La inteligencia artificial ha ingresado en nuestras vidas envuelta en una promesa difícil de resistir. Hacer más, hacerlo mejor y conseguirlo en menos tiempo. Escribe, resume, compara, calcula, traduce, programa, proyecta escenarios, ordena información, prepara reuniones, responde correos y convierte unas pocas instrucciones en productos intelectuales que hasta hace muy poco demandaban horas de trabajo, tolerancia al error y niveles de conocimiento especializado. Una oferta tan irresitible como devastadora si el usuario carece del criterio y la formación para saber cómo construir un promt eficiente (orden o instrucción a la IA) y cómo evaluar la información recibida.
Cuando ganar tiempo puede salir muy caro
La expansión de la inteligencia artificial incuba una transformación bastante más profunda que la incorporación de otra herramienta tecnológica del mundo que se consolidó con la digitalización e internet masivas. Estamos introduciendo una infraestructura capaz de intervenir directamente en operaciones que durante siglos estuvieron asociadas al desarrollo de la autonomía intelectual humana. Pensar, escribir, interpretar, relacionar antecedentes, elaborar hipótesis, resolver problemas y tomar decisiones comienzan a convertirse también en actividades delegables.
La comodidad posee una antropología propia. Cada capacidad humana que dejamos sistemáticamente de ejercitar modifica nuestra relación con esa facultad. Ocurrió con la memoria telefónica después de la agenda digital, con la orientación espacial después del GPS y con determinadas operaciones matemáticas después de la calculadora. La diferencia de escala resulta ahora gigantesca. Una inteligencia artificial generativa puede asumir cadenas completas de razonamiento y entregar un producto terminado con una calidad formal sorprendente.
El fenómeno merece una discusión bastante más incómoda que aquella concentrada exclusivamente en productividad, empleos reemplazados o velocidad de procesamiento. La pregunta relevante apunta hacia nosotros mismos y qué clase de personas comenzamos a producir cuando pensar también puede externalizarse.
El gran inconveniente de pensar, porque cansa y demora
Aprender siempre ha exigido atravesar alguna forma de dificultad (no lo sabrán los músicos de formación docta aprendiendo un instrumento, o un artista volcado al desarrollo de una técnica específica, cualquiera sea su disciplina creativa). Comprender demanda tiempo. Leer obliga a mantener atención. Escribir fuerza a ordenar intuiciones todavía confusas. Resolver un problema requiere convivir durante cierto período con la frustración de ignorar su respuesta. Esa resistencia constituye parte fundamental del aprendizaje.
La psicología cognitiva ha estudiado ampliamente el cognitive offloading, aquella tendencia humana de transferir hacia soportes externos ciertas operaciones mentales. Escribimos una lista para liberar memoria, anotamos una dirección, utilizamos una agenda, recurrimos a mapas o calculadoras. Cada tecnología cognitiva reorganiza parcialmente aquello que necesitamos recordar y las destrezas que debemos conservar.
La inteligencia artificial introduce un salto cualitativo ágil y no carente de riesgos, porque permite externalizar procesos intelectuales completos. Podemos entregarle veinte documentos y pedir una conclusión, describir un problema empresarial y solicitar una estrategia, introducir información dispersa y obtener una hipótesis, pedir argumentos favorables y adversos acerca de una controversia o solicitar incluso que determine cuál parece más convincente. Y todo en breves segundos, por lo que la tentación resulta evidente.
Cuando la respuesta aparece en ese breve lapso, dedicar dos horas a construirla comienza a parecer ineficiente. Cuando un resumen entrega las ideas centrales de un libro, atravesar cuatrocientas páginas parece excesivo, lo mismo que cuando una aplicación redacta impecablemente, esforzarse durante una tarde en encontrar la frase adecuada adquiere el aspecto de una extravagancia artesanal. Ese es el comienzo la descapitalización cognitiva.
