La gente votó creyendo que usted haría exactamente lo que prometió. No una metáfora. No poesía. No literatura. Política pública.

Hay mentiras que indignan. Y hay otras que, además de indignar, insultan la inteligencia de un país completo. Lo dicho por el presidente Kast respecto a su promesa de expulsar a 300 mil migrantes entra exactamente en esa categoría: la del engaño descarado, adornado después con cinismo, soberbia y una explicación que parece escrita por un mal guionista político.

Porque no, Presidente. No era una “metáfora”.

Fue una promesa de campaña repetida una y otra vez frente a cámaras, en debates, entrevistas y redes sociales. Fue una bandera levantada para cosechar miedo, rabia y votos. Fue el combustible de un discurso construido sobre la idea de que Chile estaba desbordado y que usted sería el hombre fuerte capaz de poner orden donde otros, según decía, habían fracasado.

Y ahora, cuando la realidad le explota en la cara y las cifras no cuadran, aparece el nuevo Kast: no el líder duro e inflexible, sino “el poeta”.

Sí, el poeta. El hombre que transforma una promesa presidencial en figura literaria. El candidato que hablaba golpeando la mesa ahora pretende convencernos de que la ciudadanía “entendió mal”. Como si millones de personas hubieran escuchado mal. Como si las grabaciones no existieran. Como si la memoria colectiva pudiera borrarse con una frase improvisada desde un podio.

Lo más grave no es solo la contradicción. Lo verdaderamente peligroso es la lógica detrás de ella: prometer cualquier cosa para llegar al poder y, una vez instalado en La Moneda, relativizarlo todo. Hoy son los 300 mil migrantes. Mañana puede ser cualquier otra promesa.

Porque cuando un Presidente convierte sus compromisos en “metáforas”, entonces la palabra presidencial deja de valer.

Y un país donde la palabra del Presidente no vale, entra en una crisis mucho más profunda que la migratoria.

Kast construyó gran parte de su campaña ofreciendo certezas absolutas a problemas complejos. Ese fue su negocio político. Mientras otros hablaban de cooperación internacional, reformas legales, control fronterizo o acuerdos diplomáticos, él ofrecía una solución rápida, agresiva y emocionalmente rentable: expulsiones masivas.

Sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que la frase “300 mil expulsados” generaba impacto. Sabía que alimentaba la sensación de autoridad. Sabía que convertía la frustración social en apoyo político. Y también sabía —porque no es ingenuo— que ejecutar algo así era prácticamente imposible dentro del marco legal, administrativo y humanitario de cualquier democracia moderna.

Pero aun así lo prometió. Ahí está el corazón del problema.

No estamos frente a un error comunicacional. Estamos frente a una estrategia consciente de exageración electoral. Una fórmula populista básica: decir lo que la gente quiere escuchar, aunque no exista ninguna posibilidad seria de cumplirlo.

Y aquí conviene poner los datos sobre la mesa. Entre el 11 de marzo y el 6 de mayo de 2026, el gobierno de Kast concretó 334 expulsiones de extranjeros, entre administrativas y judiciales, cifra que representa un aumento del 47,2% respecto del mismo periodo de 2022, incluso utilizando vuelos de expulsión de la FACH.

Es decir, expulsiones sí existen y el Estado efectivamente las está ejecutando. El problema no es ese. El problema es haber prometido 300 mil expulsiones como si se tratara de una medida inmediata y viable, para después intentar reducir esa promesa a una simple “metáfora” cuando la realidad terminó desmintiendo el relato.

Y cuando llega la hora de responder, aparece el refugio clásico de los políticos acorralados: “era simbólico”, “era una manera de decir”, “se entendió fuera de contexto”.

No, Presidente. El contexto era clarísimo.

La gente votó creyendo que usted haría exactamente lo que prometió. No una metáfora. No poesía. No literatura. Política pública.

Y por eso hoy existe tanta frustración incluso entre personas que apoyaban medidas más duras contra la inmigración irregular. Porque una cosa es exigir orden y otra muy distinta es sentirse utilizado electoralmente.

Chile tiene derecho a discutir con seriedad sobre migración, seguridad y control fronterizo. Ese debate existe en todas las democracias del mundo. Pero debe hacerse con responsabilidad, sin caricaturas y sin promesas imposibles diseñadas únicamente para ganar aplausos en campaña.

Porque mientras desde Santiago se discute semántica y metáforas, hay miles de familias viviendo una realidad mucho más dura.

Vecinos de Cerrillos llevan años denunciando el deterioro en sectores cercanos al campamento Nuevo Amanecer. En Maipú, la llamada “Pequeña Haití” se transformó en símbolo del abandono del Estado y de una convivencia quebrada, donde incluso quedó expuesta la presencia de redes criminales internacionales tras el caso del exteniente venezolano Ronald Ojeda.

Y aquí es importante ser claros: el problema no es el migrante honesto que vino a trabajar, aportar y construir una vida mejor. Chile está lleno de extranjeros que madrugan, pagan impuestos y sostienen familias con enorme esfuerzo. El problema es la inmigración ilegal descontrolada y la incapacidad del Estado para poner límites claros.

Porque cuando el Estado pierde el control, los primeros perjudicados son precisamente los vecinos más vulnerables: familias trabajadoras que deben convivir con campamentos sin urbanización, Micro basurales, plagas de ratones, comercio informal fuera de norma, música a altas horas de la madrugada, inseguridad y una sensación permanente de abandono. Eso no es xenofobia. Eso es realidad.

Negar ese malestar ciudadano solo alimenta más rabia y más polarización.

Pero también es irresponsable utilizar ese dolor social prometiendo soluciones espectaculares que después terminan convertidas en explicaciones literarias. Ahí está la verdadera falta de respeto.

Porque mientras las personas esperan recuperar seguridad, orden y tranquilidad en sus barrios, el gobierno responde con piruetas discursivas.

El Kast candidato se presentaba como el enemigo de “la elite política mentirosa”. Prometía hablar siempre “sin complejos” y “con la verdad”. Pero hoy termina usando exactamente las mismas maniobras que criticaba: reinterpretar promesas, culpar a la ciudadanía por entender literalmente lo que él dijo y disfrazar incumplimientos con retórica.

Al final, el outsider terminó pareciéndose demasiado a la vieja política que juró destruir.

Solo que con más marketing y menos autocrítica. Y quizás por eso esta polémica golpeó tan fuerte. Porque toca algo profundo: la sensación de que la política chilena se transformó en una competencia de frases efectistas donde ganar importa más que decir la verdad.

Pero gobernar no es escribir consignas. Gobernar no es improvisar metáforas. Gobernar no es poetizar promesas imposibles frente a un país cansado de la inseguridad, del abandono y de políticos que ofrecen soluciones mágicas para después esconderse detrás de las palabras.

Chile merece algo mejor. Merece autoridades que hablen claro, incluso cuando la verdad sea incómoda. Merece liderazgo sin teatro. Convicciones sin caricaturas. Autoridad sin humo.

Porque un país no se gobierna con metáforas. Y mucho menos con poemas electorales escritos para conquistar votos mientras miles de familias siguen esperando algo mucho más simple: poder vivir tranquilas en sus barrios.