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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Alejandro Muñoz, chileno que salió de El Bosque en 2005, se estableció en España con su familia tras vender su minimarket en Chile. Sin oportunidades deportivas, encontró trabajo en un almacén de cerezas en Extremadura, donde conoció a su actual esposa Lorena. Se trasladaron a Valdastillas, un pueblo tranquilo en el Valle del Jerte, donde disfrutan de la naturaleza y la paz. Alejandro, exfutbolista amateur, ahora trabaja en una empresa de transformadores y viaja por España y otros países.

Alejandro Muñoz llegó a España junto a su señora y su hijo. Al año siguiente conoció a Lorena Lorenzo y comenzó con ella una nueva vida en Valdastillas.

Alejandro Muñoz salió de la comuna de El Bosque en 2005, cuando tenía 27 años. No partió solo: viajó a España junto a su esposa, Liselotte, que entonces tenía 24, y a su hijo, de cuatro años. En Chile, la pareja administraba un minimarket familiar y vendía productos al por mayor. Fuera del negocio, Alejandro jugaba como delantero en un equipo de fútbol amateur.

“Siempre tuve la espinita de venirme a España. Quería conocer cómo era la situación aquí, en Europa. El negocio empezó a irse a pique, entonces le dije a mi mujer que vendiéramos lo que teníamos en casa antes de que eso ocurriera”, cuenta Alejandro a BioBioChile.

España no apareció como una oportunidad deportiva. No había un club que lo esperara ni un contrato para jugar fútbol. Lo que existía era una posibilidad menos precisa: partir, buscar trabajo y probar suerte.

“Le propuse venirnos y lo hicimos. Vendimos nuestros autos, nuestras cosas y partimos rumbo acá”, dice el chileno.

Al llegar a Madrid, un familiar de Alejandro recibió a la familia durante el primer día, mientras se acomodaban. Luego los tres siguieron hasta Plasencia, en Extremadura. Allí, Alejandro encontró uno de sus primeros trabajos en un almacén de cerezas y entabló amistad con trabajadores rumanos que habían arrendado departamentos en Valdastillas, un pequeño pueblo del Valle del Jerte.

“Hice buena amistad con ellos y fue la primera vez que vine al pueblo”, recuerda.

Su vida permanecía en Plasencia junto a Liselotte y su hijo. Fue también allí donde terminó el matrimonio. Alejandro no recuerda la fecha exacta de la separación, pero sostiene que la relación había acabado antes de que conociera a quien sería su segunda esposa.

Alejandro trabaja el suelo de su finca durante la floración de los cerezos, 2020
Alejandro trabaja el suelo de su finca durante la floración de los cerezos, 2020 | Cedida

En 2006, cuando tenía 28 años, trabajaba como maquinista y carretillero en una cooperativa de cerezas. En ese periodo conoció a Lorena Lorenzo, una española de 20 años, alta y vecina de Valdastillas.

“Ella trabajaba en la oficina y a veces la mandaban abajo a hacer palés de cerezas. Ahí empezamos a conocernos”, dice Alejandro.

Al principio fueron encuentros dentro de la cooperativa. Después comenzaron a conversar más. Lorena supo que Alejandro venía de un matrimonio recién terminado y escuchó su historia antes de que la cercanía adquiriera otro sentido.

“Le expliqué toda mi vida y no le importó lo que yo había pasado. Nos gustamos”.

La atracción se convirtió en una relación. Lorena vivía en Plasencia, aunque mantenía un vínculo constante con Valdastillas, donde tenía un departamento y vivía parte de su familia. Alejandro, que había llegado a España con una vida ya formada, empezó con ella una etapa que no podía haber previsto cuando salió de El Bosque.

Más tarde se trasladaron juntos a Madrid. Allí intentaron afirmarse como pareja, pero la ciudad les impuso una rutina poco amable: trabajaban mucho, coincidían poco y buena parte de lo que ganaban se iba en sostener la vida cotidiana.

“Ni siquiera nos veíamos y teníamos que pagar muchas cosas: el piso, que era muy caro, los coches, la comida, todo”.

La posibilidad de mudarse a Valdastillas surgió en una conversación entre ambos.

“Me dijo: ‘¿Por qué no nos vamos al pueblo, que es más barato, alquilamos una casa por ahí y estamos cerca de mi mamá?’. Le dije: ‘Pues vámonos para Valdastillas’”.