Cada pequeña delegación parece irrelevante, porque su acumulación puede producir algo mucho mayor. Una generación acostumbrada a recibir estructuras argumentales previamente organizadas corre el riesgo de desarrollar menor tolerancia frente a la incertidumbre, la dificultad intelectual y el tiempo necesario para elaborar una respuesta propia.
Podríamos encontrarnos ante una paradoja histórica extraordinaria. La civilización con mayor disponibilidad de inteligencia instrumental jamás conocida puede terminar formando individuos progresivamente menos entrenados para ejercer autónomamente algunas de las capacidades intelectuales que esa tecnología reproduce.
Leer un texto completo…esa antigua extravagancia
El lenguaje constituye una de las primeras zonas donde esa transformación puede hacerse visible. Leer y escribir suelen tratarse como habilidades instrumentales. Ambas constituyen también tecnologías interiores mediante las cuales organizamos pensamiento.
Un vocabulario amplio permite establecer distinciones más precisas. La sintaxis compleja ayuda a construir relaciones causales, temporales, hipotéticas y contradictorias. La lectura extensa obliga a mantener antecedentes en la memoria mientras incorporamos información nueva, revisamos interpretaciones anteriores y reconstruimos permanentemente el sentido general de aquello que estamos leyendo.
La escritura añade otra exigencia. Obliga a descubrir cuánto comprendemos realmente. Regularmente las ideas parecen perfectamente claras mientras permanecen dentro de nuestra cabeza. Intentar escribirlas revela vacíos, contradicciones, lugares comunes y relaciones causales que jamás habíamos examinado. La dificultad de encontrar las palabras forma parte del pensamiento porque obliga a precisar aquello que queremos decir.
La inteligencia artificial interviene precisamente allí al ofrecernos resumir todo antes que terminemos de leer. Puede redactar antes de que terminemos de pensar y estructurar un argumento cuando todavía poseemos apenas una intuición. Es capaz de convertir ideas rudimentarias en prosa sofisticada y entregar una apariencia de profundidad que excede largamente la comprensión de quien firma el texto.
Desde allí surge entonces una figura cultural completamente nueva, la del individuo capaz de producir lenguaje intelectualmente competente por encima de su propia competencia lingüística.
El fenómeno puede alcanzar enormes dimensiones educativas. Un estudiante que utiliza permanentemente sistemas generativos para organizar sus trabajos probablemente entregará textos mejores. También recorrerá menos veces el difícil trayecto intelectual que lleva desde la confusión inicial hasta la formulación de una idea propia.
El riesgo comienza mucho antes del plagio y radica en aprender menos mientras producimos más, ya que la sociedad puede terminar llena de textos impecables y progresivamente vacía de personas capaces de escribirlos por sí mismas.
La democracia también necesita lectores
Este debate excede ampliamente las aulas. La lectura profunda posee una fuerte dimensión política porque las democracias complejas requieren ciudadanos capaces de procesar información contradictoria, comprender causalidades múltiples, interpretar documentos extensos y resistir explicaciones excesivamente simples.
El ecosistema digital ya había erosionado parcialmente esas capacidades mediante la economía de la atención. Redes sociales emocionales y de fanaticadas, videos breves, titulares diseñados para provocar reacción inmediata y contenidos construidos para maximizar permanencia acostumbraron progresivamente al cerebro a desplazarse entre estímulos fragmentarios.
La inteligencia artificial agrega ahora otra comodidad, la de procesar por nosotros aquello que todavía requería concentración.
Ya resulta posible pedirle que explique un programa político, resuma una ley, interprete una controversia, compare candidatos, sintetice un informe económico o entregue los argumentos principales de una discusión pública. Cada una de esas funciones puede resultar extraordinariamente útil y su utilización sistemática introduce, al mismo tiempo, una nueva mediación entre ciudadano y realidad. Comenzamos a conocer el mundo mediante versiones previamente procesadas.
