La política chilena actual se ha transformado en un campo de batalla donde la victoria se mide a través de la derrota total del adversario, mutando el debate público en un partido de fútbol donde la lealtad ciega al equipo reemplaza la responsabilidad por el futuro del país.

Hemos caído en la trampa de la polarización afectiva, un escenario diseñado para exacerbar las diferencias porque la crispación vende emoción, mientras que la estabilidad, lamentablemente, carece de un mercado electoral atractivo. Esta lógica pendular, que nos hace oscilar entre modelos contrapuestos sin encontrar jamás un equilibrio duradero, nos condena a una parálisis que la ciudadanía siempre termina sufriendo.

Para entender el error de nuestro método, basta observar el funcionamiento de una familia funcional. En un hogar, las diferencias entre sus miembros no se resuelven mediante el aniquilamiento del otro, sino a través de la negociación cotidiana y el reconocimiento de que todos habitan un mismo espacio vital que debe ser preservado. Nadie en su sano juicio quemaría la casa propia solo porque no le gusta el color de una cortina elegida por su hermano.

Esta misma analogía aplica a la convivencia de un perro y un gato bajo un mismo techo, aunque tengan instintos, naturalezas y ritmos distintos, pueden cohabitar sin pelear constantemente. El éxito de su convivencia no radica en que el perro se convierta en gato, sino en el respeto mutuo por los espacios del otro y en la comprensión de que, ante una amenaza externa o una tormenta, ambos necesitan el refugio común. En Chile, hemos olvidado que, a pesar de nuestras divergencias, compartimos el mismo techo.

Esta miopía ha sido advertida por diversas voces del pensamiento político. Filósofos como Hannah Arendt subrayaron en su obra que la política es, en su esencia, el ejercicio de la acción conjunta; cuando se pierde la capacidad de pluralidad (es decir, la capacidad de entender que el otro también posee una verdad parcial), se pierde el mundo común. De igual manera, el politólogo Robert Putnam ha documentado cómo el tejido social se desgarra cuando dejamos de participar en espacios de “vínculo” (puentes entre grupos diversos) para refugiarnos únicamente en los de “cierre” (refuerzos internos de una misma identidad). La lógica partidaria chilena parece ignorar deliberadamente que la democracia, lejos de ser un campo de guerra, es el arte de convivir con el desacuerdo, no de eliminarlo.

Un ejemplo elocuente de este atrincheramiento es el debate sobre la seguridad pública se ha fragmentado entre quienes exigen una respuesta exclusivamente punitiva y quienes la reducen a un enfoque meramente preventivo, perdiendo de vista que ambos planos son complementarios y necesarios para una estrategia de Estado robusta. En este juego de suma cero, las élites políticas se han acostumbrado a habitar gabinetes de trinchera, priorizando el refuerzo de su propia identidad ante un electorado que es constantemente bombardeado por discursos que llaman a la confrontación.

Es imperativo que salgamos de la comodidad de la vereda propia. Existen múltiples puntos de cruce donde las mejores ideas de distintas posturas podrían conversar para construir soluciones reales. No estamos condenados a este antagonismo perpetuo. Chile no necesita más guerreros dispuestos a perpetuar rencores históricos, ni más estrategas del conflicto que encuentran rentabilidad en la división.

Lo que Chile requiere con urgencia es una fraternidad responsable; esa capacidad madura de reconocer al otro como un legítimo integrante del proyecto nacional, sin el afán de mantener viejas heridas sociales ni la ambición destructiva de generar otras nuevas. Al final del día, el bienestar de nuestros compatriotas depende de nuestra capacidad para dejar de vernos como rivales en una cancha y comenzar a reconocernos como cohabitantes de una misma casa que, ahora más que nunca, nos necesita a todos.

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El juego del palitroque Martes 07 Julio, 2026 | 15:38

A propósito de la elite política, me viene a la mente una advertencia necesaria en Mateo 7:15-16: Ten cuidado de los falsos profetas que vienen disfrazados de ovejas inofensivas. Pero en realidad son lobos feroces. Puedes identificarlos por su fruto, es decir, por la manera en que se comportan.

Esto es algo a lo que deberíamos prestar bastante atención, muchos actores políticos se presentan hoy con el discurso de la rectitud, pero sus acciones (esos frutos de división y estancamiento) demuestran una realidad distinta. Si la cosecha de este modelo es el rencor y la parálisis, es evidente que debemos dejar de seguir a quienes han hecho del conflicto su única forma de existencia.