Frente a hechos que, sin duda, quedarán en la memoria de nuestro país, no podemos responder también desde la violencia.

Recetas sobre qué hacer en educación siempre abundan y hoy, tras los trágicos hechos vividos en Calama, aún más. Quienes trabajamos en este ámbito sabemos que mucho se dice, pero que en la práctica nada de esto es fácil de resolver.

En primer lugar, porque la escuela no existe por fuera de la sociedad: una sociedad que lidia a diario con diversas formas de violencia, muchas de ellas estructurales, y que también se expresan dentro de los espacios educativos.

En segundo lugar, y por lo mismo, no es solo la escuela la que educa. Es responsabilidad del Estado, de las familias, del entorno cercano y de la sociedad en su conjunto formar a niñas, niños y jóvenes que puedan tener un desarrollo pleno y soñar con futuros posibles.

Actualmente vemos cómo una gran cantidad de información se transmite cotidianamente a través de la televisión y, muy particularmente, de las redes sociales. En estos espacios virtuales las y los estudiantes acceden muchas veces sin supervisión adulta a contenidos que no necesariamente contribuyen a aprendizajes constructivos.

En el caso de los varones, por ejemplo, se exponen a contenidos sobre la masculinidad que muchas veces exacerban el odio y promueven comportamientos violentos. En esos mismos espacios también se crean comunidades donde se expresan emociones que no encuentran lugar en otros ámbitos, y donde muchos jóvenes sienten que encuentran su única forma de desahogo. A esto se suman problemas de salud mental que emergen de esta realidad y que, en numerosas ocasiones, no reciben la atención necesaria.

Frente a hechos que, sin duda, quedarán en la memoria de nuestro país, no podemos responder también desde la violencia. Las respuestas centradas únicamente en el control, la vigilancia o en enfoques de seguridad han demostrado ser insuficientes. No existe evidencia sustantiva de que estas medidas, por sí solas, logren frenar la violencia; basta observar, por ejemplo, contextos como el estadounidense, donde los tiroteos en escuelas continúan ocurriendo.

¿Qué podemos hacer? La pregunta es compleja y probablemente no exista una única solución. Sin embargo, es urgente comenzar a pensar en nuevos modos de abordar estas situaciones, que —como vemos— pueden llegar a ser de vida o muerte.

Una de las posibles respuestas es mirar hacia los aportes de la ética del cuidado. Somos interdependientes: la mayoría de nosotras y nosotros no se educa en soledad. Por ello, las violencias no surgen de la nada, sino que se gestan allí donde faltan la escucha, la contención, el sentido de lo colectivo y de comunidad.

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Una escuela que incorpore la ética del cuidado no puede centrarse únicamente en la transmisión de contenidos; debe también sostener vínculos, atender las emociones y promover que su entorno —y la sociedad en su conjunto— asuma una responsabilidad activa en estos procesos. Debe tener en su horizonte formar para la paz, la no violencia y la solidaridad. Puede parecer una respuesta ingenua, pero deja de serlo cuando entendemos la educación como un proceso de transformación.

Sin embargo, una educación desde el cuidado no puede recaer solo en la escuela: requiere colaboración. Por eso creemos fundamental avanzar en: fortalecer la educación emocional y comunitaria desde una perspectiva de género; promover relaciones basadas en el respeto, la empatía y la justicia; abordar de manera integral la salud mental en las comunidades educativas; y reconocer el rol fundamental de las y los trabajadores de la educación como agentes de transformación social. En estas tareas el Mineduc es fundamental.

Sembrar el miedo no es la solución. Nos necesitamos para salvar vidas.

Emilia Schneider Videla
Diputada de la República (FA)

Rosario Olivares Saavedra
Dra. en Estudios Americanos