En telecomunicaciones, donde la escala importa y las redes se amortizan en plazos largos, la pregunta relevante es si la estructura resultante mejora la calidad de servicio para los clientes en el tiempo.
La llegada de la compañía Millicom tras la adquisición de Telefónica ha reactivado especulaciones sobre una eventual concentración futura del mercado, lo que ha sido manifestado por el CEO de esa firma y por el Subsecretario de Telecomunicaciones hace unos días.
El debate no puede quedarse en si acaso en Chile hay espacio para tres o cuatro operadores, sino qué condiciones permiten competencia efectiva y sostenible, con empresas sostenibles y beneficios para los consumidores.
Primero, el número de actores no debería definirse por preferencia política, sino por el mercado, para esto la competencia debe ser real, con reglas claras, sin barreras artificiales de entrada o salida, que incentiven y hagan sostenibles las inversiones.
En telecomunicaciones, donde la escala importa y las redes se amortizan en plazos largos, la pregunta relevante es si la estructura resultante mejora la calidad de servicio para los clientes en el tiempo.
Si el mercado lleva a menos competidores, teniendo presente el bienestar del consumidor no sólo en el corto plazo, conviene mirar la competencia, en particular la fusiones y adquisiciones, no sólo en la cuota de mercado, sino también -a través de eficiencias verificables y transferibles-, mejor financiamiento para despliegue de red, acceso a activos críticos y, en especial, el efecto en cobertura, calidad y precios a mediano plazo.
Esta discusión no se presenta solo en Chile, la experiencia comparada muestra una tensión conocida, en Europa se privilegió por años maximizar el número de competidores a nivel nacional, mientras que en Estados Unidos se consolidaron menos operadores, pero de mayor tamaño.
En Europa, el Informe Draghi sobre competitividad ha reabierto la discusión sobre cómo equilibrar objetivos tradicionales de competencia con la necesidad de escala e inversión en sectores intensivos en capital, como telecomunicaciones, para cerrar brechas tecnológicas.
En el caso de la UE, ello ha llevado a revisar las guías de fusiones y adquisiciones, recomendando un análisis dinámico, no sólo de estructura y cuotas, sino también considerado incentivos a invertir, eficiencias verificables y su traspaso al usuario en cobertura, calidad y precios a mediano plazo.
Chile tiene aquí una primera oportunidad: que las autoridades revisen y actualicen sus guías, en particular en lo referente a fusiones y adquisiciones, y poder de mercado, para promover una competencia sostenible, incorporando explícitamente el análisis dinámico de variables como inversión, innovación, resiliencia y continuidad de servicio, y no sólo cuota de mercado. Los antecedentes y el trabajo que realiza la UE pueden ser un buen insumo para esta tarea.
La segunda oportunidad es igual o más concreta, los límites actuales y la fragmentación entre bandas, en la asignación de espectro no siempre reflejan eficiencia técnica. No todas las frecuencias se comportan igual en cobertura, y en 5G (y mañana 6G) es clave contar con bloques continuos y no con fragmentos de espectro dispersos. Con nuevas licitaciones en el horizonte, es el momento de revisar criterios de asignación y los límites actuales.
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