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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La exposición "La casa de arena" de Guillermo Lorca en el Museu Europeu d’Art Modern de Barcelona ha recibido un récord de visitas, planteando la posibilidad de extenderla más allá de septiembre. La muestra abarca quince años de trabajo del pintor chileno, destacando su interacción con el público y su inspiración en criaturas mitológicas y películas como Akira. Lorca, que ha logrado reconocimiento internacional, muestra una obra cargada de simbolismo y tensión entre lo bello y lo inquietante.

Su exposición La casa de arena registra actualmente un récord de visitas en el Museu Europeu d’Art Modern de Barcelona.

Una joven pelirroja se acerca a Guillermo Lorca en la primera sala del Museu Europeu d’Art Modern. Lo felicita por la exposición. No quiere una foto ni un autógrafo: se presenta también como artista, menciona un trabajo en Milán y le muestra los tatuajes de su brazo derecho. Lorca se fija en uno de ellos, un tigre naranja y negro. Le pregunta por él.

A sus espaldas cuelga La casa de arena, la pintura que da nombre a la exposición y recibe a quienes entran al recorrido. La muestra reúne cerca de quince años de su trabajo. En el cuadro aparece otro gran felino, junto a una niña, otros animales, muebles y espacios interiores.

La conversación dura unos minutos. Antes de seguir por las salas, la joven vuelve a felicitarlo.

Todo ocurre en el Palau Gomis, un edificio del siglo XVIII de la calle Barra de Ferro, en el Born de Barcelona. Sus techos altos, puertas de madera y muros que conservan las marcas del edificio antiguo rodean ahora los óleos de Lorca. La casa de arena ocupa estas salas hasta fines de septiembre y recorre distintos momentos de la carrera del pintor chileno, nacido en Santiago en 1984.

La respuesta del público podría incluso modificar esa fecha. “La exposición ha tenido récord de visitas. Así que está bueno. Estamos viendo la posibilidad de alargarla”, cuenta a BioBioChile.

Lorca posa con La Emperatriz al fondo | Foto de Ignacio Molina

A pocos metros del MEAM, en la calle Montcada, el Moco Museum mantiene un espacio dedicado a sus pinturas de gran formato. Allí sus obras comparten espacio con trabajos de Andy Warhol, Jean-Michel Basquiat, Keith Haring y la recientemente fallecida Yayoi Kusama. En 2022 presentó allí Esplendor de la noche, una muestra individual que amplió la presencia de su trabajo en Barcelona.

En el MEAM, la joven del tigre será solo una de más de diez personas que se acercan a Lorca durante la conversación y la sesión de fotos para esta nota. Cambian las edades y los acentos. Algunos llevan reproducciones para que las firme; otros quieren una foto. Varios solo se acercan para felicitarlo o comentarle alguna obra. Lorca interrumpe varias veces la sesión, firma un print o dedica unos minutos a quien lo detiene.

“Es lindo ver que ya pase en otros países”, dice sobre ese reconocimiento. “Los lugares más random donde me ha pasado han sido Japón y Londres. Pero eso es por redes, obviamente”. En Chile ocurre con mayor frecuencia. “En Barcelona, por las exposiciones que tuve antes, en Moco y ahora esto, se conoce más la obra que mi cara. Entonces aquí es más tranquilo”.

Lorca pasa parte del año en Barcelona, pero vive entre varios países. Intenta volver a Chile dos veces al año. “Tengo mucha familia, amigos, entonces no puedo perder ese lazo. O sea, me dolería mucho perderlo, no ir para Navidad, por ejemplo”.

Mientras habla, los visitantes cruzan la primera sala. Algunos siguen hacia los otros cuadros; otros se detienen frente a La casa de arena. Otra persona se acerca a Lorca. La sesión de fotos se interrumpe una vez más. Él escucha, responde unas palabras y después vuelve al lugar donde estaba.

Guillermo Lorca frente a Sirena
Guillermo Lorca frente a Sirena | Foto de Ignacio Molina

El origen de las criaturas

Fuera del taller, Lorca intenta compensar las horas de trabajo en soledad. Entrena, va al gimnasio y a veces juega pádel o tenis. Pero, sobre todo, busca compañía. “Soy muy sociable porque mi trabajo es solitario. Reflexiono mucho sobre distintas cosas, estoy mucho conmigo mismo y después, para mí, descansar es estar con gente”. Este día lleva una polera sin mangas, pantalones muy anchos y zapatillas deportivas. Del cuello le cuelga una cruz.