La política contemporánea ya enfrenta sociedades emocionalmente intensas, informativamente saturadas y cognitivamente fatigadas. Agregar ciudadanos progresivamente habituados a tercerizar la interpretación puede aumentar la dependencia respecto de quienes controlen las interfaces, los modelos, sus criterios de selección y las arquitecturas mediante las cuales la información llega hasta nosotros.
La calidad democrática –sea en Chile o en cualquier lugar- dependerá entonces también de conservar una capacidad bastante menos glamorosa que la innovación tecnológica. Leer, comprender, comparar, evaluar, desconfiar, argumentar, jerarquizar, cambiar de opinión después de examinar evidencia demandan un indispensable esfuerzo cognitivo ciudadano.
PowerPoint sabe más que el directorio
En las empresas, la situación puede adquirir consecuencias todavía más inmediatas. Durante décadas asociamos transformación tecnológica con automatización de operaciones rutinarias. La inteligencia artificial penetra ahora en los trabajos cognitivos realizados por profesionales altamente calificados. Finanzas, marketing, comunicaciones, planificación estratégica, recursos humanos, análisis jurídico, diseño, programación y administración están incorporando herramientas capaces de realizar en minutos labores que anteriormente exigían equipos completos. Incluso redactar un simple email.
Así como a buenas y a primeras parece que la productividad crecerá considerablemente, también puede incrementarse un margen particularmente peligroso entre la sofisticación de los productos intelectuales y la competencia efectiva de quienes los presentan.
Un gerente puede llegar a una reunión con un análisis de mercado extraordinario acerca de una industria que conoce superficialmente. Un ejecutivo puede presentar proyecciones cuya metodología apenas comprende y un consultor puede producir escenarios estratégicos impecables sin disponer de la experiencia necesaria para detectar cuándo esos escenarios descansan sobre supuestos absurdos. El documento, de seguro, será excelente y, no obstante, la persona puede haber aprendido muy poco mientras lo producía.
Aparece así una especie de capital intelectual ficticio. Las organizaciones comienzan a exhibir una capacidad analítica superior a la que realmente poseen sus integrantes, volviendo crítico el problema cuando alcanza los niveles donde se toman decisiones.
Conducir una empresa siempre ha requerido una combinación difícil de conocimiento formal, experiencia acumulada, comprensión del entorno, intuición, memoria institucional y capacidad para decidir bajo incertidumbre. Parte importante de aquello que denominamos criterio proviene precisamente de haber cometido errores, enfrentado crisis, observado conductas humanas y acumulado patrones que jamás quedaron completamente registrados en una base de datos.
La inteligencia artificial puede entregar una recomendación impecablemente argumentada, pero el ejecutivo seguirá necesitando reconocer cuándo esa recomendación resulta inaplicable a la cultura de su empresa, cuándo ignora una variable política, cuándo interpreta equivocadamente el comportamiento de un cliente o cuándo conduce hacia una decisión financieramente racional y estratégicamente desastrosa.
Una organización excesivamente dependiente de sistemas generativos puede incrementar espectacularmente su capacidad para producir análisis mientras erosiona lentamente su capacidad para juzgarlos. El directorio del futuro necesitará preguntar algo bastante más importante que cuánto utiliza inteligencia artificial su compañía, referido a qué capacidades humanas está perdiendo mientras la utiliza.
Todos originales con el mismo prompt
Existe además otra consecuencia menos evidente, pero no para un lector más instruido y observador agudo; la inteligencia artificial tiende estadísticamente a repetir o copiar o modelar desde y hacia aquello que encuentra mayor probabilidad dentro de los universos culturales con los cuales trabaja. Su enorme virtud consiste precisamente en reconocer patrones, relaciones y regularidades a una escala imposible para cualquier individuo, y repetirlas una y otra vez a distintos e infinitos usuarios.
