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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La inflación en Argentina sorprendió a la baja con 1,9% en junio, marcando el tercer mes de desaceleración. A pesar de esta noticia, en los supermercados la realidad es otra: la gente siente que los precios siguen subiendo y los ingresos no alcanzan. La economía de las familias está afectada por gastos fijos, deudas y aumento de servicios públicos. La desconfianza persiste, ya que, aunque los precios suben más lentamente, acumulan un 33,5% al alza en el último año. La desaceleración podría ser real, pero hay factores externos e internos que podrían revertirla, como la subida del petróleo y la incertidumbre política.

El último dato de inflación volvió a sorprender a la baja en Argentina: con un 1,9% en junio, marcó el tercer mes consecutivo de desaceleración después del 2,6% de abril y el 2,1% de mayo. En los pasillos de los supermercados, sin embargo, la noticia no genera alivio.

“Yo escucho que baja la inflación y no sé de qué me hablan, si cada vez que vengo pago más”, cuenta a BioBioChile Marta, jubilada, mientras revisa el ticket a la salida de un local de barrio. “Antes con la tarjeta llegaba a fin de mes con lo justo, ahora ni eso: pago el mínimo y sigo debiendo”, cuenta Rodrigo, empleado administrativo, que reconoce haber entrado en el círculo de las deudas de tarjeta para cubrir gastos fijos. Lucía, docente, resume el humor social: “El número da bien en la tele, pero la luz, el gas y el colegio de mi hijo se llevan todo. No sé cómo explicarles a los políticos que la plata no alcanza.”

Esa distancia entre el índice y la percepción no es un capricho. “La percepción de la gente se forma sobre el ingreso disponible, que es lo que le queda a una familia después de pagar los gastos fijos —alquiler, tarifas, transporte, prepaga (salud), colegio— y, cada vez más, de pagar deudas de préstamos y tarjetas de crédito”, explicó en conversación con BioBioChile José Guardia, economista de la consultora Fortress Consulting. “Ese ingreso disponible sigue, en promedio, alrededor de 15% por debajo de 2023, bastante peor que el salario real sin descontar esos gastos, porque los servicios regulados aumentaron muy por encima del promedio”, agregó el economista.

Guardia dio un ejemplo concreto: “Una familia de clase media baja hoy puede estar destinando más del 20% de sus ingresos a servicios públicos, más de cuatro veces lo que pesaban a fines de 2023”, explicó a este medio. Y sumó un factor que se agravó en los últimos meses: “Además, en este último año se sumó el sobreendeudamiento: los servicios de capital e intereses de los hogares equivalen a cerca del 24% de la masa salarial, con una morosidad que trepó al 12%, la más alta en más de veinte años”, detalló. “Con este cuadro, que el índice marque 1,9% mensual no alcanza para cambiar la sensación de que no se llega a fin de mes”, sentenció el economista de Fortress Consulting.

Detrás de esa desconfianza hay dos cosas más, planteó Guardia a BioBioChile. Una es que la gente percibe el nivel de precios y no la tasa: que la inflación haya bajado de 3,4% en marzo a 1,9% en junio significa que los precios suben más despacio, pero siguen subiendo, y acumulan 33,5% en los últimos doce meses, explicó.

La otra es que el promedio esconde lo desparejos que quedaron los sectores, continuó el economista. El sector privado registrado casi recuperó el nivel de 2023, mientras que el ingreso disponible de un empleado público está más de 30% abajo. La inflación que informa el INDEC es un promedio, pero el peso en la canasta de un jubilado, un docente, un policía, un militar, personal de salud o un administrativo estatal es muy distinto al de ese promedio, dijo a BioBioChile.

A eso se suma la composición de la baja y la memoria acumulada, afirmó Guardia. La desaceleración la traccionaron los bienes, anclados por el tipo de cambio y por un consumo que no despega, mientras que lo que un hogar paga todos los meses siguió más caliente: tarifas y vivienda subieron 3,3% y recreación y turismo 4,2%. Y después de tantos años de inflación alta, las expectativas van cediendo despacio.

Rodrigo cuenta que ya no mira el índice de inflación, sino el resumen de la tarjeta: “Todos los meses reviso cuánto me queda de límite y cuánto pagué de interés. Ese es mi termómetro, no el dato del Gobierno. Y ese número, para mí, no bajó.”

¿Desaceleración real o todavía frágil?

Consultado sobre si el proceso de desinflación puede darse por consolidado, Guardia fue cauto: “Alcanza para afirmar que la desaceleración es real y tiene un motor detrás, todavía no para darla por consolidada. Es real porque son tres datos consecutivos a la baja (2,6% en abril, 2,1% en mayo, 1,9% en junio) y sobre todo porque el núcleo, que descuenta estacionales y regulados, cayó a 1,6%, su menor nivel en casi un año”, dijo a BioBioChile.

La cautela de Fortress Consulting responde a dos razones fundamentales. Sobre el primero, de origen externo, señaló: “El FMI acaba de recalcular al alza la inflación global, la llevó a 4,7% para 2026 desde 4,4%, por energía y alimentos, y a estos niveles de inflación local un shock importado pesa mucho más que cuando corría al 20%”, indicó.

“El petróleo es la variable fundamental, hoy el Brent está por encima de los 85 dólares y subiendo por la tensión en el estrecho de Ormuz. Sostenido ahí, o incluso en el rango de 70 a 80, hace difícil dar marcha atrás con los aumentos de combustibles de marzo y abril y le pone un piso a la inflación”, explicó a este medio. Aunque no descartó un escenario más favorable: “Entendemos que si Medio Oriente se descomprime y el crudo perfora los 70 habría un buen margen para bajar las naftas (gasolina), y ahí el impacto a la baja sí sería fuerte”, planteó Guardia.

El segundo motivo es de carácter estructural: “Esta última etapa, la que ronda el 2% mensual, es la más difícil de toda la desinflación. Bajar de tres dígitos a 30% es la parte rápida, pasar de 30% a un dígito llevó entre tres y doce años en los casos comparables”, dijo a BioBioChile. Y agregó una comparación internacional: “Israel puede ser un buen espejo, estuvo más de una década en la meseta del 15-20% antes de perforar el dígito, y el único atajo, el ancla cambiaria de Brasil, terminó en la crisis de 1999”, recordó.

“Por eso lo llamamos el período crítico”, definió Guardia a BioBioChile. “Si la desaceleración se sostiene varios meses más, gana credibilidad, pero si aparece un shock, externo o interno (las elecciones pueden sumar presión sobre el tipo de cambio), un rebote es perfectamente posible con prácticamente todos los sectores de la economía indexados”, advirtió. “La dirección ya es una tendencia, pero que se transforme en la salida definitiva de la inflación crónica todavía no está garantizado”, puntualizó.