La conducción política no consiste solamente en reaccionar frente a contingencias ni en administrar indicadores. Supone interpretar el ánimo social y ofrecer al menos un sentido de dirección.

Toda emergencia exige conducción. No basta con identificar un problema, diagnosticarlo públicamente o reconocer su gravedad. Gobernar una crisis implica orientar a la sociedad en medio de la incertidumbre, ordenar prioridades, construir certezas mínimas y ofrecer una solución.

El gobierno actual ha puesto el foco del relato en la emergencia -en el área fiscal, de salud, seguridad, de vivienda, entre otros-, pero la mera declaración no es suficiente para gobernar.

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Si recordamos bien, durante la pandemia -con todas las diferencias y errores que podrían discutirse retrospectivamente- existió una lógica de conducción reconocible: “paso a paso”.

La ciudadanía conocía etapas, objetivos, restricciones y criterios de avance. Esta estrategia nos permitió interpretar el presente y proyectar el futuro inmediato. Incluso en medio de la incertidumbre, el país contaba con una hoja de ruta que otorgaba cierta sensación de dirección colectiva, ordenando la emergencia hacia un futuro posible.

Hoy ocurre lo contrario. El Gobierno declara la emergencia, se describen sus consecuencias, se reiteran diagnósticos alarmantes, se apuntan a los responsables  -con razones, en muchos casos-, pero no se transmite un itinerario político claro para enfrentarlas.

El resultado es una ciudadanía crecientemente fatigada, intranquila y desconectada de cualquier expectativa razonable de mejora.

La conducción política no consiste solamente en reaccionar frente a contingencias ni en administrar indicadores. Supone interpretar el ánimo social y ofrecer al menos un sentido de dirección. Un gobierno no solo ejecuta políticas públicas, sino que también orienta la experiencia colectiva de un país.

Por eso, la ausencia de claridad estratégica termina amplificando la percepción de inseguridad e incertidumbre, incluso más allá de los datos objetivos. El principal riesgo de una sociedad que permanece demasiado tiempo sin horizonte es que termine normalizando la frustración, el miedo y la resignación como parte estructural de su vida cotidiana.

La cuenta pública del próximo 1 de junio es el lugar adecuado para plasmar este nuevo relato frente a la emergencia. Un relato que proyecte algo más que las verdades que la “planilla economicista” nos exige en materia fiscal y que nos permita conectar con el dolor de tantos chilenos que viven la crisis económica día a día, que experimentan una maternidad sin redes de apoyo, que esperan cansados soluciones de una burocracia indolente o sufren la soledad de la enfermedad. Se requiere conectar para explicar, con tranquilidad, el paso a paso de cómo salimos, juntos, de esta emergencia y de todas las demás que vengan en el futuro.

Michael Comber Vial
Director ejecutivo
Instituto Libertad

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