También ve cine, aunque últimamente le cuesta encontrar películas que lo entusiasmen. “El cine está difícil. Hay muchas cosas que están correctas, pero no terminan de ser buenas o emocionantes, o de tocarme”. La última que vio fue La Odisea, de Christopher Nolan.

“No me terminó de gustar porque encontré que el personaje principal no tenía su conflicto. Si era parecido o no al Odiseo original, eso me es irrelevante; la interpretación puede ser como la quieran hacer”.

Guillermo Lorca
Foto de Ignacio Molina

Sí rescata algunas imágenes. Menciona al cíclope y el pasaje en que los hombres de Odiseo son transformados en cerdos. La mitología también ha ganado espacio en sus pinturas, aunque no todas las criaturas que aparecen allí proceden de esos relatos.

                    

“Los gansos tienen un cuerpo bellísimo, tipo cisne, pero tienen una cara que es más dura. Y su comportamiento es más territorial, más como un perro, más brusco”. Los asocia además a los cuentos de hadas y a los gansos que ponen huevos de oro. “En los cuentos de hadas la iconografía era muy del mundo campestre, y más bien desde ahí viene el personaje”.

Ese mundo tenía un lugar concreto. De niño, Lorca pasaba las vacaciones de verano en un campo de su abuelo cerca de San Carlos, en la zona de Chillán. Había cerdos, vacas y otros animales. Cuando se le pregunta cuánto se relacionaba con ellos, el primer recuerdo no es visual.

Guillermo Lorca
Foto de Ignacio Molina

“Mucho. Con los olores de los animales”.

También recuerda cómo morían. “La gente tenía sus propios animales y a veces era como: ‘Listo, vamos a comer pollo’, y venga a matar el pollo. Y eso te lo hacían al frente de uno. Lo mismo con los chanchos. Eso era más duro”. Al mencionar el ruido que hacía un animal al morir, su respuesta se acorta: “Esa es dura”.

De niño, sin embargo, dibujaba sobre todo criaturas que nunca había visto vivas.

“De niño pequeño era más de dinosaurios”.

La obsesión comenzó antes de Jurassic Park. Cuando la película llegó a los cines, fue cuatro veces. “Estaba vuelto loco de emoción. Y luego he dibujado dragones, cosas así. Pero siempre me interesaron las criaturas”.

Las figuras humanas aparecieron mucho después. A los 16 años empezó a practicar dibujo con más disciplina, se impuso metas y trató de acercarse a un dibujo más académico. “La cosa pasó muy rápido. Y ahí recién me empecé a plantear la posibilidad de que podía ser artista. No era un sueño infantil”.

Hasta entonces había considerado Ingeniería Comercial y Arquitectura. La segunda opción surgía, en parte, porque dibujaba bien y tenía facilidad para las matemáticas. Hoy cuestiona esa asociación: “Si uno ama la ciudad y se imagina creando cosas, eso sería un mejor detonador para querer ser arquitecto que asociar matemática y buen dibujo”. Finalmente ingresó a la Licenciatura en Arte de la Universidad Católica, carrera que dejó antes de terminar para continuar su formación fuera de la universidad.

A los 17 ya vendía retratos entre conocidos y amigos de la familia. A los 20 emitió sus primeras boletas. “Siempre sentía que me tenía que valer por mí mismo. Eso lo sentía desde chico, como que no era una opción. No significa que sea orgulloso y no pida ayuda. Tuve ayuda de gente que quería, que siempre me ha acompañado y me ha apoyado. Pero nunca sentí que alguien iba a resolver las cosas por mí”.

Parte de lo que terminó dentro de sus pinturas, sin embargo, no provino del campo ni del dibujo.

Obra de Guillermo Lorca
Obra de Guillermo Lorca | Foto de Ignacio Molina

El delirio de Tetsuo

—¿Qué otro recuerdo de tu infancia sigue apareciendo, de alguna forma, en lo que haces hoy?

