La encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, no es un documento sanitario, pero nos ofrece una clave muy sugerente para leer lo que está ocurriendo en salud, especialmente en la atención primaria. Su pregunta de fondo es simple y profunda a la vez, ¿cómo custodiar a la persona humana cuando la inteligencia artificial y los sistemas digitales empiezan a mediar cada vez más decisiones que antes se tomaban cara a cara?

El texto contrapone dos imágenes, por un lado, está la Torre de Babel, símbolo de homogeneización y dominio, y por el otro la reconstrucción de Jerusalén, hecha piedra a piedra con responsabilidad compartida. Si llevamos esta imagen a un Cesfam o a un dispositivo de atención rural, Babel aparece cuando el paciente se vuelve principalmente un código, un riesgo, un costo, cuando lo decisivo es “hacer calzar” a la persona dentro de la lógica del sistema. Jerusalén, en cambio, se parece más al trabajo silencioso de los equipos de cabecera que conocen a sus familias por nombre y ajustan los protocolos al territorio real que pisan.

La encíclica critica el “paradigma tecnocrático”, esa fe casi automática en que toda innovación tecnológica es progreso. Nos recuerda algo incómodo pero evidente para cualquiera que haya tenido que implementar una nueva plataforma, la tecnología nunca es neutral. Alguien decide qué variables se miden, qué desenlaces importan, quién queda dentro del modelo y quién desaparece de la pantalla. En salud, esto obliga a hacer preguntas que no siempre caben en una licitación, ¿quién entrenó este algoritmo?, ¿con qué datos?, ¿qué tipo de paciente tiende a quedar sistemáticamente mal clasificado?

León XIV no demoniza la inteligencia artificial, reconoce su capacidad para analizar imágenes, ordenar información clínica o apoyar la gestión de paneles de pacientes crónicos, pero traza un límite nítido, nos advierte que ningún sistema automatizado puede asumir por sí solo la responsabilidad moral de decisiones que afectan la vida, la dignidad o las oportunidades de una persona. El acto clínico, recuerda, no es solo procesamiento de información, es también escucha, acompañamiento y juicio prudente frente a una historia concreta, producto de una experiencia clínica previa.

Hay, además, un punto especialmente sensible para la atención primaria, que es donde muchos nos desenvolvemos, los datos de salud son como “nuevas tierras raras del poder”. La APS concentra quizás la información más fina sobre la vida cotidiana de las personas, sus enfermedades, salud mental, redes de apoyo, determinantes sociales. Convertir esos registros en insumo para mejorar el cuidado es una cosa, pero, transformarlos en un activo explotable por actores ajenos a la relación terapéutica, otra muy distinta. La encíclica pide transparencia, trazabilidad y límites claros al uso secundario de la información.

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Desde la doctrina social, el texto relee principios clásicos como el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad, la justicia social, todo en clave de era digital. Leídos desde la APS, estos principios respaldan al menos tres movimientos: primero priorizar la reducción de brechas territoriales por sobre la sofisticación de nicho, segundo proteger al equipo de salud frente a una digitalización que aumenta el registro, pero reduce el tiempo de cuidado, y por último fortalecer la participación real de comunidades y organizaciones locales en las decisiones sobre qué tecnologías se incorporan y con qué reglas.

En el día a día de un centro de salud familiar, todo esto se traduce en decisiones muy concretas: cómo usamos los paneles de riesgo, cómo ordenamos las agendas, cuánto tiempo estamos frente a la pantalla y cuánto preservamos para la conversación. Magnifica Humanitas no nos entrega recetas, pero sí un criterio que vale la pena anotar en la pizarra de la sala de reuniones, debemos preguntarnos si la tecnología que estamos incorporando hace más humana la atención que ofrecemos, o nos está alejando, en nombre de la eficiencia, de la persona concreta que tenemos delante, que nos son solo nuestros usuarios, sino nuestros vecinos.