La entrevista al profesor emérito David R. Marples, historiador del Departamento de Historia de la Universidad de Alberta (Canadá) y uno de los mayores especialistas internacionales en la historia contemporánea de Ucrania y Bielorrusia, constituye uno de los capítulos más esclarecedores de Descubriendo Ucrania. Publicada en la sección de entrevistas del volumen, esta conversación sintetiza cómo se ha forjado la identidad nacional ucraniana contemporánea.

Marples, autor de obras fundamentales como Heroes and Villains: Creating National Identity in Contemporary Ukraine, recorre hitos que transformaron un territorio históricamente fragmentado bajo imperios y regímenes totalitarios en una nación soberana con narrativa e identidad propias.

Utilizando tres ejes centrales —Holodomor, Euromaidán y la superación del legado soviético—, demuestra que la identidad ucraniana no es un constructo primordial ni estático, sino una construcción dinámica, forjada en el dolor colectivo, la resistencia política y la confrontación directa con el imperialismo ruso.

1. El Holodomor como pilar identitario fundacional

Marples identifica el Holodomor (hambruna de 1932-1933) como el pilar fundacional de la identidad nacional ucraniana moderna.

No lo presenta como un mero episodio trágico de la colectivización stalinista, sino como un trauma colectivo que simboliza el sufrimiento bajo un régimen centrado en Moscú.

Tras la independencia de 1991, se elevó a categoría de genocidio para diferenciar nítidamente la narrativa ucraniana de la rusa.

Marples lo describe como una “vara de medir” que permite afirmar una soberanía histórica propia. Su visión matizada, basada en su extensa obra sobre las dimensiones étnicas de la hambruna y su rol en la memoria nacional, invita a examinar con rigor las evidencias históricas, el debate académico y el marco legal del genocidio.

Contexto histórico y escala de la catástrofe

El Holodomor fue una hambruna provocada por las políticas soviéticas bajo Stalin, en el marco del primer Plan Quinquenal (1928-1932) de industrialización acelerada y colectivización forzosa. Ucrania, principal granero de la URSS, soportó cuotas de grano imposibles, requisiciones exhaustivas y “listas negras” que bloqueaban el suministro de alimentos a aldeas enteras.

Se confiscaron cosechas, reservas personales, ganado y semillas. Se sellaron fronteras internas para impedir la huida de campesinos y se negó ayuda humanitaria internacional.

Las estimaciones demográficas más precisas, basadas en censos soviéticos desclasificados, sitúan las muertes directas por hambre en Ucrania entre 3,5 y 5 millones de personas (alrededor de 3,9 millones según análisis de 2015). Esto representó aproximadamente el 13% de la población ucraniana de 1933, con tasas mucho más altas en zonas rurales (hasta el 29% en oblasts como Khárkiv). Aunque la hambruna afectó otras regiones (Kazajistán, Kubán, Volga), en Ucrania fue desproporcionadamente intensa y selectiva.

Evidencia de intención genocida

El debate se centra en la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional o étnico, según la Convención de la ONU sobre Genocidio de 1948. Marples rechaza la idea de una “hambruna natural” y subraya que las medidas fueron selectivas: el racionamiento y la ayuda favorecieron a Rusia mientras Ucrania era castigada por su resistencia campesina y nacional.

Documentos desclasificados muestran que Stalin y el Politburó conocían la magnitud de la hambruna (informes de mortalidad cada diez días en 1933) y, aun así, aumentaron las requisiciones y prohibieron la emigración.

Raphael Lemkin —quien acuñó el término “genocidio”— lo describió en 1953 como “el ejemplo clásico de genocidio soviético” y “el experimento más largo y amplio de rusificación”.

Identificó cuatro etapas: exterminio de la élite nacional, liquidación de la Iglesia ortodoxa ucraniana autónoma, destrucción de la base campesina (el “cerebro y alma” de la nación) e imposición de una identidad soviética-rusa.

Políticas específicas reforzaron esta interpretación: decretos exclusivos para Ucrania y el Kubán ucraniano, bloqueo de fronteras internas (orden de Stalin del 22 de enero de 1933), confiscación selectiva de alimentos mientras se exportaba grano a Occidente, y represión cultural paralela (purga de intelectuales ucranianos en 1932-1933). Historiadores como Timothy Snyder, Anne Applebaum, Norman Naimark y James Mace concluyen que cumple los criterios de genocidio.

El debate académico y las posiciones contrarias

No todos los especialistas aceptan la etiqueta de genocidio. Algunos argumentan que fue resultado de políticas erróneas, malas cosechas y resistencia campesina general, no un plan étnico específico. Marples critica estas visiones por ignorar la selectividad de las medidas y la ausencia de ayuda en Ucrania.

Para él, negar la dimensión intencional equivale a minimizar el trauma ucraniano y perpetuar narrativas imperiales. El consenso mayoritario actual entre historiadores occidentales y ucranianos es que se trató de una hambruna provocada con pleno conocimiento de sus consecuencias letales, dirigida contra la población ucraniana como grupo nacional.

Reconocimiento internacional

Ucrania reconoció oficialmente el Holodomor como genocidio en 2006. Hasta 2026, más de 33 países (Canadá, Estados Unidos, Australia, Polonia, Alemania, Suiza y otros) y el Parlamento Europeo (resolución de 2022) lo han hecho. Rusia lo niega sistemáticamente, calificándolo de “tragedia común soviética”. Este reconocimiento ha sido clave para la consolidación identitaria ucraniana que Marples resalta.

