Un niño puede leer un libro de principio a fin sin haber comprendido realmente lo que leyó. Durante mucho tiempo hemos confundido esa habilidad con el verdadero acto de leer. Cuando se consolida la lectura en voz alta, pareciera que la meta ya se cumplió; sin embargo, leer implica conectar ideas y emociones para reconstruir lo leído con un sello e identidad propia.
La comprensión lectora no pertenece únicamente al ámbito escolar, sino que comienza en la etapa prenatal. Hacia las veinticuatro semanas de gestación surge la capacidad de percibir sonidos y distinguir voces, una etapa clave que logra vincular el desarrollo del lenguaje y al mismo tiempo consolidar la conexión con el entorno familiar desde el origen.
El primer error ha sido creer que la lectura comienza cuando un niño aprende a decodificar. En realidad, empieza mucho antes, en la primera infancia: cuando un cuento se lee en voz alta, cuando se realizan diversas preguntas y una historia pasa a transformarse en conversación. Mucho antes de convertirse en lectores, los niños ya descubren que leer también es escuchar, sentir, imaginar y dialogar.
En este espacio de conexión aparece la lectura dialógica. Aunque su nombre pueda sonar ajeno a lo cotidiano, trae consigo una idea muy simple: leer con y para otros, escuchando diferentes interpretaciones o puntos de vista, lo cual nos permitiría darle un nuevo sentido, permitiendo hacer nuevas conexiones y ampliando nuestro bagaje cultural.
Un cuento leído entre un adulto y un niño puede generar un espacio para hablar o reflexionar acerca de emociones, de la amistad o la justicia. Lo importante no es encontrar una respuesta correcta, sino aprender a pensar y dialogar en base a lo leído.
La evidencia científica, junto con la experiencia de países que hoy lideran los resultados en lectura, demuestra que cuando los niños tienen mayores oportunidades para conversar sobre lo que leen desarrollan una comprensión más profunda y real.
Ese beneficio no termina en la infancia; en la adultez también comprendemos mejor cuando intercambiamos ideas, hacemos preguntas y somos capaces de mirar un mismo relato desde distintas perspectivas. La lectura deja de ser un ejercicio individual y pasa a convertirse en un acto social.
En una época donde recibimos información a toda velocidad, el desafío se centra, tal vez, no en leer más, sino en comprender mejor.
Posiblemente el problema nunca ha sido la cantidad de libros que leen nuestros niños, sino la escasez de conversaciones que esos libros consiguen provocar. Esos diálogos no nacen solos; necesitan de un adulto mediador que los haga posibles. Formar lectores no consiste solo en entregar libros, sino en estar presentes cuando esos libros comienzan a transformarse en conversación. Por ende, la comprensión lectora no depende únicamente del lector, sino también del mediador que crea las condiciones para que el diálogo ocurra.
Sería entonces necesario observar y analizar la variada oferta literaria que ofrece el gran Concepción a través de diversas actividades que impulsan el fomento lector, sin necesariamente estar condicionando el poder adquisitivo de un libro, y que al mismo tiempo se articulan como una excelente oportunidad de mediar la lectura y cultura local.
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