Esa misma capacidad puede favorecer una creciente homogeneización cultural y organizacional. Millones de estudiantes preguntarán cómo estructurar un ensayo, miles de empresas solicitarán estrategias para ingresar a nuevos mercados, agencias pedirán conceptos publicitarios, ejecutivos y gerentes consultarán modelos de liderazgo, políticos solicitarán discursos y periodistas buscarán enfoques para interpretar acontecimientos.
Las respuestas serán habitualmente razonables, competentes y reconocibles, con la consecuencia que una enorme cantidad de decisiones comenzará así a circular alrededor de zonas semejantes de probabilidad.
Las organizaciones llevan décadas hablando obsesivamente de diferenciación y resiliencia, mientras incorporan ahora una tecnología potencialmente capaz de estandarizar parte importante de las herramientas intelectuales mediante las cuales intentan diferenciarse.
La ventaja competitiva puede desplazarse entonces hacia capacidades profundamente humanas que parecían antiguas frente al entusiasmo tecnológico. Experiencia, conocimiento tácito, memoria, paciencia, sensibilidad cultural, intuición y curiosidad, capacidad para relacionar fenómenos aparentemente inconexos, comprensión de contextos locales particulares, lectura emocional de personas, imaginación, tolerancia al fracaso y la frustración del error…y especialmente criterio.
El profesional excepcional de las próximas décadas podría ser aquel que utilice intensamente inteligencia artificial y conserve suficiente autonomía intelectual para reconocer cuándo debe ignorarla.
El estudiante en práctica que nunca duerme asciende a gerente
La dependencia de estas nuevas herramientas de pensamiento asistido plantea además un problema relacionado con la autoridad. Durante su primera etapa, la inteligencia artificial aparece ante nosotros como asistente. Le pedimos tareas, revisamos sus resultados y corregimos aquello que consideramos incorrecto. Esa relación puede modificarse gradualmente en la medida que los sistemas se vuelvan más sofisticados y nuestra confianza en ellos aumenta.
La experiencia cotidiana ya muestra cuánto cambia nuestra conducta cuando confiamos en una tecnología. Seguimos el GPS incluso cuando conocemos parcialmente el camino, aceptamos recomendaciones de plataformas porque asumimos que sus sistemas conocen nuestros gustos y, hasta permitimos que algoritmos seleccionen noticias, música, películas, restaurantes, parejas potenciales y productos.
La delegación cotidiana construye hábitos y cuando ellos ingresan y secuestran nuestras decisiones profesionales complejas, la autoridad cognitiva puede desplazarse silenciosamente. Un ejecutivo joven que haya trabajado toda su vida acompañado por sistemas de inteligencia artificial desarrollará una relación con el conocimiento diferente a la de quien debió construir durante décadas sus propios métodos de análisis. Su capacidad para acceder a información será incomparablemente mayor. Su dependencia respecto de esas herramientas también puede serlo y la autonomía profesional terminará midiéndose mediante una pregunta sorprendentemente elemental. ¿Qué sabe hacer una persona cuando la máquina deja de responder o el wifi y la red 5G no funcionan?
Fue una decisión del algoritmo
La última consecuencia afecta directamente la arquitectura moral de las organizaciones y de la sociedad. Toda comunidad necesita establecer responsabilidad. Por ejemplo, los médicos responden por diagnósticos, los ingenieros por cálculos, los periodistas por publicaciones, los profesores por evaluaciones, los gerentes por decisiones y las autoridades por políticas públicas. Pero ahora la inteligencia artificial introduce un nuevo intermediario dentro de esa cadena.
Un sistema puede recomendar negar un crédito, seleccionar un candidato laboral, priorizar determinados pacientes, evaluar desempeño, anticipar riesgos, definir inversiones o sugerir decisiones administrativas. Y mientras esas recomendaciones adquieren creciente uso o autoridad, puede aparecer una progresiva dilución de responsabilidad. El modelo lo recomendó, los datos indicaban aquello, el sistema asignó ese nivel de riesgo, el algoritmo priorizó esa alternativa. El lenguaje burocrático posee una capacidad histórica formidable para transformar decisiones humanas en procesos impersonales, donde ahora la inteligencia artificial puede proporcionarle una sofisticación inédita.
