Martín Arrau llegó al Ministerio de Seguridad con una condición que excedía su cargo: era uno de los hombres de confianza de José Antonio Kast y, dentro de Republicanos, comenzaba a ser mencionado como una figura con proyección propia. El salto desde Obras Públicas a una cartera considerada estratégica para el Gobierno podía ser leído como algo más que un ajuste ministerial: una apuesta por instalar a uno de los rostros del oficialismo en el corazón de la agenda que llevó a Kast a La Moneda.
Tres meses después, esa proyección no está sepultada, pero sí enfrenta su primer examen político de peso.
El problema no está, por ahora, en una debacle de sus números personales. De hecho, Arrau cerró agosto con 49% de aprobación en Cadem, cuatro puntos más que en la medición anterior, y fue identificado como el ministro más influyente del gabinete, con 62%.
La paradoja es que su mayor visibilidad no necesariamente se ha traducido en mayor capital político.
En marzo, cuando todavía estaba en Obras Públicas, Arrau tenía 53% de aprobación y un conocimiento de 41%. En abril marcaba 52% y en mayo 54%. Pero con su llegada a Seguridad, la ecuación comenzó a cambiar: su exposición creció aceleradamente y su evaluación llegó a caer a 36% en junio, antes de comenzar una recuperación durante los meses siguientes.
El ministro se hizo conocido. Y con ello también quedó sometido a un escrutinio distinto.
Porque Seguridad es, probablemente, la cartera donde Arrau tiene menos margen para refugiarse únicamente en su perfil de gestor. Es el ministerio que concentra una de las principales promesas de Kast y uno de los ejes identitarios de Republicanos. Allí, el éxito no se mide solamente por ejecución administrativa: también por capacidad para ordenar al sector, instalar prioridades y construir acuerdos.
Y es justamente en esa dimensión donde la reforma constitucional impulsada por el Gobierno abrió una primera grieta.
La prueba de Arrau que no estaba en los cálculos
La iniciativa, concebida como una pieza relevante de la agenda contra el crimen organizado, encontró reparos en partidos que forman parte del oficialismo. El Gobierno terminó introduciendo modificaciones y bajando la urgencia del proyecto para buscar acuerdos.
El episodio es particularmente incómodo para Arrau porque la dificultad no provino solamente de la oposición. La discusión también expuso diferencias dentro de la derecha, precisamente en una materia en la que Republicanos esperaba contar con mayor cohesión.
Para María Pía Méndez, académica de la Escuela de Gobierno y Administración Pública de la Universidad Mayor, el costo para Arrau puede ser político antes que estrictamente ciudadano.
“El poco apoyo que ha suscitado la reforma de seguridad puede tener costos para el ministro Arrau en términos de pérdida de capital político en Republicanos”, sostiene.
La razón está en el carácter identitario que tiene la seguridad para el partido.
“Que su figura no se haya traducido en un liderazgo capaz de promover los énfasis de la colectividad, disminuye la fuerza de su proyección política”, plantea la académica.
Es una distinción relevante. Arrau puede conservar una evaluación ciudadana cercana al 50% y, al mismo tiempo, enfrentar preguntas dentro de su propio sector respecto de su capacidad de conducción.
Porque para un ministro cualquiera, no conseguir respaldo suficiente para una reforma puede ser un revés legislativo. Para quien aspira a transformarse en una figura central del partido gobernante, el problema es mayor: el episodio se convierte en una prueba de liderazgo.
Del hombre de confianza al hombre que debe conducir
La designación de Arrau en Seguridad tuvo, precisamente, esa lectura política.
El ministro era considerado un hombre de confianza de Kast y uno de los funcionarios mejor evaluados del Gobierno. Su perfil disciplinado y ejecutivo aparecía como uno de los atributos que explicaban su llegada a una cartera que el propio mandatario definió como prioritaria.
Pero una cosa es ser el hombre de confianza del Presidente y otra, bastante distinta, convertirse en uno de sus posibles sucesores políticos dentro de Republicanos.
La segunda condición exige construir poder propio. Y ahí aparece la dificultad que advierte Méndez.
“Que no genere apoyo incluso desde la misma derecha, podría interpretarse como una debilidad suya para negociar y construir mayorías”, afirma.
La observación apunta al corazón de la proyección de Arrau. Si la seguridad constituye una de las principales banderas del oficialismo, un ministro republicano a cargo de esa agenda debería tener, al menos en teoría, una posición privilegiada para ordenar a sus aliados.
Sin embargo, el debate mostró lo contrario: la iniciativa debió ser modificada para intentar recoger las objeciones de sectores oficialistas. Incluso Guillermo Ramírez, presidente de la UDI, expresó reparos a la propuesta original y planteó la necesidad de introducir cambios.
Para Méndez, eso vuelve particularmente compleja la posición de Arrau.
“La derecha suele presentar un frente bastante cohesionado cuando se levantan propuestas cercanas a las problemáticas que históricamente han estado al centro de la agenda del sector, uno de ellos es sin duda la relevancia del orden público y la seguridad”, explica.
Por eso, agrega, “es especialmente difícil la posición en la que queda el ministro cuando otras figuras políticas visibles de la derecha, como Guillermo Ramírez, el presidente de la UDI, salen públicamente a dar sus opiniones contrarias a la reforma”.
El problema de Arrau no es caer: es demostrar capacidad para levantarse
En ese escenario, sería prematuro hablar de un derrumbe de Arrau.
Sus cifras más recientes no muestran eso. Por el contrario, después de la caída registrada tras su llegada a Seguridad, recuperó terreno y llegó a 49% de aprobación en agosto. Además, Cadem lo ubicó como el ministro más influyente del gabinete.
Tampoco la reforma está políticamente muerta. El Ejecutivo optó por bajar su urgencia y abrir una etapa de negociación para modificar el texto y buscar respaldo.
Pero justamente por eso el episodio puede terminar siendo más importante para Arrau de lo que sugieren sus encuestas.
La segunda etapa de la reforma será también una oportunidad para medirlo.
Si consigue ordenar a Republicanos, recomponer puentes con Chile Vamos y finalmente construir una mayoría para una iniciativa que el Gobierno considera prioritaria, el traspié podría terminar convertido en una prueba superada. Incluso podría fortalecer su perfil como figura capaz de negociar sin abandonar las banderas de su partido.
Si ocurre lo contrario, la lectura será más incómoda: que Arrau puede ser un buen ministro, un hombre cercano a Kast y una figura bien evaluada, pero que todavía no ha demostrado tener el peso político necesario para convertirse en el heredero natural de ese liderazgo.
Ahí está, probablemente, la verdadera disputa que abrió la reforma. No se trata solamente de si Arrau logra sacar adelante un proyecto constitucional. Se trata de si puede transformar la confianza personal de Kast en liderazgo político propio.
Porque mientras su nombre comienza a aparecer como uno de los rostros con futuro dentro de Republicanos, la reforma de seguridad le acaba de recordar que el camino no se recorre solo con buenas encuestas.
También requiere votos, capacidad de negociación y, sobre todo, la capacidad de conducir a los propios.