Todos los chilenos sabemos que la educación pública vive la peor crisis de su historia y que parece que ninguna autoridad es capaz de subsanarla. Pero no es cuestión de lamentarse, sino de buscar soluciones realistas y eso supone un diagnóstico completamente adecuado a la realidad.

¿Por qué lo que ocurre en la educación pública no ocurre en la educación privada o subvencionada? Las respuestas son sin embargo simples, en primer lugar, porque todo lo que es gratis se degrada, pero en nuestro caso hay una razón mucho más de fondo: la educación pública recibe a muchos alumnos sin formación y eso es obviamente algo fatal.

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¿Qué es la formación? La formación es la etapa en que un niño recibe y asimila los códigos sociales, o sea las normas de disciplina y de comportamiento que son como las llaves para ingresar en la sociedad de la que será parte.

Cuando esa etapa falta, lo que llega al colegio es lo que vemos: un rebelde sin causa cuyo proyecto es solo de causar daño y de suspender clases al punto de trasformar liceos históricamente famosos en pequeños campos de batalla en los que ocurre de todo menos una enseñanza de calidad. Los alumnos que destrozan sus colegios son, sin duda, niños y niñas sin formación.

Ahora bien, ¿quién es responsable de entregarle a un niño los códigos sociales que conforman su formación? La respuesta es: sus padres o sus apoderados. Pero ocurre que hace mucho tiempo que abunda el niño sin familia responsable, sin padre que lo guíe, sin alguien que haga la tarea de tal, por tanto, el niño entra a la sociedad sin orientaciones y destinado a la eterna segregación.

El mal viene de lejos en Chile, hace mucho tiempo que el propio Estado ha colaborado eficazmente en la destrucción de la familia y por eso abundan cada vez más los hijos sin familia y sin guía que les permitiera integrarse a la sociedad en igualdad de condiciones con los niños que han tenido todo ese proceso formativo.

De esa manera la educación pública es como el arquitecto que pretende construir el segundo piso de una casa antes de que exista el primero y que naturalmente solo puede lograr un derrumbe.

Es curioso ver en la historia como ese problema de la formación del niño lo han abordado otras civilizaciones de mejor criterio que la nuestra. En la antigua Grecia, el niño iba primero al gimnasio donde se le formaba física, moral y conductualmente. Lo curioso es que esa educación del gimnasio era la única de la que se hacía cargo el Estado, lo que seguía a esto, la educación entendida como aprendizaje de conocimientos, era posterior, no se preocupaba de ella el Estado y se lograba a través de maestros privados y filósofos ambulantes.

Esa preocupación por la etapa formativa es la misma que existió en Roma y la misma que existió incluso en el oscurantismo de la Edad Media. Es que no se puede educar si primero no se ha formado, y mientras eso no ocurra la educación chilena seguirá siendo un desastre.

A ese proceso formativo los griegos lo llamaron paideia, término difícil de traducir al castellano, pero que alude a la educación entendida como un proceso que comienza en la primera infancia mediante la inculcación de normas, valores y códigos sociales.

Sin embargo, los objetivos de esa formación no coinciden con los que perseguimos en la actualidad. En Atenas, la meta era formar al ciudadano ideal, dedicado principalmente a los asuntos públicos, hasta el punto de quedar eximido del trabajo productivo, que recaía en los esclavos y las mujeres. En Esparta, en cambio, el objetivo era forjar al soldado perfecto, educado en la dureza de la vida y en la disciplina del combate. En ambos casos, el Estado otorgaba una importancia fundamental a la etapa formativa y, en muchas ocasiones, asumía directamente la responsabilidad de la crianza y educación de los niños.

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Así pues, la tarea de los futuros gobiernos chilenos será titánica, pues tendrán que hacerse cargo de la estabilidad de las familias, de la disciplina del niño y finalmente del deseo de ser parte de una sociedad que lo espera como ciudadano responsable y útil para él y a la sociedad.

Una de las célebres frases de Oscar Wilde para criticar a la sociedad de su época fue: “Todo los incapaces de aprender se han dedicado a enseñar”. Y aquí en Chile podríamos retornar al tiempo wildiano para calificar lo que ocurre en la educación pública y gratuita chilena.