En las publicaciones de las instituciones diplomáticas ucranianas, incluida la Embajada de Ucrania en Chile, aparecen con frecuencia comentarios sobre los «nazis ucranianos». Muchos no son fruto de un debate espontáneo, sino de campañas de desinformación impulsadas por redes de bots y cuentas falsas vinculadas a la propaganda del Kremlin. Su objetivo es presentar como una supuesta «opinión popular» una narrativa cuidadosamente fabricada.
Sin embargo, estas ideas también son repetidas por personas reales e incluso por algunos columnistas. Pero en muchos casos, no son análisis históricos rigurosos y equilibrados, sino textos de opinión que combinan hechos históricos reales con acontecimientos descontextualizados, afirmaciones discutibles, errores de hecho y narrativas características de la propaganda rusa. Por eso vale la pena responder con hechos.
No voy a negar lo evidente: en Ucrania, como en cualquier democracia, existen individuos y pequeños grupos de extrema derecha. Pero una cosa es la existencia de sectores radicales y otra muy distinta que una ideología extremista sea la base del Estado. La pregunta clave es simple: ¿quién define la política del país?
En Ucrania, el poder cambia mediante elecciones. Los grupos ultraderechistas no controlan el Gobierno, el Parlamento ni las Fuerzas Armadas. El Estado ucraniano no proclama la conquista de países vecinos, no niega el derecho de otros pueblos a existir ni reivindica territorios extranjeros como «tierras históricas».
Entonces surge otra pregunta: ¿por qué el debate sobre el fascismo casi nunca se dirige hacia un Estado cuya política oficial incorpora precisamente esas ideas?
Vladímir Putin ha afirmado repetidamente que rusos y ucranianos son «un solo pueblo». En su ensayo sobre la «unidad histórica» cuestionó la existencia misma de Ucrania como nación independiente. Ese discurso deja de ser una interpretación histórica cuando detrás llegan los tanques. La lógica recuerda inquietantemente a la utilizada por la Alemania nazi antes del Anschluss de Austria y de la ocupación de los Sudetes. Primero se afirma que existe «un solo pueblo». Después se sostiene que las fronteras son una injusticia histórica. Finalmente, la invasión deja de llamarse invasión y pasa a presentarse como una «reunificación», una «liberación» o la recuperación de «tierras históricas».
En la Alemania nazi existía el concepto de Lebensraum: la idea de que Alemania tenía un supuesto derecho histórico y moral a expandirse sobre los territorios de otros pueblos. Hoy el Kremlin habla del «mundo ruso», de la «Rusia histórica» y de la obligación de «recuperar» tierras supuestamente propias. La propaganda rusa sigue el mismo esquema: Ucrania sería un «Estado artificial», una «anti-Rusia» sin historia propia. Negar la existencia de una nación es uno de los mecanismos clásicos de toda ideología imperial. Cambian los términos; la lógica imperial permanece.
Conviene recordar, además, que la Segunda Guerra Mundial no comenzó con Alemania y la Unión Soviética enfrentadas. En agosto de 1939, el pacto Molotov-Ribbentrop permitió a ambos regímenes repartirse Europa del Este y abrió el camino para la invasión y partición de Polonia. Ese episodio suele quedar fuera del relato oficial ruso, que prefiere presentar a la Unión Soviética únicamente como vencedora del nazismo, omitiendo que, al inicio de la guerra, actuó como su socio estratégico.
En febrero de 2022 Rusia lanzó la invasión bajo el argumento de la «desnazificación». Pero la llamada «desnazificación» nunca fue un objetivo militar verificable. Fue un recurso propagandístico destinado a deshumanizar a toda una nación y presentar una guerra de conquista como una supuesta misión moral. En la propaganda rusa, el término «nazi» hace tiempo dejó de describir una ideología. Hoy, con demasiada frecuencia, simplemente significa «ucraniano que rechaza someterse a Rusia».
Si analizamos la política estatal, las similitudes con los modelos fascistas e imperialistas resultan difíciles de ignorar.
Primero, la negación del derecho de otra nación a existir de forma independiente.
Segundo, la expansión territorial bajo el pretexto de proteger a «los suyos».
Tercero, la deshumanización sistemática del vecino, presentado como una amenaza existencial.
Cuarto, el culto al Estado, al líder y a la guerra, donde cuestionar el poder equivale a traición y la guerra deja de ser una decisión política para convertirse en un deber moral.
Y quinto, la glorificación permanente del militarismo. La historia demuestra que cuando un Estado convierte la guerra en el centro de su identidad nacional, deja de recordar el pasado para empezar a justificar nuevas guerras.
En Rusia, la victoria sobre el nazismo ha dejado de ser únicamente un homenaje a quienes derrotaron al Tercer Reich. Se ha convertido en una auténtica religión política. Cada 9 de mayo, la memoria de la Segunda Guerra Mundial se transforma en una demostración de fuerza militar y en un instrumento para legitimar nuevas agresiones. La historia deja de servir para evitar otra guerra y pasa a utilizarse para justificar la siguiente.
Los hechos hablan por sí solos. Rusia inició una guerra de agresión, ocupa territorios ucranianos, declaró ilegalmente su anexión y ataca sistemáticamente ciudades, hospitales, escuelas y sitios del patrimonio cultural de la humanidad. Quizá ningún hecho refleje mejor esa contradicción que el ataque ruso contra la Catedral de la Dormición de la Lavra de las Cuevas de Kyiv en junio de 2026. Si el Kremlin asegura que viene a proteger una «historia común», ¿cómo explicar que destruya uno de los lugares más sagrados y emblemáticos de esa misma historia?
Ucrania no es un país perfecto. Al igual que otros países, tiene corrupción, polarización política y también grupos radicales. Pero esos grupos no determinan la política del Estado.
En Rusia ocurre lo contrario. La visión imperial, el militarismo, el culto al líder y la negación del derecho de Ucrania a existir forman parte del discurso oficial del poder. Por eso, cuando alguien habla de los «nazis ucranianos», conviene plantear otra pregunta: ¿Está dispuesto a debatir sobre una ideología estatal que niega la existencia de la nación ucraniana, reivindica territorios ajenos, justifica una guerra mediante mitos históricos, persigue la disidencia, deshumaniza a otro pueblo y convierte la expansión imperial en política de Estado?
Las democracias pueden tener extremistas. Lo que las distingue es que esos extremistas no gobiernan el Estado. El verdadero peligro comienza cuando el extremismo deja de ser marginal y se convierte en doctrina oficial del poder. Eso es precisamente lo que ha ocurrido en la Rusia de Vladímir Putin.
Existe un conocido proverbio ruso: «Кто как обзывается, тот так и называется» («Quien llama a otros de una manera, termina describiéndose a sí mismo»). Paradójicamente, fue el propio Vladímir Putin quien lo citó en 2021. Cinco años después, esa frase parece describir mejor al régimen que él mismo ha construido que al país al que decidió invadir.
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