Resulta preocupante, por decir lo menos, escuchar hablar a mucha gente a nuestro alrededor. Más que al contenido, nos referimos a la forma de expresarse, aunque sobre este, también podríamos escribir largas columnas.

La forma que ha ido adoptando nuestra interlocución, la que, con un sonsonete cantado en tonos agudos, podríamos calificar como parca, lacónica y pobre, nos retrata plenamente. No nos referimos a la retórica, sino a aspectos bastante más sencillos, como la fluidez del relato, la oración básica con sujeto, verbo y predicado, al vocabulario empleado en una conversación en la que, onomatopeya y garabatos dichos a granel se disputan la primacía.

Las palabras importan

Comunicarse mediante palabras significó un avance fundamental en la evolución del Homo sapiens, quien comenzó a expresarse con algo más que sonidos y gestos hace unos 150 mil años. La adquisición del lenguaje fue lenta y progresiva, implicó una modificación del cerebro y demoró miles de años. Hoy, los humanos nos interrelacionamos principalmente a través de palabras que conforman un idioma; oralmente primero, por escrito después, y quienes lo hacen mediante gestos, como los sordomudos, también basan su lenguaje en palabras. Por su riqueza y sonoridad, muchos nos sentimos orgullosos de la lengua hispana y hasta somos capaces de experimentar goce al escuchar o leer algunos textos.

Nuestro pensamiento se expresa a través de palabras, frases, alocuciones. Todo indica que, cuanto más rico es el lenguaje, más posibilidades tenemos de manifestar ideas, haciéndolas incluso complejas y hasta sofisticadas. La riqueza de nuestro vocabulario expresa grados superiores de razonamiento y, a la inversa, su pobreza demuestra un intelecto más bien elemental. Sin palabras, por ejemplo, no existiría la filosofía.

Para el célebre intelectual ruso Lev Vygotsky, uno de los más destacados especialistas del desarrollo del lenguaje, este sería una herramienta fundamental para organizar el pensamiento y regular la conducta. Cuanto más desarrollado el lenguaje, más recursos tiene una persona para identificar emociones, reflexionar sobre ellas y comunicarlas. Paulo Freire no decía otra cosa al afirmar que “la palabra es una forma de acción y de transformación del mundo” y, como luchador social, agregaba: “La palabra auténtica no consiste únicamente en hablar, sino en reflexionar sobre la realidad y actuar para transformarla”.

La falta de palabras no significa solamente no saber hablar correctamente, sino también no ser escuchado, no contar con espacios donde expresarse. Cuando una persona siente que sus opiniones, necesidades o emociones son ignoradas, se acumula en ella una tensión que se transforma en frustración. Si estas no encuentran una vía de expresión mediante el diálogo, lo más probable es que se conviertan en acciones violentas. Las palabras cumplen entonces un papel fundamental en la prevención de conflictos.

Cuando el lenguaje deja de ser el medio que permite expresarse y faltan las palabras para explicar la injusticia, el dolor, los miedos, la frustración, hay personas que recurren a la fuerza para hacerlo, y es así como la violencia comienza y luego se propaga.

El lenguaje cotidiano

Suelo desplazarme en metro o en micro. Ambos, generalmente abarrotados de gente con su celular en la mano. Confieso que, en algunas ocasiones, como un voyerista de aquellos no depravados, me entretengo escuchando conversaciones ajenas. Lo hago con el solo objeto de apreciar la forma en que se expresan los interlocutores. Me deleito incluso observando el uso de los derivados de la palabra huevón, y cómo esta, siendo la muletilla más recurrida, ha generado un sinnúmero de adjetivos, sustantivos y verbos: awuevonao, wuevéo, wuevetéo, awuevonarse, wueviar

En verdad, nada de qué asombrarse, salvo al advertir que todas estas declinaciones se utilizan para reemplazar palabras. Una wueá, por ejemplo, es un todo, un comodín que solo es descifrable en el contexto de la frase. Puede ser una situación, una cosa cualquiera, un evento importante, una estupidez, un lío de proporciones…

