Cultivando ese vital sentimiento que es la amistad, suelo compartir un café con excompañeros de colegio. Ya en la séptima década, hemos llegado a la conclusión de que quienes estamos vivos —porque algunos han dejado recientemente una silla vacía y la borra aún tibia en la taza— hemos tenido la suerte de apreciar acontecimientos que han generado cambios profundos; desde la llegada del hombre a la Luna hasta el uso de la inteligencia artificial. Nuestra relación tiempo-espacio ha cambiado radicalmente y somos conscientes de ser unos privilegiados.
En esos encuentros en los que hacemos y rehacemos el mundo, un amigo reflexionaba acerca de la época actual: “Nunca habíamos contado con tanta facilidad para desplazarnos, comunicarnos y relacionarnos y, sin embargo, millones de personas viven con una sensación de soledad, carentes de afecto y hasta de sentido” —decía. “Este fenómeno se hace más visible en la vejez, cuando existen pocos espacios de encuentro, se modifican las relaciones familiares y muchos deben reconstruir el sentido de su vida cotidiana” —replicaba otro amigo, un exprofesor de psicología— con la autoridad de su trayectoria.
La conversación giró en torno a ese punto, y luego concluimos que este no es un problema inherente a los ancianos y que, más allá de la sensación de soledad, lo preocupante es el aislamiento.
El aislamiento de los viejos
Nuestros abuelos aceptaban con cierta serenidad la disminución de su vitalidad y su alejamiento paulatino de la vida social. Se pensaba que el envejecimiento era sinónimo de retiro. El anciano, aunque a menudo junto a sus seres queridos, se iba aislando de su entorno. Todos recordamos sus largos silencios, interrumpidos por el crujir de una mecedora o el de una tos intempestiva.
Hoy, los viejos gozan de una mejor salud física y mental, son más independientes y válidos. La jubilación, que antes era percibida como el final de la vida productiva, se convierte a veces en el comienzo de otras etapas. Liberados de las obligaciones profesionales, descubren intereses que habían postergado y nacen nuevas amistades, no menos profundas y duraderas que las de otrora.
Envejecer no significa aislarse, ya que se puede participar en la sociedad de forma distinta, provisto de la memoria que se conserva, del conocimiento y la experiencia adquiridos, y con la perspectiva que el tiempo otorga. Envejecer con amigos no es evitar el paso del tiempo, sino recorrerlo acompañado. Tener con quienes recordar, reír, compartir las preocupaciones y sueños que aún permanecen intactos. Porque mientras podamos establecer vínculos afectivos, la vida mantiene una parte esencial de su significado.
Los viejos saben que las cosas materiales son prestadas y cambian de dueño, que no vale la pena perseguir resultados efímeros ni exponerse ante luminarias, que los cargos terminan y los éxitos se olvidan. Lo que permanece en el tiempo son las conversaciones, la mano tendida, las penas escuchadas, las risas y el canto, y la certeza de que siempre es tiempo de cultivar la amistad.
Correspondería a la sociedad adaptarse a esta nueva situación de presencia activa de los ancianos, la que impacta y modifica las relaciones sociales. Hay nuevas políticas públicas por implementar y cambios culturales que promover urgentemente. El diálogo intergeneracional puede ser más beneficioso que el político que tan poco funciona en sociedades crispadas ideológicamente, como la nuestra.
Entre el cielo y el silencio
Mientras hablábamos de la soledad, me acordé de una canción de Belarmino Sánchez, cuyo título y temática reaparecen después en la novela de Nicolás Mihovilovic, “Entre el cielo y el silencio”. Esta narra la vida solitaria del ovejero de la Patagonia, ese “caminante sin camino” que “solo va, entre el cielo y el silencio”. Entonces, platicamos acerca de la soledad en términos distintos, valorizando sus espacios, para diferenciarla del aislamiento.
Mientras la primera representa una falta de compañía, un sentimiento o emoción personal, el aislamiento es la ausencia de contacto o de redes de apoyo, un hecho tangible, una enfermedad social. Lo diferenciador es la ausencia voluntaria de vínculo en la soledad, y el abandono total en el caso del aislamiento.
