En el tablero estratégico, la frase “Boric quería reemplazar el CAE, Kast quiere cobrarlo” -que iba a ocupar la oposición- pierde toda su potencia después de los episodios en Valdivia. El foco se desplazó del derecho social al orden público, y en ese terreno, Kast juega de local.

La política chilena tiene la extraña costumbre de marcar sus ciclos con hitos de manifestaciones estudiantiles que reordenan el tablero. Así como el jarro de agua de María Música a la ministra Jiménez marcó un antes y un después para las siguientes gestiones del Ministerio de Educación, el ataque a la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, en la Universidad Austral, establece un nuevo punto de inflexión.

Por primera vez una manifestación estudiantil es funcional a la derecha, pues en Valdivia de manera entusiasta le entregaron el control de la agenda al gobierno de José Antonio Kast. Lo que los dirigentes pretendían que fuera un acto de “resistencia” terminó siendo el combustible ideal para la retórica del orden. Y, por cierto, ha servido para sacarse el mal olor a bencina asociado a las alzas.

John Kingdon, en su tesis sobre la formación de agendas, explica que el éxito de un tema depende de la convergencia de tres corrientes: los problemas, las soluciones y la política.

El movimiento estudiantil, que parecía listo para despertar con fuerza ante la posibilidad de un gobierno que restringiera la gratuidad o mantuviera el Crédito con Aval del Estado (CAE), ha provocado un cortocircuito en su propia estrategia, pues falló en la política.

Al agredir a Lincolao, no instalaron el debate sobre la educación; instalaron el debate sobre la barbarie. En el tablero estratégico, la frase “Boric quería reemplazar el CAE, Kast quiere cobrarlo” -que iba a ocupar la oposición- pierde toda su potencia después de los episodios en Valdivia. El foco se desplazó del derecho social al orden público, y en ese terreno, Kast juega de local.

En Redes de indignación y esperanza, Manuel Castells sostiene que “la forma fundamental de poder reside en la capacidad para modelar la mente humana”, subrayando que los movimientos sociales dependen de la comunicación para construir su legitimidad.

Cuando un movimiento rompe su vínculo con la ciudadanía mediante la violencia irracional contra un símbolo de mérito, destruye su propia red de sentido. Al agredir a una ministra que encarna la intersección entre el éxito académico e identidad originaria, los dirigentes se equivocaron de medio a medio. No enviaron un mensaje de rebeldía, sino de intolerancia, regalándole a la derecha un argumento de oro. Además, lograron descubrir a una ministra muy talentosa, que habría pasado inadvertida.

Ximena Lincolao ha demostrado un temple y una astucia que han descolocado a sus detractores. Su figura emerge como la verdadera revelación del Gobierno, combinando el rigor con una muñeca política que ya quisieran varios ministros del comité político.

Su reacción calmada ante la turba la ha elevado a una categoría distinta. Los estudiantes, en su ceguera, han creado una nueva heroína mapuche sobre la que bien podría escribirse un capítulo adicional en La Araucana.

Alonso de Ercilla, al relatar la caída de Pedro de Valdivia, capturó ese instante donde la soberbia es derrotada por la astucia y el conocimiento del terreno. En aquellos versos de la Canto III, describía el momento exacto en que el español, cercado por el ingenio táctico de quienes conocían cada rincón de la tierra, cae prisionero:

“Valdivia, que de verse en tal aprieto / con gran ánimo y rostro no mudado, / se puso en medio, y con un gran respeto / fue de los enemigos rodeado; / allí se vio el soberbio puesto en feto, / de sus mismos vasallos cautivado”.

Se produce hoy una particularidad histórica casi mística: si hace siglos los mapuches derrotaron a Valdivia en el campo de batalla quebrando su yugo, hoy es una mujer del mismo pueblo quien en la ciudad que lleva el nombre del conquistador, vuelve a salir triunfante.

Pero esta vez su triunfo no es por la fuerza del mazo, sino por la superioridad de su calma frente a una turba radicalizada que ocupó además de objetos y golpes, adjetivos racistas.

La izquierda, mientras tanto, también se quedó sin agenda. Rápidamente fueron todos a correr a condenar la violencia y a desmarcarse de los “ultra” para evitar que el desprestigio del movimiento estudiantil se convierta en otro lastre irreversible, como fue en el estallido social.

Saben que el ataque le ha dado al gobierno el argumento perfecto para vincular violencia universitaria con la izquierda. El movimiento que iba a “incendiar la calle” por la gratuidad, el CAE y el gobierno conservador, logró en la Universidad Austral legitimar la serie de medidas duras que vendrán contra los revoltosos en los campus universitarios, partiendo por quitar la gratuidad.

La ironía es punzante. Los estudiantes creyeron ser el “cuchillo” que cortaría el avance de la derecha, pero terminaron siendo los artesanos de la corona de Lincolao y sepultureros de sus propias demandas.

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La ministra ha capitalizado el incidente para mostrar un Estado que no se rinde ante la consigna, música divina para el relato kastiano, que cometió error tras error comunicacional en la crisis de la becina.

Resulta curioso recordar, no sin cierta malicia, que ya tuvimos una ministra de Ciencias que terminó convertida en vocera de La Moneda. En este episodio, para mantener la agenda arriba, habrá que recordar el viejo bolero cubano: “Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando / Por lo que más tú quieras, ¿hasta cuándo, hasta cuándo? / Y así pasan los días, y yo desesperando / Y tú, tú contestando: quizás, quizás, quizás”.