Su voz, su relación o relato homónimo, hace hablar a un muerto, un muerto viviente, un “ñato” (así lo llama) cualquiera, acaso él mismo, Jorge Quiroz, con algo de mago de Oz, mago trucho o chanta entonces (como él mismo lo admite: I am a humbug [charlatán, embaucador]; I’m a very bad Wizard, I must admit), con algo también de La verdad sobre el caso del señor Valdemar de E. A. Poe y, de paso, con una pizca de la hoz y el martillo en la mollera (incidentalmente, por parte de madre), ¿algo de falso conejo en el mejor de los casos?

Del falso conejo Quiroz no habrá tenido noticias, jamás habrá saboreado tal sazonado bocado. Abocado a cuentos y cuentas “colusivas”, hoy desafía como el súper-héroe solitario de sus relatos (tal “narrador omnisciente”), al FMI y al CFA, a SOL y al CEP, a moros y cristianos, para quienes sus cuentas no cuadran. No es sólo que sus cuentas simplemente descuadren, o no calcen, sino que acaban por chutear la pelota por años, décadas incluso, cuando nadie pueda pedirle cuentas ni menos descuentos.

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Y, sin embargo, si volvemos a cómo acaban esos Cuentos pendientes de Quiroz (Ceibo, Santiago, 2015), con el relato “Todos íbamos a ser ricos”, el desenlace es patente: la voz (supuestamente omnisciente) acaba mal, acaba condenando al protagonista, despedido de su pega, detenido por carabineros en un altercado callejero, en parte alegoría de sí mismo (detenido alguna vez en Capuchinos), en parte alegoría del “bajo pueblo” chileno, no sólo al absurdo sino antes bien a la ignominia de un pequeño mago sin magia alguna aunque, en parte al menos, aprendiz de MAGA, que, de cierto, la Maga de Rayuela à la lettre cimbra y descuaja.

Por supuesto, esto puede ser (leído, comprendido, traducido, etc.) de muy otra manera; en materia de cuentos no hay sin más certidumbre o certeza (ni matemática ni semántica, para no hablar “argumental” ni trópicamente). Pero he aquí que en el último suspiro o fraseo de su postrer relato la voz de Quiroz tropieza al reponer (algo compulsivamente, para el caso) la voluntad de certidumbre, de certeza, desde ya impositiva, de certeza jurídica, per saecula saeculorum, etc.: “De lo que sí tuvo certeza [Quiroz y/o el héroe del bajo pueblo de su relato] fue que ese narrador omnisciente, arbitrario como el Dios de Abraham, lo había finalmente ungido como «personaje principal» de este relato” (itálicas nuestras). Destituido de su cargo (junior o “chasqui” interempresarial, asesor de coligaduras alias colusiones empresariales, Ministro de Hacienda, etc.) y detenido por pacos en un altercado entre deudores del CAE, del Cielo y demás lotes en deuda, la voz de Quiroz justo ahí se atraganta, se disloca, queda (por venir, al menos en parte) en ascuas.

Estas ascuas, de las que Quiroz nada oye, nada “elabora”, ni menos su súper personaje principal (omnisciente): del viejo alemán o del vasco o del árabe (etimología incierta) ascua; es la voz que al cabo pasa al romance castellano. Como la del sr. Valdemar, esa “horrible voz” [hideous voice] en traslación de Cortázar, la del sr. Quiroz: “¡Por amor de Dios… pronto… pronto… hágame dormir… o despiérteme… pronto… despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto! [I am dead!]”. [To be and/or not (to be) continued].