más de tiempo.
El problema de aplicar el SAI es aún más inquietante: el SAI no es una intervención que se pueda “probar” y abandonar sin costo. Los modelos climáticos muestran que una vez realizada la inyección y sostenida durante algunos años, dejar de hacerla produciría un “shock de interrupción”, un salto de temperatura mucho más severo que el que se buscaba frenar. Es decir, una vez que se empieza, hay que continuar indefinidamente el enfriamiento artificial, o pagar un precio climático mayor al que se buscaba evitar.
Y luego está la pregunta de quién decide. A diferencia del Protocolo de Montreal, que nació de un acuerdo negociado entre naciones, el SAI es una tecnología que un solo actor, un país o incluso un multimillonario con suficiente voluntad y capital, podría desplegar unilateralmente.
Estudios de modelamiento reciente que simulan escenarios con actores no cooperativos muestran resultados indeseables para todas las partes involucradas, precisamente porque nadie controla completamente el sistema climático global una vez que se interviene. Los países que no lo pidieron, es decir, los más pobres y los menos responsables históricamente del calentamiento global, recibirían los efectos secundarios de una decisión tomada sin su consentimiento. No más cielo azul.
Y el punto que más debería importarnos como país: la evidencia científica muestra que el SAI retrasaría en varias décadas el cierre completo del agujero de ozono antártico. Para Chile, y especialmente para Magallanes y Aysén las regiones del planeta más expuestas a este fenómeno, eso significa prolongar años adicionales de mayor radiación UV-B, con todas las consecuencias que eso implica para la salud de la piel, los ojos y los ecosistemas patagónicos.
El Protocolo de Montreal no funcionó por magia tecnológica, sino por algo mucho menos espectacular: ciencia compartida, educación ambiental, transferencia tecnológica entre países desarrollados y en vías de desarrollo, y un marco de cooperación internacional sostenido en el tiempo. No fue un interruptor; fue un cambio de hábito colectivo, institucionalizado durante casi cuatro décadas.
La fe ciega en que una nueva tecnología resolverá lo que la ética y la voluntad política no han logrado resolver es, como mínimo, una ingenuidad peligrosa. El cielo que hoy celebramos no se arregló con un interruptor. Se arregló porque decidimos, juntos, cambiar de hábito.
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