Primero se quedaron en la casa de la madre de Lorena. Después arrendaron un departamento propio. En 2010, Liselotte regresó a Chile junto al hijo que tuvo con Alejandro, que para entonces tenía diez años.

El 12 de agosto de 2017, Alejandro y Lorena se casaron en la iglesia de Santa María de Gracia de Valdastillas. A la ceremonia también llegaron familiares y amigos desde Chile.

“Fue muy bonita la boda. Vino gente de Chile, juntamos a un montón de personas y fue algo muy bonito. Aquí seguimos juntos”.

Alejandro y Lorena se casaron en 2017 en Valdastillas.
Alejandro y Lorena se casaron en 2017 en Valdastillas | Cedida

El balcón de los cerezos

Valdastillas se levanta sobre la ladera de la sierra de San Bernabé, en el tramo medio del Valle del Jerte. Desde el pueblo, el terreno desciende hacia el río entre terrazas de cultivo que siguen la pendiente y sostienen buena parte de los cerezos de la zona. El municipio se presenta como un balcón sobre el valle: un pequeño conjunto de casas atravesado por calles estrechas y curvas, donde aún se conservan muros de piedra y adobe rojizo, vigas de madera y balcones que recorren varias fachadas.

Allí viven poco más de 300 personas. Plasencia, a unos 25 kilómetros, concentra buena parte de los servicios y de la vida social de Alejandro y Lorena.

—¿Qué encontró en Valdastillas que lo convenció de quedarse?

“La tranquilidad. Es un pueblo supertranquilo; siempre estás descansando. Si quieres hacer más vida y tener más cosas, puedes acercarte a Plasencia: vas al supermercado, vas al cine”.

Durante sus primeros años en la zona, Alejandro pasaba buena parte del día en Plasencia. Al terminar, regresaba por la carretera que sube hacia el pueblo.

“Todo lo hacía allá. Entonces bajaba y subía aquí a descansar”.

La cercanía con la madre de Lorena también pesó en la decisión.

“Estamos cerca de mi suegra. La queremos mucho y eso te llena, ¿no? El pueblo es muy bonito: tiene cascadas y ríos naturales alrededor”.

El agua forma parte del paisaje. A un kilómetro del pueblo, la Garganta Bonal alimenta una pequeña piscina natural rodeada de árboles y cerezos. Desde Valdastillas también parte un sendero que atraviesa fincas y bosques hasta la Cascada del Caozo, donde el agua cae sobre una pared de granito.

La floración no tiene una fecha exacta. Cuando llega, los árboles cubren de blanco las laderas durante unas pocas semanas y las carreteras del valle reciben a miles de visitantes. La celebración del Cerezo en Flor, reconocida como Fiesta de Interés Turístico Nacional, precede a la cosecha de los meses siguientes.

“Cuando les enseño a mis amigos de Chile o a otra gente dónde vivo, les mando un video de lo que tenemos aquí y sé que estoy en un paraíso. Y es verdad, porque está en plena naturaleza, en la sierra de esta zona”, cuenta Alejandro.

El resto del año, Valdastillas recupera la escala de un pueblo donde casi todo puede recorrerse a pie, aunque las compras grandes obligan a tomar el auto.

—¿Cómo es la vida cotidiana en un lugar de poco más de 300 habitantes?

“Es muy sencilla. Hay solamente un bar, al que no voy nunca. Hay un Sediaco —un pequeño supermercado—, donde se puede hacer alguna compra de urgencia. Tampoco vamos mucho, porque bajamos a Plasencia. Ahí hay supermercados y todo lo que quieras. Durante la semana, mi mujer o yo hacemos la compra en Lidl o Carrefour y traemos las cosas para acá. Aquí es más caro y allá puedes comprar comida para dos semanas”.
Dentro del pueblo hay una piscina municipal, una pista de pádel, un gimnasio y una cancha de fútbol sala. En los meses de calor se suman las zonas de baño de la garganta y los caminos entre las fincas.

—¿Cómo cambia Valdastillas entre el invierno y el verano?

“En invierno, la verdad, está muerto. En verano vuelve la familia de la gente, se juega al pádel y se hacen algunos torneos. A veces vas al bar con los amigos, te tomas algo y conversas. Pero la gente viene, más que nada, para las fiestas grandes del pueblo: los quintos y la fiesta del Cristo”.

Desde la carretera se ven parcelas escalonadas sobre la pendiente, caminos estrechos y filas de árboles que cambian con las estaciones: primero las flores, después las hojas y finalmente la fruta. Cuando llega la cosecha, el movimiento comienza temprano.