Por eso la gobernanza futura de estas tecnologías deberá preservar con enorme claridad la responsabilidad humana. Quien utiliza una recomendación algorítmica para decidir continúa siendo responsable de comprender sus consecuencias, así como gobernar implica responder por aquello que se decide y responder exige comprender aquello que se está haciendo.
El lujo futuro será tener criterio
Llegamos así al corazón del problema desatado por esta nueva oleada societal de uso de la inteligencia artificial que multiplicará capacidades humanas, democratizará conocimientos especializados, permitirá trabajar con volúmenes gigantescos de información y probablemente contribuirá a resolver problemas que hoy resultan inmanejables.
Su impacto sobre la productividad, la ciencia, la educación y la gestión será extraordinario, pero precisamente por esa potencia necesitamos preguntarnos qué facultades humanas queremos preservar mediante su ejercicio deliberado, porque algunas capacidades sólo existen mientras se practican. Leer extensamente, escribir, memorizar, argumentar, orientarse espacialmente, hacer un cálculo matemático, conversar durante horas, escuchar y tolerar la espera, interpretar los silencios, construir hipótesis, equivocarse y saber corregirse, decidir la bajo incertidumbre y el estrés de la presión. Cada una contiene una forma de inteligencia que excede su utilidad inmediata.
Una civilización obsesionada con eliminar fricciones puede terminar eliminando también algunas de las dificultades mediante las cuales formaba personas capaces de enfrentarlas. Por eso, quizás el desafío educativo fundamental de las próximas décadas consista en enseñar deliberadamente ciertas actividades que la tecnología ya puede realizar mejor que nosotros, precisamente porque su práctica seguirá siendo indispensable para desarrollar las estructuras cognitivas que permiten comprender el mundo. O bien hacer cosas que para la tecnología pueden parecer absurdas, ajenas o que derechamente no puede realizar (como las destrezas físicas complejas).
Algo semejante ocurrirá dentro de las empresas. Las organizaciones más inteligentes podrían comenzar a proteger espacios deliberadamente libres de asistencia algorítmica para determinadas actividades estratégicas. Reuniones donde las personas lleguen con ideas propias antes de consultar modelos. Ejecutivos obligados a defender personalmente las hipótesis que presentan y profesionales capaces de explicar los fundamentos de aquello que una IA produjo para ellos. Directorios conscientes que velocidad analítica y calidad del juicio pertenecen a dimensiones diferentes.
Transitamos a un instante como sociedad en que la gran división profesional del futuro podría establecerse entre quienes sepan obtener respuestas y quienes sepan formular preguntas. Las respuestas serán progresivamente abundantes y las preguntas extraordinarias seguirán siendo escasas y cada vez más estratégicas.
Y existe todavía una última ironía…Durante siglos construimos tecnologías para ampliar las capacidades humanas. Llegamos ahora a una capaz de reproducir una parte importante de aquello que identificábamos con nuestra propia inteligencia. La tentación natural consiste en entregarle progresivamente aquellas tareas que realiza con mayor rapidez.
Dentro de algunas décadas, escribir varias páginas sin asistencia, leer un libro completo, sostener una argumentación extensa, recordar información relevante, construir una hipótesis desde cero y tomar una decisión compleja sin consultar inmediatamente una máquina podrían convertirse en capacidades sorprendentemente infrecuentes.
Entonces comprenderemos que la inteligencia artificial había colocado frente a nosotros una pregunta bastante más profunda que cualquier discusión acerca del futuro de la tecnología. Qué parte de nuestra inteligencia estamos dispuestos a seguir cultivando cuando ya podemos vivir cómodamente sin ejercerla. En una civilización inundada de respuestas, pensar con cabeza propia puede terminar convertido en el más exclusivo y humano de los lujos.
Luis Breull A.
Periodista, consultor e investigador medial.
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