Para Marples, el Holodomor no es solo historia pasada: es el trauma que permitió, tras 1991, construir una narrativa nacional autónoma. Su elevación a genocidio rompió el silencio soviético y sirvió de “antídoto” contra la rusificación.

La guerra desde 2014 (y especialmente 2022) ha reforzado esta memoria, convirtiéndola en símbolo de resistencia contra cualquier intento de subordinación a Moscú. Opera como elemento unificador que trasciende divisiones regionales y lingüísticas.

2. El Euromaidán: catalizador de la ruptura

El segundo gran hito es la Revolución de la Dignidad o Euromaidán (2013-2014). Marples lo describe como uno de los momentos más críticos y transformadores de la historia reciente de Ucrania. Las protestas masivas en la plaza Maidán de Kyiv surgieron como rechazo a la decisión del presidente Viktor Yanukóvich de suspender el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea y realinearse con Rusia. Trascendieron rápidamente el ámbito económico para convertirse en una afirmación existencial de soberanía y orientación europea.

Para Marples el Euromaidán forzó la formación de un gobierno pro-ucraniano y provocó la reacción agresiva de Rusia: la anexión ilegal de Crimea en marzo de 2014 y el inicio de la ocupación híbrida del Donbás.

Estos hechos fueron el detonante de un proceso acelerado de consolidación identitaria. Las protestas unieron a sectores diversos —ucranianohablantes y rusoparlantes, occidentales y orientales— en torno a valores cívicos comunes: dignidad, anticorrupción y aspiración europea. Así, el Euromaidán marcó el paso de una identidad post-soviética ambigua hacia una identidad nacional madura y orientada hacia Occidente.

3. La superación del legado soviético: proceso lento y conflictivo

Marples analiza con matices el legado soviético tras la independencia de 1991. Ucrania heredó estructuras, élites y narrativas soviéticas que dificultaron la construcción de una dirección clara en la enseñanza de la historia. Durante años coexistieron interpretaciones contradictorias del pasado, y la rusificación cultural persistió en muchas regiones. El rechazo a la identidad soviética ha sido un proceso lento, gradual y no exento de divisiones internas.

El Estado ucraniano recurrió, en ocasiones, a figuras controvertidas de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) y del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) para construir una narrativa nacional propia. Aunque esta estrategia generó debates internos y críticas por su carácter excluyente, refleja la urgencia de llenar el vacío identitario dejado por el colapso soviético. Marples enfatiza que la “desovietización” no es lineal ni uniforme, pero resulta indispensable para afirmar una soberanía cultural plena.

La agresión rusa (2014-2022) como acelerador irreversible

Marples integra los tres hitos en un marco más amplio: la intervención rusa desde 2014 —y su escalada a invasión a gran escala en 2022— ha actuado como catalizador definitivo.

Lejos de debilitar la identidad ucraniana, la agresión de Moscú la ha fortalecido de manera extraordinaria. La guerra ha unido a la población en torno a una narrativa de resistencia soberana, acelerado la ucranianización lingüística y cultural, y consolidado la desconexión definitiva respecto al pasado imperial y soviético.

Según Marples, los acontecimientos de 2014 marcaron un “punto de no retorno”. La existencia de una Ucrania independiente con su propia historia, memoria y aspiraciones europeas desafía la narrativa rusa de “un solo pueblo”. La agresión no solo ha sido militar, sino simbólica: un intento de borrar o subordinar la identidad ucraniana que, paradójicamente, ha terminado por reforzarla.

Conclusión: una identidad dinámica y resiliente

La entrevista de David R. Marples es esencial para comprender que la identidad nacional ucraniana no es un concepto fijo ni esencialista, sino una construcción viva, forjada a través del trauma histórico (Holodomor), la movilización popular (Euromaidán) y la resistencia persistente al legado imperial y soviético. Su análisis matizado, riguroso y desprovisto de romanticismos ofrece una visión equilibrada que reconoce tanto las complejidades internas (divisiones regionales, lingüísticas e ideológicas) como la fuerza unificadora de la amenaza externa.

Para el lector latinoamericano, el texto resulta particularmente iluminador: invita a entender que la identidad ucraniana, como muchas identidades nacionales en América Latina, se ha construido en diálogo (y a menudo en confrontación) con potencias imperiales, y que su resiliencia actual es fruto de una larga y dolorosa maduración histórica.

Los ucranianos no solo están defendiendo su territorio: están consolidando, día a día, una identidad nacional moderna, inclusiva y europea que ya es irreversible. Un aporte imprescindible para cualquier persona interesada en los procesos de formación nacional en el siglo XXI.

Fuente y contexto editorial

Este artículo resume el capítulo “Las múltiples caras de Ucrania: la diversidad étnica ucraniana”, de Olena Palko y Roman Korshuk, incluido en el libro Descubriendo Ucrania: Su pueblo, su historia y su cultura (Editorial Poliedro, 2022), compilado y editado por Olena Palko y Manuel Férez Gil. Forma parte de una serie de publicaciones que recorrerán, capítulo a capítulo, los distintos aportes de la obra, con el objetivo de acercar sus contenidos a un público más amplio.