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La startup Foundation Future Industries, con sede en San Francisco y respaldada por Eric Trump, está planeando desarrollar soldados robots a gran escala para enviar a combate.
Una startup de San Francisco está planeando desarrollar soldados robots que algún día puedan entrar en combate. Se trata de Foundation Future Industries, fundada en 2024 y donde Eric Trump, hijo del presidente de Estados Unidos, es inversor y asesor jefe de estrategia.
Ahora, un reportaje del Wall Street Journal reveló que esta empresa ya está probando una de sus máquinas en operaciones de las fuerzas de defensa estadounidenses y consiguió un contrato de 24 millones de dólares con el Pentágono.
Su apuesta es el Phantom MK-1, un humanoide negro de casi dos metros de altura que, según la compañía, ya se ha utilizado en entornos industriales y ha participado en pruebas logísticas en Ucrania.
Pero su fundador y director ejecutivo, Sankaet Pathak, tiene planes mucho más ambiciosos. Según explicó al medio citado, confía en que, cuando estos robots sean capaces de percibir su entorno, razonar y adaptar su comportamiento con suficiente precisión, puedan entrar en un edificio y dirigirse directamente hacia un objetivo en lugar de recurrir a un bombardeo.
De momento, sus funciones son bastante más modestas. Foundation asegura haber desplegado alrededor de una decena de robots, con pruebas en la Fuerza Aérea estadounidense, tareas logísticas en Ucrania y trabajos en la industria automovilística, donde contribuyeron a la producción de más de 24.000 coches en 2025.
El negocio de los soldados robots
De hecho, Ucrania se convirtió a principios de 2026 en uno de los primeros escenarios de pruebas de Foundation. La compañía envió allí dos unidades Phantom para comprobar su utilidad en la recogida de suministros en zonas peligrosas. Foundation presentó estas pruebas como el primer despliegue conocido de robots humanoides en un escenario de guerra, según informó CNBC.
Estas primeras pruebas, sin embargo, están lejos de demostrar que el Phantom pueda convertirse en el soldado robótico que imagina Pathak. Este puede transportar unos 40 kilos, aunque las primeras unidades probadas en Ucrania tenían menor capacidad de carga, autonomía limitada y carecían de resistencia al agua.
Para superar estas limitaciones, Foundation desarrolla el Phantom MK-2, que, según la compañía, tendrá el doble de capacidad de carga que las primeras unidades e incorporará procesadores de AMD mediante un acuerdo anunciado en julio.
La empresa también se prepara para fabricar a mayor escala. Su planta de San Francisco tiene capacidad para producir entre 300 y 500 robots anuales. La compañía –cuya valoración superaría los mil millones de dólares, según informaciones recogidas por The Independent– construye una segunda fábrica y proyecta otra con capacidad para 50.000 unidades al año, de acuerdo con Reuters.
Pathak reconoció que la meta que se había marcado inicialmente, 10.000 robots para finales de 2026, era “bastante ambiciosa”.
El negocio ya tiene precios definidos. Los modelos industriales se alquilan por unos 100.000 dólares anuales, mientras que Foundation fija en unos 300.000 dólares el precio unitario de sus robots destinados a tareas de defensa, según explicó Pathak a Reuters.
— Sankaet (@sankaet) November 19, 2025
Un Trump en la empresa
La relación de Foundation con Washington va más allá de sus clientes. La compañía está vinculada a contratos y programas públicos valorados en unos 24 millones de dólares, aunque WIRED cuestionó que todos esos fondos fueran nuevos acuerdos obtenidos directamente por la startup. Parte de ellos procedían de Boardwalk Robotics, adquirida por Foundation, y de programas relacionados con el instituto de investigación IHMC.
A ello se suma la presencia de Eric Trump, hijo del presidente estadounidense, que participa como inversor y asesor jefe de estrategia. Su implicación ha suscitado críticas por posibles conflictos de intereses.
La senadora demócrata Elizabeth Warren llegó a denunciar lo que calificó de “corrupción a plena vista”, mientras que Foundation y la Casa Blanca niegan que esa relación haya proporcionado ventajas desleales a la empresa. La compañía sostiene además que Trump no cobra por su labor de asesor.