“Muchas cosas de la infancia están en la pintura, no son recuerdos de cosas reales, sino de películas que vi o de libros. Yo reaccionaba muy mal a las fiebres. Tenía unos delirios y fantasías un poco pasados. No lo pasaba muy bien. Y en esa época arrendamos Akira, en Errol’s. Tenía 8 años. Mi mamá pensaba que era una película de niños, aunque saliera una advertencia para mayores de 18 años. Y yo la vi y, claro, era una película fuerte. Pero, al mismo tiempo, quedé fascinado con las imágenes, con todo. Es que es una obra de arte. Y me sentí identificado con el personaje cuando estaba en el hospital, con Tetsuo”.

—¿Qué recuerdas de esa escena de Tetsuo en el hospital?

“Tetsuo tenía una escena en donde estaba en delirio, en la que se le aparecían estos chicos que se transformaban en osos de peluche y chocaban con el techo, y empezaba a salir leche de sus poros e inundaban toda la pieza de leche. Esa imagen caló fuerte, a nivel simbólico; el hecho de que un techo se derrumbe, que caigan cosas, que se inunden las cosas. Y ese fue el génesis”.

—¿Qué encuentras ahora en esa imagen?

“Luego, por supuesto, la leche, o cualquier líquido blanco, tiene una carga simbólica con la que se puede jugar. Yo soy consciente de lo que puede transmitir. Pero el génesis tiene que ver con la inundación, con el descontrol, pero también con el descontrol de algo que está asociado a la vida. La leche, o cualquier líquido blanco, ya sea semen, leche, incluso también baba”.

—¿Baba?

“Está asociada con algo que está adentro, con las entrañas, mucho con eso, con lo que pueda estar en el interior. Pero tratado con una estética no gore. A mí no me gusta el gore. Es muy explícito y, ante todo, porque no te puedes sacar de ahí”.

Lorca pone como ejemplo una pintura en que una niña decapita un cordero. Si la sangre fuera tan abundante como en una decapitación real, dice, la mirada se iría hacia ese punto y costaría salir de ahí. Por eso altera los colores y reduce la literalidad de la violencia.

—En estos cabellos de las niñas, celestes, de colores imposibles, hay una estética animé. ¿Qué otras películas, además de Akira, te marcaron?

“El animé ochentero y noventero, especialmente. En todos los animés había pelos de colores, eso era muy normal. Es que cualquiera: Robotech, Dragon Ball. Miyazaki en general… Aunque Miyazaki me gusta mucho, yo a Miyazaki nunca lo vi de niño, sí lo vi de grande. La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, Nausicaä del Valle del Viento. Y hay otras que me han emocionado mucho, como El castillo ambulante, pero estéticamente han sido estas otras las que me han tocado la parte artística”.

—¿En qué obra de esta exposición está esa influencia de Miyazaki?

“Un poco en el del jabalí, que tiene mucho la presencia de La princesa Mononoke, donde están estos jabalíes que se endemoniaban”.

También hay algo del animé en las niñas que repite desde hace años. Lorca buscaba una figura femenina que no conseguía resolver a partir de un modelo real.

“Era un poco esa cara de animé, de personaje femenino animé, y no lo lograba con un modelo para llegar a la estética tipo realista, no me funcionaba, pero sí me funcionó mejor con una niña un poquito modificada. Y al mismo tiempo me llevaba estéticamente a una parte de mi infancia”.

Con los años, esos personajes dejaron de ser solo soluciones visuales. “Cada vez que lo pintas, vuelve a existir, es como si no desapareciera. Es curioso. Entonces uno se encariña con ellos”.

Dioses, demonios y tótems

Desde la primera sala, los óleos ocupan buena parte de los muros del museo. La pintura de Lorca parte de la figuración, pero pronto se aleja de lo literal: aparecen elementos simbolistas y surrealistas, y sus cuadros parecen pertenecer a un mismo mundo. Las niñas aparecen en camas, habitaciones o junto a criaturas mucho más grandes que ellas. Hay perros, felinos, aves y cuerpos híbridos. También sangre, aunque no siempre roja. Algunas pinturas recuerdan a un cuento infantil; en otras, esa familiaridad se vuelve más inquietante.

—En tus cuadros conviven imágenes bellas con otras inquietantes. ¿Qué te interesa de esa tensión?

