La memoria de Chornóbyl nos recuerda que cuando el agresor utiliza el miedo como arma, el silencio se convierte en complicidad.

Este 26 de abril se conmemoran 40 años de la catástrofe de Chornóbyl, el mayor desastre de origen tecnogénico en la historia de la humanidad. Cuatro décadas después, sus consecuencias aún se sienten en Ucrania, en Europa y mucho más allá de sus fronteras. Chornóbyl no fue solo una tragedia para el pueblo ucraniano, sino también una advertencia global para toda la humanidad.

No fue simplemente un accidente técnico. Fue el desastre de un sistema. Se originó a partir de un experimento peligroso impuesto desde Moscú que se conjugó con la violación de normas básicas de seguridad y, sobre todo, con la mentira y el encubrimiento. Las autoridades soviéticas intentaron ocultar la magnitud de la tragedia incluso cuando la nube radiactiva ya avanzaba sobre Europa.

El mundo enfrenta hoy el peligro nuclear proveniente de Moscú. Ya en los primeros días de la invasión a gran escala de Ucrania, Rusia ocupó como uno de sus primeros objetivos estratégicos la central nuclear de Chornóbyl y toda la zona de exclusión. El mundo observó alarmado cómo tropas armadas ingresaban en un territorio marcado por una tragedia nuclear sin precedentes.

Al mismo tiempo, la Federación Rusa ocupó la central nuclear de Zaporiyia, la más grande en acción de Europa, y la utiliza como instrumento de presión política y militar. Nunca antes en la historia de la humanidad una planta nuclear había sido convertida en plataforma de chantaje durante la guerra.

Posteriormente, cuando la región de Kyiv donde se encuentra la planta de Chornóbyl, fue liberada por tropas ucranianas, Rusia atacó con drones el techo del complejo de confinamiento conocido como “Ukryttia”, la gigantesca estructura de protección construida en colaboración con varios países sobre el reactor destruido, poniendo en riesgo la seguridad radiológica no solo de Ucrania, sino de toda Europa.

Se trata de un acto de irresponsabilidad extrema frente a un sitio, cuya estabilización costó décadas de trabajo y enormes aportes internacionales.

El 26 de abril Ucrania organiza una conferencia internacional para reunir recursos destinados a la reparación de esta infraestructura crítica. Resulta profundamente simbólico y doloroso que la comunidad internacional deba volver a movilizar fondos para restaurar un objeto que durante años fue financiado por donantes de todo el mundo con el fin de proteger a las futuras generaciones del peligro nuclear.

Para Chile, un país que no posee centrales nucleares y que defiende consistentemente el derecho internacional, la solución pacífica de los conflictos y la no proliferación de amenazas nucleares, este desafío resulta especialmente evidente. La seguridad en Europa y la seguridad en América Latina y en todo el mundo están interconectadas, porque el mundo actual no conoce crisis lejanas.

La primera gran lección de Chornóbyl es que las catástrofes no reconocen fronteras. La radiación no se detiene en aduanas ni pregunta por nacionalidades. Por eso, la solidaridad internacional y la confianza entre los Estados son condiciones esenciales para la seguridad global.

La segunda lección es que el autoritarismo es incompatible con la seguridad. Allí donde el poder teme a la verdad y donde los intereses políticos valen más que la vida humana, cualquier tecnología puede convertirse en una amenaza.

Ucrania hoy defiende no solo su territorio. Defiende los principios de responsabilidad, del derecho internacional y de la seguridad global. Y la memoria de Chornóbyl nos recuerda que cuando el agresor utiliza el miedo como arma, el silencio se convierte en complicidad.

A 40 años de la tragedia, la principal lección de Chornóbyl sigue vigente: la verdad, la libertad y la solidaridad internacional son la mejor protección frente a nuevas catástrofes.