Pese a que las pruebas militares descritas hasta ahora se han centrado en tareas de apoyo, Foundation no descarta dar un paso más. Pathak ha asegurado que nadie les ha pedido todavía armar sus robots, pero considera que podrían llegar a utilizar la fuerza si el Ejército estadounidense lo solicitara.
En unas declaraciones citadas por Futurism, llegó a decir que, si un robot entra el primero en un edificio y se muestra “dócil”, el enemigo no dudará en atacar, así que “tiene que ser el primero en entrar y ser letal”.
En julio, Pathak explicó a WIRED que la compañía estaba explorando “cuestiones cinéticas” –es decir, sistemas de armamento– y adelantó que esperaba presentar novedades en los meses siguientes.
La posibilidad de que estos humanoides acaben empuñando armas ha reavivado un temor que el cine lleva décadas alimentando. En Terminator, Skynet, una inteligencia artificial creada para la defensa, termina volviéndose contra sus propios creadores. Aunque los Phantom todavía están muy lejos de ese escenario, los planes militares de Foundation plantean preguntas sobre los límites de la autonomía de las máquinas y quién debe mantener el control cuando está en juego una vida humana.
Phantom does not like being made fun of pic.twitter.com/vm1cJVnhE6
— Sankaet (@sankaet) December 18, 2025
El debate ético y los límites de la IA
El debate, sin embargo, no se limita a la ciencia ficción. La Iglesia católica y Naciones Unidas se oponen a las armas autónomas; el propio secretario general de la ONU, António Guterres, ha pedido prohibir por ley los “robots asesinos”.
Para Verity Coyle, de Human Rights Watch, el peligro está también en la velocidad a la que avanza esta tecnología. La organización advierte de que trasladar al ámbito militar la filosofía de Silicon Valley de “actuar rápido y romper moldes”, sin establecer antes las garantías legales necesarias, podría tener consecuencias catastróficas.
Y varias voces consultadas por distintos medios coinciden en un punto delicado: los sistemas autónomos no siempre se comportan como esperan sus creadores, y una IA imperfecta podría equivocarse de objetivo, lo que plantea dudas sobre cómo garantizar la rendición de cuentas que sí se exige a un soldado humano.
Pathak, por su parte, rechaza esos temores y los tacha de “muy exagerados”, según declaró a WIRED. Defiende que la robótica puede hacer la guerra más precisa y con menos víctimas civiles, y que Estados Unidos no puede permitirse quedarse atrás frente a China o Rusia, que –según recoge la CNBC– también desarrollan sus propios prototipos militares, incluidos perros robóticos armados.
Los expertos, eso sí, piden calma. Y es que, más allá del debate ético, los obstáculos técnicos siguen siendo enormes. Rodney Brooks, veterano de la robótica y profesor emérito del MIT, calcula que faltan más de diez años para que un humanoide pueda operar con fiabilidad en entornos complejos y desconocidos, y que pasar de una demostración de laboratorio al despliegue real suele llevar, como mínimo, otra década más.
Un informe de Stanford, citado por The Wall Street Journal, enumera dudas pendientes sobre fiabilidad, responsabilidad legal, coste y ciberseguridad de estos sistemas.
enjoyed hosting @CNET at @foundation_robo SF office. We discuss defense usecases, teleop, RL locomotion and more pic.twitter.com/LdTOx5tQRh
— Sankaet (@sankaet) October 15, 2025
A esto se suma un problema de suministro: China domina buena parte de la cadena de producción robótica, de la que también depende Foundation para obtener algunos componentes. Washington ya ha reaccionado prohibiendo en julio la mayoría de las importaciones de robots humanoides nuevos y exigiendo que los componentes nacionales superen el 65 % del coste total del robot hasta 2028 (75 % en 2029).
El propio Pathak duda de que esa vía funcione y teme que EE. UU. repita “los mismos escollos” que tuvo con los coches eléctricos y los drones si no invierte más en su propia cadena de suministro.
De fondo, late una visión más grande: Foundation toma su nombre de la saga de Isaac Asimov, y Pathak habla abiertamente de construir con los beneficios futuras “megaciudades” tecnológicas, casi utópicas, donde las máquinas asuman los trabajos peligrosos.
Antes de llegar ahí, sin embargo, la empresa tiene que resolver algo mucho más terrenal: convencer al mundo de que un robot armado no cruza una línea que la ciencia ficción lleva décadas advirtiéndonos que no crucemos.
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