“Gran parte de eso, si se mira el mundo, la naturaleza, tiene esa tensión macabra, ¿verdad?, entre la violencia, la agresividad, lo que sobrevive y lo que no, la muerte y la vida. Es constante, está en el equilibrio mismo de lo que existe. Nosotros, como humanos, tratamos de dejar la violencia y retardar la muerte lo más posible. Pero sigue ahí, en las pequeñas criaturas, en los mismos animales. Y dentro de esa lucha constante surge lo bello. Eso lo encuentro bellísimo”.

—¿Qué esperas que pase con alguien frente a uno de tus cuadros?

“Que ojalá logre que te quede dando vueltas, guste o no guste. Gustar o no gustar son cosas sobre las que uno no tiene control. Yo no intento gustar. Intento que me gusten a mí, por supuesto, y sí me interesa que lo que pinte me remezca algo, me haga sentir en un lugar profundo”.

—Las niñas y los animales aparecen con frecuencia. ¿Qué representan para ti?

“Para que los símbolos funcionen, la interacción entre ellos crea significados o insinúa significados que las personas pueden interpretar hacia sí mismas. Los personajes que me acompañan son como los tótems. Imagínate, en una cultura primitiva, uno tiene sus dioses, sus demonios que están ahí. Los puede llevar como estandartes, como tótems”.

Entre esos tótems menciona gatos gigantes, perros y gansos. En los últimos años añadió sirenas, centauros, arpías y esfinges. Durante mucho tiempo no encontraba cómo llevar esas criaturas a sus cuadros sin acercarse a la estética de los videojuegos o la ilustración fantástica. Ahora cree haber encontrado esa forma y quiere seguir por ahí: cuerpos humanos mezclados con animales, figuras que han aparecido en culturas muy distintas.

El reverso de Sirena

El recorrido termina con Sirena, fechada en 2026 y el último cuadro que Lorca pintó para esta exposición. No está pegado al muro. Hay espacio para rodearlo y algunos visitantes lo descubren después de mirar el frente: pasan por un costado y se quedan detrás.

Allí no hay una superficie limpia. Lorca dejó expuesto parte del proceso. Sobre el reverso hay decenas de imágenes sujetas con cinta, pruebas de la propia composición, fotos de criaturas marinas, tentáculos, grabados, reproducciones de arte japonés, flechas y anotaciones. Una imagen de Hokusai muestra a una mujer entre pulpos. En otro sector aparecen peces y formas submarinas. Varias reproducciones pequeñas de Sirena registran cambios sucesivos.

Una paleta cubierta por capas secas de pintura también quedó colgada del bastidor.

Hay notas más personales. Debajo de una ilustración antigua, Lorca escribió que provenía de un libro de su infancia que ya no recuerda bien. Le había quedado asociada a la idea de ser tragado hacia el fondo del mar y a lo desconocido. El cuadro terminado está al otro lado.

Algunos visitantes miran el reverso durante varios minutos y después vuelven al frente. Esa posibilidad de caminar detrás de la pintura convierte la última parte de la exposición en un desmontaje: las referencias quedan a la vista, pero la manera exacta en que unas sobrevivieron y otras desaparecieron pertenece al proceso de Lorca.

Después de consolidarse en Chile, Lorca empezó a mostrar su obra afuera. Presentó Fires en Londres junto a Simon de Pury y más tarde expuso en el Moco Museum de Barcelona.

—¿Cuándo sentiste que tu carrera dio un salto internacional?

“Fue un híbrido entre las redes sociales y alguna parte del mundo del arte. Yo diría que por Simon de Pury. El Moco movió mucho también, fue muy masivo”.

La exposición de la National Gallery de Sofía fue el antecedente más cercano a la que ahora ocupa el MEAM.

“Traje la de Bulgaria para acá, pero con algunas modificaciones. Muchos cuadros son parecidos. Esta es un poquito más grande, pero poco, unos tres cuadros”.

El MEAM, en cambio, ya estaba en su historia. Lorca había participado allí en muestras colectivas y había sido jurado de concursos.

“Con este museo tengo muy buena relación afectiva. Hay una comunidad que se crea alrededor”.

En la última sala, todavía hay visitantes que pasan detrás de Sirena. Al frente permanece el cuadro terminado; atrás, las fotos, los apuntes, una paleta seca y una imagen que Lorca arrastra desde niño.

—¿Cómo fue para ti volver al MEAM con una exposición de esta escala?

“Me gustó porque tal vez se cerró un ciclo”.