Este año conmemoramos el centenario de la coronación de la Virgen del Carmen como Reina y Madre de Chile, acontecimiento ocurrido el 19 de diciembre de 1926.
Aquel hecho constituyó una expresión de fe y devoción que testimonió el profundo vínculo de nuestro pueblo con la maternidad espiritual de la Virgen del Carmen, arraigada desde la evangelización de nuestras tierras y presente desde los albores de nuestra vida independiente.
Pensar en la Virgen del Carmen nos conecta no solo con la historia de nuestro país, sino también con la fe que mueve los corazones y con tradiciones que han trascendido generaciones. Podemos afirmar que la devoción a la Virgen del Carmen manifiesta una verdadera conectividad espiritual de Chile. Desde pequeños poblados hasta grandes ciudades, los fieles vuelven su mirada a la Carmelita para renovar sus promesas y fortalecer su fe.
La Tirana, Quilimarí, el Santuario Nacional de Maipú, El Carmen de Linares, el templo de San Agustín en Concepción, Chiloé, Coyhaique y tantas otras comunidades dan testimonio, de norte a sur, de esta profunda tradición de fe.
La presencia de María en la historia de Chile refleja con especial luminosidad las palabras de Jesús: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”; y luego al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27). Los santuarios marianos dan cuenta de esta relación maternal entre la Virgen y sus peregrinos. Contemplar sus rostros, sus ofrendas y sacrificios, escuchar sus ruegos y acciones de gracias, permite acercarse a la fe de los más sencillos.
Ellos, quienes, en tantas ocasiones a lo largo de la historia, al no encontrar respuesta inmediata a sus necesidades y sufrimientos, han buscado refugio, consuelo y esperanza en el Señor y en la Virgen María, especialmente bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen.
En el marco de esta conmemoración cobran especial fuerza las palabras del Papa Francisco al valorar la piedad mariana manifestada en La Tirana. Como recordó el Santo Padre, citando a san Pablo VI en Evangelii nuntiandi:
“No es una fiesta que queda encerrada dentro del templo, sino que ustedes logran vestir a todo el poblado de fiesta. Ustedes saben celebrar cantando y danzando la paternidad, la providencia y la presencia amorosa y constante de Dios. Así llegan a engendrar actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás y devoción”.
Y añadía en Iquique, en 2018: “Cobran vida las palabras del profeta Isaías: ‘Entonces el desierto será un vergel y el vergel parecerá un bosque’ (Is 32,15). Esta tierra, abrazada por el desierto más seco del mundo, logra vestirse de fiesta”.
Conmemorar este centenario nos permite renovar la convicción de que la Virgen María ha acompañado los dolores, las esperanzas y los desafíos del pueblo chileno.
Cien años después de su coronación, más allá de los cambios culturales y sociales que hemos experimentado, nos invita a volver la mirada hacia nuestras raíces y a reconocer que los pueblos que conservan viva su memoria de fe, la cultivan y la transmiten, encuentran siempre nuevas razones para fortalecer su esperanza y seguir soñando con un país donde, como reza la oración a la Virgen del Carmen por Chile, “cada uno tenga pan, respeto y alegría”.
“Virgen del Carmen, Reina de Chile, salva a tu pueblo que clama a ti”.
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