En sus primeras semanas, Kast ha mostrado convicción ideológica y sentido de urgencia. Pero la principal dificultad de su administración es transformar esa convicción en capacidad efectiva de gobernar.

Los problemas que enfrenta el gobierno del presidente José Antonio Kast y que explican su desgaste temprano combinan dos dimensiones: un diseño político-institucional poco cohesionado y un estilo de liderazgo marcado por la tradición gremialista. Ambas variables terminan afectando la capacidad del Ejecutivo para sostener gobernabilidad, disciplina interna y respaldo social.

El liderazgo de Kast proviene de una cultura política que históricamente ha desconfiado de los partidos como intermediarios entre sociedad y Estado. El gremialismo privilegia la conducción vertical, el orden y la coherencia doctrinaria por sobre la negociación y la construcción de acuerdos partidistas amplios. A ello se suma un origen político y social vinculado a la élite conservadora, lo que dificulta construir vínculos duraderos con sectores medios y populares.

A diferencia de la experiencia de la “UDI Popular”, que logró desarrollar un arraigo territorial y social en sectores históricamente cercanos a la izquierda, el proyecto de Kast no ha conseguido ampliar consistentemente su base de apoyo más allá de los sectores afines al Partido Republicano.

Esa limitación aparece reflejada en las encuestas. Según Pulso Ciudadano de la segunda quincena de abril, el Presidente registra 29,1% de aprobación y 55,6% de desaprobación, con un saldo neto de −26,5 puntos. El apoyo cae de forma significativa en los sectores medios y bajos, precisamente donde se juega la posibilidad de consolidar mayorías sociales duraderas.

Sin embargo, el principal problema parece estar en el diseño político del gobierno. La apuesta por un gabinete compuesto mayoritariamente por independientes y profesionales con escasa experiencia política introduce el riesgo de subvalorar la dimensión política de la gestión pública. Gobernar no consiste solo en administrar eficientemente, sino también en articular intereses, anticipar conflictos y construir mayorías en escenarios fragmentados.

A ello se agrega una distribución del poder en el gabinete que debilita el compromiso de los partidos oficialistas. Más que consolidar una coalición coherente, el Ejecutivo parece haber privilegiado una lógica personalista sustentada en la legitimidad electoral de Kast surgida del balotaje.

En este diseño, el Partido Republicano, con 30 diputados, cuenta apenas con dos ministros, la misma cantidad que Evópoli que tiene solo tres parlamentarios en cámara baja. La UDI y RN también aparecen subrepresentados respecto de su peso legislativo. Quién suponga que esta distribución de poder en el gobierno puede llevarse a costo 0, seguramente, no entiende cómo Chile ha conseguido en su historia política ser un país estable a pesar de la difícil combinación de presidencialismo y multipartidismo extremo.

Además, esta subrepresentación erosiona incentivos para la disciplina legislativa y aumenta el riesgo de “fuego amigo” dentro del oficialismo. Cuando los partidos no se sienten reflejados en el Ejecutivo, disminuye su disposición a asumir costos políticos en el Congreso. En consecuencia, la gobernabilidad se vuelve más inestable y la aprobación de reformas depende de negociaciones “retail” sucesivas y cada vez más costosas.

Otro foco de tensión es la creciente concentración de decisiones en el denominado “segundo piso”. Cuando el centro de gobierno se desplaza hacia estructuras informales, se debilitan los canales institucionales de coordinación y deliberación.

Además, se sobrecarga innecesariamente la figura presidencial y se generan fricciones permanentes con ministros cuya responsabilidad formal no coincide con el peso político real de los asesores presidenciales.

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En sus primeras semanas, Kast ha mostrado convicción ideológica y sentido de urgencia. Pero la principal dificultad de su administración es transformar esa convicción en capacidad efectiva de gobernar. Si el voluntarismo reemplaza la articulación política y el uso equilibrado de la caja de herramientas presidencial, los gobiernos en contextos multipartidistas pueden reducir rápidamente sus márgenes de acción.

Paradójicamente, un diseño pensado para fortalecer el liderazgo presidencial podría terminar debilitándolo por la ausencia de una coalición cohesionada, de mediaciones políticas eficaces y de una estrategia capaz de ampliar el apoyo social del gobierno.