Las declaraciones de la ministra Wulf sobre la importancia de la familia reabrieron un debate que suele quedar atrapado entre consignas ideológicas. Sin embargo, hay una pregunta mucho más interesante: ¿Por qué la familia importa tanto para una sociedad?
La respuesta no es porque sea una institución perfecta. Tampoco porque el Estado deba desentenderse de sus responsabilidades. Su importancia radica en que encarna un tipo de comunidad que ni el Estado ni el mercado pueden producir por sí solos.
La familia es el primer lugar donde una persona aprende a confiar, a compartir, a hacerse responsable de otros y a descubrir que su dignidad no depende de su rendimiento. Es la primera comunidad de la que formamos parte, aquella donde los vínculos no están mediados por un contrato, un salario o una prestación, sino, sencillamente, por el afecto y la entrega recíproca.
Por eso, cuando una familia funciona, realiza silenciosamente tareas que ninguna institución puede reemplazar completamente. Cuida antes de que intervenga el sistema de salud. Educa antes de que actúe la escuela. Contiene antes de que sea necesaria la política social. Acompaña antes de que aparezcan la soledad, la exclusión o el abandono.
Esto no significa restar importancia al Estado. Al contrario. Su misión no es sustituir a la familia, sino crear las condiciones para que pueda cumplir adecuadamente su tarea y apoyar allí donde ella no alcanza o ha fracasado.
El problema aparece cuando se invierte esa lógica y se espera que las políticas públicas hagan aquello que solo una comunidad fundada en el amor puede ofrecer. Porque el Estado puede garantizar derechos, pero no pertenencia. Puede financiar cuidados, pero no sustituye el afecto. Puede organizar servicios, pero no reemplazar la gratuidad con que una madre, un padre o unos abuelos sostienen la vida cotidiana.
En tiempos marcados por la soledad, la baja natalidad y el debilitamiento de los vínculos sociales, fortalecer a la familia se erige como una verdadera, y quizá la más importante, necesidad social. Porque, al final, una sociedad será tan fuerte como lo sean las comunidades que el Estado no puede crear y el mercado no puede comprar. Y la primera de ellas sigue siendo la familia.
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