“Aquí está lleno de cerezas. La gente sale por las mañanas a los huertos y hay movimiento hasta la tarde: coches allá, coches acá, tractores y todo eso. Otra gente trabaja en algún pueblo de alrededor y otra trabaja en Plasencia, va y vuelve. La mayoría de la gente aquí es mayor”.

—¿Qué es lo mejor y lo más difícil de vivir en un lugar tan pequeño?

“Lo mejor es la tranquilidad y, luego, lo económico, porque es muy barato. Los alquileres son baratos, así que ahorras dinero. La pureza de estar cerca de cascadas, ríos y lugares bonitos te da paz. Eso es lo que más nos fortalece. Lo difícil es que no hay tantas cosas. No hay cine ni un supermercado grande y tienes que acercarte muchas veces a la ciudad, porque ahí encuentras todo”.

El chileno del pueblo

Alejandro llegó a un lugar donde un chileno no pasaba inadvertido. Al principio acompañaba a Lorena y todavía era, para muchos vecinos, el hombre nuevo del que se sabía poco y que nombraba algunas cosas de otra manera.

—¿Cómo lo recibió la gente?

“Muy bien. Fue muy curioso, porque las primeras veces venía con ella. Éramos como novios, pololos, como se dice en Chile, y a la gente le llamaba mucho la atención que un chileno viniera acá. ‘Oye, preséntamelo’, decían. Me querían conocer, saber cómo hablaba y yo qué sé”.

—¿Qué le preguntaban?

“Me preguntaban: ‘¿Cómo es tu país?’. Yo siempre hablo muy bien de Chile: que es muy largo, que tiene de todo, que para mí es el país más lindo del mundo. Nos han tratado muy bien aquí. Los mejores amigos también están aquí”.

—¿Qué hace cuando está en el pueblo?

“Ahora mismo estoy descansando en el sillón. Si no, doy una vuelta en patinete con mi mujer, porque hay mucho terreno para pasear. En verano salgo a tomar el fresco. También tenemos fincas de cerezas y las mantenemos. Tenemos unos perrinos (perritos), que vamos a atender y tal. Eso es lo que hago yo aquí”.

Del fútbol a los transformadores

El fútbol acompañó a Alejandro desde Chile hasta Extremadura. En El Bosque jugaba como delantero en Ferroviarios. En España obtuvo los primeros dos niveles de entrenador y la formación para preparar porteros.

“Cuando terminé el curso, hice las prácticas en el C.F. Piornal. Estuve cuatro años ahí. Después me fichó la U.P. Plasencia para entrenar a los porteros en Tercera División. Más tarde pasé al C.P. San Miguel-Plasencia y salimos campeonas con las chicas. Ascendimos a Tercera División femenina”.

Con el tiempo, esa actividad quedó en segundo plano. Después de varios trabajos, consiguió entrar a una empresa que fabrica y monta transformadores.

—¿Cómo llegó a su trabajo actual?

“Todos los años echaba el currículum. Hasta que me llamaron. Me dijeron que me iban a formar y que empezaría desde abajo. Comenzaron a sacarme carnés y titulaciones relacionadas con el metal y la electricidad. Después empecé a viajar para montar transformadores”.

Hoy trabaja para Faramax Trafo. Su labor consiste en instalar esos equipos en subestaciones de España y otros países.

“La semana pasada estuve en Alemania y esta semana vengo llegando de Portugal. Estaba montando un transformador”.

Los viajes lo alejan durante días de Valdastillas, aunque también refuerzan el lugar que el pueblo ocupa en su vida: es la casa a la que vuelve después de cada trabajo.

—¿Se imagina viviendo en Valdastillas para siempre o piensa volver algún día a Chile?

“A Chile, gracias a Dios, voy cada dos o tres años. Alguna vez he ido con mi mujer, que ha quedado encantada con mi país. ¿Volver como tal? No, porque tengo toda mi vida aquí: mi trabajo, mi mujer, mis amigos, mi terrenito y nuestra casita, que va a salir pronto. Entonces tenemos todo aquí para ser felices. No me imagino viviendo en Chile. Ahora mismo, no”.

—¿Qué es lo que más extraña de Chile?

“Lo primero es mi familia. Luego, Chile en sí: la comida, los paisajes, la naturaleza y la gente. Me gustan las humitas, el pastel de choclo, lo típico. También extraño estar en la esquina de mi casa, que es un barrio. Todo Chile se extraña”.