Las palabras que usamos para expresarnos cotidianamente son pocas; unas mil a dos mil en promedio. Y al escuchar diariamente un uso tan empobrecido del lenguaje, seguramente no llegamos a quinientas. Todos nos quejamos de hablar cada día peor. Solo que, al decirlo, no siempre sopesamos las consecuencias de ese diagnóstico. Nuestro vocabulario es bastante más pobre que el de nuestros vecinos latinoamericanos; basta escucharnos y escucharlos, ni hablar del de los españoles. Es también más rudimentario que el de nuestros padres y abuelos, quienes solían expresarse con fluidez y hasta con cierta elocuencia.

La pobreza en la expresión se refleja en todos los aspectos y segmentos de la sociedad. Quien relata un hecho reduce sus palabras al mínimo y, al hacerlo de esta forma, su mensaje se hace chato, básico, a veces poco comprensible. Los profesores universitarios que conozco se quejan permanentemente de la falta de comprensión de textos sencillos por parte de muchos alumnos a punto de egresar; ello por la simple barrera del vocabulario. No responden algunas preguntas en los exámenes, porque llevan palabras que les son, simplemente, desconocidas.

Escuchar a algunos reporteros, llenos de muletillas, titubeos y errores de conjugación de los verbos, o entrevistas de conocidos periodistas dándose vueltas y vueltas en medio de redundantes e inútiles explicaciones previas a la formulación de una simple pregunta, debiera ser una obligación para las numerosísimas escuelas de periodismo acerca de lo que, profesionalmente, no se debe hacer.

Consecuencias para la sociedad

Aparte de las observaciones ya expresadas, hay otros factores concretos que explican en parte este mal endémico: la poca lectura en colegios y hogares, donde los libros prácticamente han desaparecido, una pésima comunicación familiar por horarios incompatibles y un televisor encendido en permanencia, la masificación de las redes sociales, con uso de mensajes escuetos, mal escritos, y con abreviaciones, como la arroba (@) del lenguaje inclusivo y otros signos que economizan palabras; la pérdida del maestro-educador que exigía hablar correctamente, el reemplazo de la página escrita por la imagen, lo que disminuye la capacidad de abstracción e imaginación del que aprende; los modelos pedagógicos de enseñanza basados en un aprendizaje utilitario que no incita al placer por aprender y por expresar sus ideas.

La constatación es lamentable e irrefutable: a menor expresión del lenguaje, aumento sustancial del “awevonamiento” colectivo. Y como el hecho de no poder expresarse conlleva frustraciones, no nos extrañemos de que la violencia venga a sustituir los argumentos que no se pueden exponer por falta de vocabulario.

Entonces, imposibilitados de dialogar sobre ideas, se increpa, insulta o golpea. Es cuando perdemos las capacidades inherentes a ese ser humano que habla con palabras y frases y nos transformamos en primitivos, resolviendo con gritos, piedras o fuego nuestras discrepancias y conflictos.

La comunicación y el diálogo son las herramientas que poseemos para vivir en sociedad sobrepasando los conflictos. Cuando se deshumaniza la relación con el semejante por falta de palabras, hablan los puños, resuenan las balas y las bombas. En cambio, cuando estas emanan y fluyen, se crean puentes de entendimiento que favorecen la convivencia humana.

Ante tanta agitación callejera, repleta de elocuentes consignas acerca de cómo masificar, incluir, participar, empoderar, innovar en materia educativa, nos preguntamos: ¿no será acaso el uso correcto del lenguaje una prioridad de nuestra alicaída educación en jardines infantiles, colegios y universidades?

Presentimos que la respuesta, producto de esa misma falta de palabras de quienes vociferan, expresará indiferencia, quizás desprecio, tal vez hasta descalificación.