Hannah Arendt diferenciaba la soledad del aislamiento. La soledad permite el diálogo consigo mismo, condición indispensable para pensar y ejercer la libertad. El aislamiento rompe los vínculos y empobrece las relaciones humanas. Cuando ese aislamiento se transforma en desolación —esa sensación de no pertenecer a ningún mundo compartido—, la persona es más vulnerable.
Así pues, cuando las conversaciones se vuelven escasas y el silencio comienza a ocupar el espacio que antes pertenecía al afecto y la persona entra en una forma de pobreza emocional que deteriora lentamente su salud física y psicológica, ya no hablamos de soledad, sino de aislamiento.
El aislamiento de los jóvenes
Hoy se establecen muchísimos contactos virtuales, pero es difícil construir amistades duraderas. Las redes sociales multiplican vínculos superficiales, pero disminuyen las posibilidades de encuentros. Permanentemente conectados a todo y con todos, nos encontramos emocionalmente distantes. Los mensajes son cortos y prácticos, sin las sutilezas del lenguaje. En las redes se suele exhibir impúdicamente la vida personal, pero se comparte poco y se piensa menos.
Nunca hemos estado tan interconectados y, al mismo tiempo, tan expuestos al aislamiento. Observar algunos comportamientos de los adolescentes puede hasta resultar patético: separados en los recreos o en la calle, sin hablarse ni mirarse, pendientes de la pantalla, a menudo sonriendo solos.
El aislamiento afecta la salud física, aumenta el riesgo de enfermedades, el deterioro cognitivo, la ansiedad, la depresión… y termina siendo una forma silenciosa de sufrimiento y una gangrena social.
Refiriéndose a la generación entre 18 y 29 años, en su reciente ensayo “Malaise dans la génération Z“(Gallimard 2026), el filósofo francés Pierre Valentin señala: “En ausencia de proyectos de futuro solo les queda sobrevivir. En el mejor de los casos, dentro de un pequeño grupo; a menudo, solos. El aislamiento es el factor principal de los problemas. 71% de estos jóvenes afirman sufrir”.
Cuando diversos estudios recientes muestran que más del 50% de los jóvenes estadounidenses han pensado en el suicidio, el drama se torna escalofriante y la responsabilidad de las empresas que lucran con el fenómeno es inmensa.
La amistad es un ungüento
Nuestra sociedad ha hecho del individualismo su pilar esencial. Poco a poco hemos ido perdiendo los espacios sociales que generaban confianza, diálogo, amistad y sentido de pertenencia. Clubes deportivos, organizaciones comunitarias, agrupaciones culturales, iglesias, sindicatos, partidos políticos… ya no cumplen una función de integración social.
Disponemos de la tecnología para expresar emociones y opiniones, pero hemos olvidado la escucha y, sin ella, no hay intercambio posible ni comunidad. De nada sirven los miles de contactos almacenados en el celular si no tenemos a quién llamar cuando lo necesitamos.
Con la sabiduría que se adquiere con el tiempo, sabemos que los bienes materiales cambian de dueño, los cargos terminan, los éxitos son efímeros y las ambiciones terminan por desvanecerse. Quedan las conversaciones, las manos tendidas, las risas y la certeza de que nunca es demasiado tarde para cultivar la amistad. “Permanecer y transcurrir no es perdurar, no es existir ni honrar la vida” —dice la célebre canción de Eladia Blázquez—. Probablemente, la amistad no prolonga la vida, pero le otorga profundidad, sentido y humanidad; lo que es una forma de honrarla.
Quizá el desafío del presente no consista en inventar nuevas formas de comunicación, sino en recuperar la belleza de la relación presencial. Porque la conversación y el encuentro siguen siendo los mejores antídotos contra ese aislamiento que avanza sin hacer ruido, pero que termina por erosionar aquello que nos hace seres humanos. En este escenario, la amistad deja de ser un simple complemento de la existencia para convertirse en una necesidad absoluta.
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