Sin la música, una sociedad sería como un paisaje sin colores, un cuerpo sin latidos, una masa que camina en silencio hacia la muerte. Porque la vida entera está acompañada de sonidos, melodías, armonías que comulgan con la naturaleza. Cantamos para celebrar un nacimiento, alentar a un equipo, marchar por las calles, al enamorarnos, elevar una plegaria o despedir a nuestros muertos. Del naufragio del lenguaje, una canción es perfectamente capaz de rescatarnos.
Entre todas las artes, me inclino por la música. Tal vez este gusto se remonte al mismo vientre materno. Desde que tengo uso de razón, escuché cantar a mi madre melodías que aún recuerdo y que me siguen acunando en más de alguna tarde de invierno, como estas de julio, cuando se me aparece de improviso para abrigar mi nostalgia y acariciarme el alma con su canto.
Como muchos adolescentes de mi generación, comencé a rasguear la guitarra con más empeño que talento. Hace más de medio siglo que guardo esa amante de amaneceres y, cuando los corazones se embriagan en jolgorio, mis dedos torpes se atreven a acompañar viejas canciones entonadas entre amigos.
La música marca la historia
Dicen que la historia de la humanidad podría explicarse a través de la música, y hay investigadores que se han aventurado en esta tarea. Sabemos que los estilos, ritmos y armonías evolucionan junto con la cultura, la tecnología y la manera en que los crean y perciben músicos y audiencias. Así, podríamos afirmar que la música no solo acompaña la historia, sino que también la refleja, la preserva y, en ocasiones, la anticipa; razón por la que puede compararse con un manual que explica sus distintas etapas a través de los ruidos.
Con instrumentos de hueso, piedra o madera, los sonidos de la música prehistórica estaban destinados a los rituales y a la caza. Luego, nuestros ancestros cantaron durante la siembra y la cosecha, para agradecer o implorar a los dioses de la lluvia y del sol, o a las estrellas que guiaban sus pasos.
En la antigua Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma, la música acompañaba las celebraciones, la vida pública y la religión. Aparecieron instrumentos como el arpa, el laúd, las trompetas y las flautas. Después, durante más de mil años, predominó el canto divino, mientras trovadores y juglares rondaban por los palacios con sus sones.
A partir del Renacimiento, aparecieron formas musicales de mayor complejidad, como el barroco, el clasicismo y el romanticismo, junto con la ópera, la orquesta y la incorporación de otros instrumentos. Las armonías se complejizaron y luego se “extraviaron” en el dodecafonismo contemporáneo.
En los siglos XX y XXI, junto con el desarrollo de las grandes ciudades, géneros como el jazz, el tango, el rock, la salsa, la música electrónica y la urbana fueron marcando los ritmos.
La música es vida
Más que un entretenimiento, la música ha demostrado ser una forma de ensalzar la vida, preservar la memoria colectiva, unir multitudes y resistir a la opresión de los déspotas.
Fue en homenaje a la Revolución Francesa que Beethoven escribió su tercera sinfonía, la famosa Heroica, y su quinta, la del popular “ta-ta-ta-tan” —sonido que corresponde a los tres puntos y una raya de la letra V del alfabeto Morse— fue usada como símbolo de victoria por parte de ingleses y franceses durante la Segunda Guerra Mundial.
Óperas famosas han cuestionado el absolutismo y la nobleza, defendido principios y denunciado dictaduras mediante libretos subversivos y nacionalistas. El barbero de Sevilla, de Rossini, es una sátira sobre los privilegios de la aristocracia; Guillermo Tell, del mismo autor, denuncia la ocupación de Suiza, reivindicando el derecho a rebelarse; el Canto de los esclavos “Va, pensiero”, de la ópera Nabucco, de Verdi, se transformó en el himno de la unificación italiana, antes de ser recuperado por una extrema derecha francesa impostora.
¿Qué mejor divisa de resistencia que esas hermosas melodías afroreligiosas cantadas por los esclavos en las plantaciones de Virginia, Georgia o Alabama, conocidas como “Negro Spiritual”? Y el jazz fue una expresión de libertad: rompió esquemas armónicos y convirtió la improvisación en su sello distintivo, reflejo de la creatividad y la libre expresión, interpretado por negros y blancos, unidos en la escena. La salsa neoyorquina es una forma de visibilizar a los latinos en una cultura dominante adversa.
Como una suerte de opio, la música docta de algunos compositores, escuchada apasionadamente por disidentes de las dictaduras comunistas europeas, era evasión, olvido, resistencia y sobrevivencia. No me lo contaron ni lo leí en un periódico, sino que lo vi, y también vi cómo nuestra música popular permitió conservar la memoria, infundir coraje, sobrevivir y mantener la esperanza durante la dictadura. Gracias a Manns y los Parra, los Quila, Inti Illimani, Barroco Andino, el cura Gumucio, Violeta Zúñiga y su “cueca sola” bailada con un fantasma de esperanza en un Estadio Nacional en lágrimas; y a nuestros vecinos valientes de idénticos sufrimientos: la negra Sosa, Isella, Walsh, Heredia…junto a Caetano Veloso, Gilberto Gil, Chico Buarque, Zitarrosa, El Sabalero…
La música es mucho más
En su sorprendente libro “Ruidos: Ensayo sobre la economía política de la música”, el pensador Jacques Attali analiza la historia de la humanidad a través de una doble función de la música: reflejo del pasado e indicador de los cambios futuros. Para el autor, esta no solo interpreta la sociedad, sino que también anticipa sus transformaciones. La tesis del célebre economista, filósofo, exconsejero presidencial y director de orquesta es el carácter profético de la música. “Antes de que los cambios profundos se produzcan en la sociedad, suelen aparecer voces musicales que los anuncian” —nos dice—. Lo que ejemplifica con el jazz y el dinamismo de la libertad e improvisación, el rock como anunciador de una nueva generación hostil a la guerra, el hip hop de los barrios marginales que dio voz a jóvenes excluidos para hablar de desigualdad, discriminación o violencia policial.
Siendo un factor de resiliencia, la música actúa como nexo emocional entre las personas, reduce el aislamiento y el estrés y estimula la producción de endorfinas. En el plano psicológico, sus beneficios son evidentes en el estado de ánimo, la disminución de la sensación de dolor y el procesamiento cerebral de emociones. De ahí su uso clínico en diversos estímulos y tratamientos de enfermedades.
Hay obras musicales que confieren identidad. La incorporación de ritmos y danzas populares a la música docta de Bartok, Dvořák, Stravisnsky… o de Pedro Humberto Allende o Luis Advis en nuestro país, es un buen ejemplo. Quien no conoce el tango y sus raíces, difícilmente podrá comprender la Argentina en plenitud, y para quienes deseen informarse acerca de la Patagonia, el Canto a Magallanes (M. Palma, J. Palma y F. Ferrer, 1976) constituye una de las mejores expresiones de su identidad y su historia.
El canto en común une a generaciones y rompe barreras sociales, permitiendo expresar alegría, dolores, esperanza… sentimientos a veces difíciles de exteriorizar con palabras. Una multitud que entona un cántico puede reflejar por sí sola una identidad colectiva, y nuestra Canción Nacional, cantada en estadios y eventos, es una prueba irrefutable.
Así pues, la bella e indispensable música es un arte que trasciende lo estético. Es vida y memoria, unión, identidad, esperanza y terapia; un puente ancho y virtuoso entre los seres humanos.
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