Un hombre de unos 20 años entró a un hospital del Reino Unido con el mango de un cuchillo sobresaliendo de su rostro.
Lo que no se veía era peor: una hoja de 15 milímetros de ancho que había atravesado su ojo derecho y su cerebro, hasta que la punta chocó con la parte alta del cráneo.
Según informa Ars Technica, el paciente llegó vivo y consciente, y hoy se encuentra bien. El caso fue descrito el viernes por sus propios médicos en la revista científica BMJ Case Reports, que publica casos clínicos poco habituales.
Un paciente agitado y una decisión rápida
A pesar de la gravedad de la herida, el hombre podía hablar y mover las cuatro extremidades. Los médicos lo describieron como agitado, algo que no debería extrañar cuando se tiene un objeto filoso clavado en la cabeza.
Para medir su estado de conciencia usaron la escala de coma de Glasgow, una prueba que asigna puntos según si la persona abre los ojos, responde con palabras y reacciona a estímulos. Él obtuvo 12 puntos, lo que se considera una lesión cerebral “moderada”, a solo un punto de la categoría “leve”.
El detalle del puntaje es ilustrativo. Podía abrir el ojo izquierdo cuando se lo pedían, pero lo mantenía cerrado el resto del tiempo. Respondía preguntas, aunque confundido, y se alejaba de forma intencional cuando le presionaban el cuerpo.
El equipo temió que, en ese estado, el paciente intentara sacarse el cuchillo por su cuenta. Por eso lo sedaron y le colocaron un tubo para respirar con ayuda de una máquina, un procedimiento llamado intubación. También le dieron tratamientos preventivos contra infecciones bacterianas, entre ellos contra el tétanos, y recién entonces recurrieron a imágenes para ver qué había ocurrido en el interior de su cabeza.
El camino exacto de la hoja
Los escáneres mostraron que la hoja cruzó por completo la órbita (la cavidad ósea donde se aloja el ojo) y el globo ocular derecho. Luego avanzó por los lóbulos frontal y temporal del lado izquierdo del cerebro, zonas ubicadas más o menos tras la frente y sobre la oreja.
Aquí empieza lo sorprendente. La hoja pasó por delante del cuerpo calloso, una estructura repleta de fibras nerviosas que conecta los dos hemisferios del cerebro, y aparentemente no lo dañó. Tampoco tocó la cápsula interna izquierda, otro haz de fibras nerviosas fundamental para transmitir señales.
Con los vasos sanguíneos hubo más suerte que precisión. El cuchillo quedó cerca de la arteria carótida interna izquierda, una de las vías principales que llevan sangre al cerebro, pero no parecía haberla herido. Sí se vio que una rama de la arteria cerebral media estaba hundida por la presión de la hoja.
Tras consultar a varias especialidades, el equipo pasó a una neurocirugía de emergencia. Decidieron retirar un trozo del cráneo para mirar directamente el cerebro, pero optaron por un método prudente que describen como “pull-and-see”, algo así como “tirar y ver”. Es decir, deslizaron la hoja hacia afuera en lugar de excavar de forma invasiva a su alrededor.
Una vez fuera el cuchillo, no hallaron signos de una hemorragia importante. Limpiaron y drenaron la herida cerebral y cerraron el cráneo. El ojo derecho, en cambio, no pudo salvarse. Con un daño tan extenso, fue retirado.
Una recuperación rápida
Después de la operación, el hombre pasó a cuidados intensivos y mejoró con rapidez. Un día después de la cirugía ya le pudieron quitar el tubo respiratorio. Tuvo una leve debilidad en el lado derecho del cuerpo, que desapareció dos días más tarde.
Los nuevos escáneres mostraron una mejoría sostenida. Había algo de sangrado e inflamación, y un poco de aire en el tejido cerebral, justo en el trayecto que dejó el cuchillo, pero nada que se saliera de lo esperable. No tuvo infecciones ni convulsiones.
Según el reporte, la inflamación cerca de la cápsula interna coincidió con esa debilidad pasajera del lado derecho. Es una pista de cuán cerca estuvo la hoja de una zona crítica.
A pesar de la “dramática trayectoria intracraneal”, como la llamaron los médicos, su capacidad de hablar quedó intacta y no perdió movimiento ni coordinación. Fue dado de alta y, en los controles posteriores, seguía “neurológicamente bien”. Continúa con atención por su ojo y por su salud mental.
Un resultado afortunado, pero no inédito
Los especialistas no lograron establecer cómo ocurrió la lesión. “El mecanismo no está claro”, escribieron, aunque anotaron que el hombre tenía antecedentes de depresión.
Los autores reflexionan sobre la suerte del paciente. Las heridas que cruzan el ojo y el cerebro son raras y, cuando ocurren, suelen deberse a mecanismos de “alta velocidad”, como disparos u otras lesiones balísticas. Los cuchillos, las barras y los clavos pertenecen al grupo, también poco común, de los mecanismos de baja velocidad.
Eso no los vuelve inofensivos. Los médicos advierten que las lesiones cerebrales penetrantes de baja velocidad conllevan una alta tasa de complicaciones y muerte, por hemorragias, daños a los vasos sanguíneos, abscesos, meningitis, filtración de líquido cerebroespinal, convulsiones y déficits neurológicos.
Aun así, no es la primera vez que alguien sale bien parado de algo que parecía devastador. Los autores citaron otros casos de recuperaciones inesperadas, entre ellos el célebre de Phineas Gage, un capataz ferroviario que en 1848 sobrevivió a un accidente en que una gran barra de hierro le atravesó la cabeza. La barra entró bajo su pómulo izquierdo y salió por la parte superior del cráneo.
Gage vivió, aunque se decía que su personalidad cambió tras el accidente. Los médicos del caso británico no mencionaron cambios de ese tipo en su paciente.
Un dato aparte: los autores también mencionan un caso reportado de lesión por pistola de clavos, otro ejemplo de daño profundo en el lóbulo frontal con funciones neurológicas sorprendentemente preservadas.
La conclusión de los médicos es que el desenlace puede depender menos de lo espectacular que luzca la herida y más del recorrido preciso del objeto respecto de los vasos sanguíneos y las estructuras cerebrales críticas. En este caso, la hoja pasó entre ellas.
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