No es nueva la discusión en torno a la primacía y jerarquía entre derechos. ¿Qué es primero? ¿El derecho a la vida de los pobres o a la propiedad? La respuesta a esta pregunta justifica los impuestos que redistribuyen la riqueza para ayudar a los peor situados en la sociedad. Hagamos otro ejercicio. ¿Qué es primero, el derecho a la libertad de expresión o a la veracidad de la información general y a la honra particular?
Es muy difícil legislar entre los derechos en conflicto, pero, al menos en un caso, Occidente parecía haber acordado que el derecho a la vida es el derecho matriz, pues es condición previa y requisito indispensable para el goce y ejercicio de todos los demás derechos.
Llama profundamente la atención que en el marco del debate sobre el proyecto de ley que obliga a la madre a escuchar los latidos del corazón de su hijo antes de abortarlo no prime dicho acuerdo. Probablemente ello se explica porque los análisis se han caracterizado por el imperio de una crítica emotivista y excluyente. Emotivista pues funda su rechazo en el sufrimiento que experimentaría una madre por oír los latidos de su hijo. Excluyente porque considera mayoritariamente la opinión de quienes están de acuerdo con dicha crítica.
Hace falta preguntarse, ¿por qué se excluyen las denuncias de consecuencias post aborto -desde la depresión a intentos de suicidio- de muchas madres? Otro tanto pasa con aquellas que decidieron no abortar, incluso tras una violación. Ni qué decir de sus hijos. Hay un reportaje de la BBC que indaga en sus relatos y que enriquecería enormemente nuestra mirada en el marco de las emociones, las crueldades, los amores y dolores.
Desde otra vereda, si aplicamos los criterios de racionalidad avanzados por la jurisprudencia, el debate estaría zanjado: ante la vida de un niño por nacer, el dolor de su madre es secundario. Ella siempre podrá recuperarse; la vida del niño abortado, no.
En lo que respecta a los latidos del hijo por nacer, el gobierno pasado dictó la norma técnica N°259 que legaliza la asistolia fetal como método abortivo. Se puede aplicar a todo hijo de una madre menor de 14 o mayor de 45 años, aunque ella y su hijo estén en perfecto estado y sin límite de edad gestacional. ¿Aborto libre en Chile? Sí, pero no de cualquier tipo. La técnica no consiste, como en las tres causales, en aspirar al niño del vientre materno antes de cumplidos los tres meses de gestación o de inducir el parto mediante medicamentos dejando al niño morir.
La asistolia inyecta a través del abdomen materno Cloruro de Potasio, Lidocaina o Digoxina directamente en su corazón (hasta los nueve meses) para que deje de latir. En otras palabras, le genera un paro cardiaco. ¿Cuál es la justificación clínica para tamaña crueldad? Que garantiza legalmente que el procedimiento es un aborto y no un parto con resultado de muerte neonatal, pues evita que el niño nazca con signos de vida y la madre lo vea dar sus últimos respiros quizás entre algunos sollozos…
Como sociedad debemos entonces preguntarnos: ¿cuál es el límite para la crueldad cuando lo que intentamos es evitar el dolor?
En suma, el proyecto que obliga a las madres a ser conscientes y a estar informadas antes de abortar es un mínimo frente a la atrocidad que hay tras el aborto (aclaremos que no aplica a quienes se encuentren en situación de riesgo vital). Yo incluso propondría que las madres tuviésemos que enterarnos sobre los métodos a los que someterán a nuestro hijo en gestación.
¿Por qué los abortistas se oponen? Porque se cae a pedazos su constructo ideológico fundado en la falsa premisa de que el niño en el vientre se puede equiparar a un tumor. También se desmorona el absurdo impuesto por los globalistas que promueve el aborto bajo clichés como “salud reproductiva” y “planificación familiar”, transformándolo en un derecho; el derecho de la madre a negarle la vida a su hijo. Para todo cristiano ese es el peor de los castigos. ¿O es que acaso se olvidaron de que Jesús le dice a Judas que lo mejor para él hubiera sido no haber nacido?
En el último Censo el 73,1% de los chilenos se declara cristiano. De ello se sigue que, al menos desde la perspectiva democrática, no resiste el menor análisis que nuestro país haya avanzado, de espaldas al Congreso, hacia el aborto libre. Pero no podemos sorprendernos, el gobierno pasado no era parte del llamado socialismo “democrático”. En consecuencia, pedimos desde esta tribuna al presidente, José Antono Kast, que derogue la norma que introduce el aborto libre y legitima la asistolia, método que nos expone al más cruel de todos los latidos: ese del niño al que se le negó la vida.
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